La Conversión cristiana

28. febrero 2024 | Por | Categoria: Gracia

El Evangelio de Jesús comienza con esta expresión, que hoy volvemos a repetir mucho en la Iglesia, porque es de actualidad perenne:
– ¡A convertirse! Porque a llegado el Reino de Dios (Marcos 1,15)
Pero, muchos se preguntan:
– ¿Cómo? ¿Que yo no estoy con Jesucristo, o qué? ¿No le pertenezco a Jesucristo desde mi Bautismo? ¿No opté por Él de una vez para siempre? ¿Es que acaso he renegado de la fe que recibí, como el mayor don de Dios, en la Iglesia Católica?…
Estas preguntas se las hace cualquiera de nosotros, y con toda razón. Sin embargo, ahí está la palabra de Jesús, que se escribió para nosotros:
– ¡A convertirse! Porque ha llegado el Reino de Dios.
Y la Iglesia, maestra muy sabia, cuando llega el tiempo de la renovación cuaresmal, nos impone la ceniza severa, con estas palabras:
– Conviértete, y cree en el Evangelio.
¿Por qué nos lo dice a los ya creemos en Cristo, y estamos en su Iglesia?

El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica cómo la conversión es una gracia que Dios derrama  sobre nosotros. Hay una primera conversión, de la incredulidad a la fe, del paganismo al Bautismo. Y hay otra conversión continua, la nuestra, la de los creyentes y bautizados como nosotros, que tenemos la fe y la gracia, pero puestas en peligro y hasta en quiebra por el pecado. Entonces, seguimos escuchando la palabra seria de Jesús:
– Y si no os convertís, todos os vais a perder (Lucas 13,5)

¿Por qué se nos pide a nosotros la conversión? Pues, porque somos pecadores… Una vez recibimos la gracia bautismal, el pecado ya no debería caber en nuestra vida para nada. Pero, desgraciadamente, llevamos dentro las consecuencias de aquel pecado primero de Adán, que hirió tan profundamente nuestra naturaleza; seguimos inclinados al mal; muchas veces cedemos al pecado, y necesitamos, por lo mismo, una conversión continua.

Nosotros lo reconocemos. No queremos ser unos mentirosos, ni con nosotros mismos, ni con los demás, ni mucho menos, con Dios. Y lo seríamos si nos creyéramos unos inocentes, o unos angelitos caídos del cielo o poco menos. Porque nos dice el mismo Dios:
– Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos, y la verdad no está en nosotros (1Juan 1,8)
Por eso nos dice el mismo Dios con el Apocalipsis: ¡Arrepiéntete! Y, humildes, nos dirigimos a Dios con las palabras que nos dictó el mismo Jesús: -¡Perdona nuestras ofensas!…
Con esto vemos lo que es la santidad en la Iglesia. Confesamos en el Credo que la Iglesia es santa. Porque su cabeza es Jesucristo, el Santo de Dios, el Santísimo. Porque le ha dado unos medios de santificación santísimos, como son los Sacramentos. Porque tiene en su seno muchos santos. Algunos de sus hijos alcanzan una santidad tan alta, que la autoridad de la Iglesia los declara Santos, después que el mismo Dios ha echado su firma con milagros indiscutibles.
Como pasó con la llamada Magdalena del siglo veinte. Cuando aún no se conocían las estrellas de cine en Hollywood, la gran estrella del teatro en París era Eva Lavallière, que llevaba la pobrecita una vida tan rota… Va a veranear a un pueblecito, y el Párroco se da cuenta del alma que Dios le mandaba allí. Se arrodilla el Sacerdote ante el Sagrario, y ora continuamente:
– Señor, que florezca en esta alma la semilla del Bautismo. En oración y penitencia seguiré solicitando este milagro de tu gracia.
El caso es que Eva, antes de marcharse del pueblecito, sepultó tanta miseria suya en una buena confesión. Se convirtió de veras. Y al cabo de doce años moría con fama de santidad la que había vivido tan descarriada en un principio… (Eva Lavallière, + 11 Julio 1929)

Ante una historia así, nos preguntamos: ¿Y qué pintan —qué pintamos nosotros—, los pecadores, en la Iglesia? Pues, somos unos hijos suyos que nos hacemos santos por la conversión, pues por la conversión nos volvemos a Dios. Y la Iglesia, con el poder y los medios que Jesucristo le confió, nos devuelve la gracia perdida, y así la Iglesia hace de nosotros, pecadores, unos grandes santos.
Quien dice que no cree en la Iglesia porque en ella hay pecadores, no conoce la naturaleza de la misma Iglesia.
No es extraño que en la Iglesia haya pecadores, porque somos pecadores todos los hombres.
Lo grande es que la Iglesia, con el poder de Cristo, otorga el perdón, y de los pecadores hace grandes santos.
¡Conversión! Dicen que conversión significa volverse al Señor. A ese Señor a quien un día malhadado se le dio la espalda.
Significa volverse a un Jesucristo que nos mira y nos sonríe y nos está esperando.
Convertirse es lanzarse en unos brazos que nos quieren estrechar, y los brazos de Jesucristo estrechan de modo que Él mismo dice: Nadie me arrebatará mis ovejas de entre mis manos.
Convertirse es dirigirse a un Cielo de donde ya no tendremos ganas de escaparnos…

¡Conversión! Parece que esta palabra podría dar miedo. Y lo que entraña y trae esta expresión tan evangélica no es sino la alegría y la paz de una vida nueva…

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