Con la mirada en Jesucristo

25. diciembre 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

Fue impresionante el discurso que el Papa Pablo VI dirigió a la multitud concentrada en Manila cuando  su viaje a Filipinas. Dijo con emoción profunda y con voz vibrante:
– Yo, Pablo, sucesor de San Pedro, no hubiera venido desde Roma a este vuestro País tan extremadamente lejano si no hubiera estado firmemente persuadido de dos cosas fundamentales: de Cristo y de vuestra salvación… ¡Jesucristo! Recuérdenlo: éste es el anuncio perenne que hacemos resonar por toda la tierra y a través de todos los siglos. Recuérdenlo y piensen: el Papa ha venido hasta aquí entre ustedes, y ha gritado: ¡Jesucristo!… (29 Nov. 1970)
El Papa lo decía muy bien, y sus palabras enlazaban con las de Pedro, el primer Papa, cuando les decía a los judíos obstinados:
– Fuera de Jesús no hay salvación, pues no se ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo con el cual podamos ser salvos (Hechos 4,12)

El mundo de hoy busca anhelante —aunque de manera inconsciente muchas veces— una salvación que le es más necesaria que nunca. Y no la encontrará mientas no dirija sus ojos a Jesucristo. Mientras que se salvará si cuenta con Jesucristo como su gran Maestro, su gran Dirigente, el único Líder capaz de orientarlo y arrastrarlo en medio de la confusión reinante en todos los pueblos.

Aquel viaje del Papa por el extremo Oriente nos hace pensar en uno de los mayores maestros que han tenido aquellos pueblos tan grandes y tan misteriosos:  Confucio, el gran Maestro de China seis siglos antes de Jesucristo.
En torno a él se forjó una leyenda muy aleccionadora.
Separaban la China de Israel muchos miles de kilómetros, pero habían llegado hasta Confucio rumores de lo que esperaban los judíos. Confucio enseñaba una moral muy seria, y un alto dignatario del gobierno se le presenta, y le pregunta: -Maestro, ¿eres tú un santo?  
Confucio responde con mucha gravedad: -Por más que fatigo mi memoria con el esfuerzo de recordar,  no encuentro ni un solo hombre que se haya podido llamar santo.
Le replica el ministro: -Pero, los grandes reyes de la China ¿no fueron santos? Y nuestros grandes sabios, ¿tampoco fueron santos?
Confucio sigue pensativo, y dictamina: -Aquellos grandes reyes poseyeron una gran prudencia y una fuerza invencible, pero yo no sé si fueron santos. Y nuestros grandes sabios, estuvieron dotados de gran bondad, pero yo no sé si los reyes y los sabios de la gran China fueron santos.
Pregunta finalmente desconcertado el ministro: -Entonces, ¿quién crees tú, Gran Maestro, que puede ser llamado santo?
Confucio suspira hondamente, y exclama como si fuera uno de los profetas de Israel y no un filósofo chino: -He oído decir que en un pueblo que está en la otra parte del mundo, hacia donde corre el sol, habrá un hombre que no ejercerá ninguna autoridad, pero producirá todo un mar inmenso de bondad. Nadie sabe su nombre, pero yo sé que es el único que será el verdadero santo.
Bonita y curiosa leyenda. Nosotros sabemos el Nombre de Aquél en quien Confucio pensaba, y le damos plena razón al filósofo y maestro chino.
JESUCRISTO, esperado con vivas ansias por Israel, y esperado también, aunque de manera confusa y en el misterio por todos los pueblos de la tierra, es el Santo de Dios, el que trae al mundo la bondad y la paz, el único en quien podrán esperar sin miedos a equivocarse todas las naciones.

Un famoso convertido, y premio Nobel de Medicina, hizo esta afirmación muy bella y bastante triste a la vez: -Nuestra civilización ha olvidado que ha nacido de la Sangre de Cristo (Alexis Carrel)
Es bella esta afirmación, porque reconoce a Jesucristo como la fuente de todos los bienes que disfrutamos. Y es algo triste también, porque acusa de ignorante y desamorado culpable al mundo por olvidarse de Jesucristo, su gran bienhechor, y por apartarse de Él.

Pero, ¿es verdad lo que dice ese premio Nobel, que le debemos tanto a Jesucristo? No exagera nada.
Porque si suprimimos a Jesucristo y a su Iglesia, no nos explicaremos el respeto de que goza la mujer; ni el cuidado del niño y del joven; ni la asistencia al enfermo; ni el sentido y dignidad del trabajo; ni el celo por la conservación de la moral pública.

Si los Estados modernos han hecho suyas todas esas realidades —y damos gracias a Dios de que las han hecho suyas—, es porque las heredaron de la Iglesia, la cual recibió de Jesucristo el encargo de establecerlas en el mundo.
Por eso volvemos hoy, más que nunca, nuestra mirada a Jesucristo. En Él está nuestra salvación: la de nuestras almas para el Cielo, y la del mundo para su bienestar. ¡Que Jesucristo nos arrastre tras de Sí!

Esto era lo que expresaba aquel político, diputado, esclarecido orador y hombre de fe profunda. Veía que se le acababa la vida, y se dirige a Jesucristo:
– Señor, Tú dijiste estas palabras: “Yo atraeré a mí todas las cosas”. Entonces, ¡atráeme, recíbeme!… (Donoso Cortés)

No podemos decir que el mundo está perdido. Eso no lo puede decir nadie que discurra un poco.
Dios sigue ofreciendo Jesucristo al mundo.
Jesucristo tiene muchos que lo predican, que lo anuncian, que lo proclaman a los cuatro vientos en todos los rincones de la Tierra, y no sólo un Papa en los extremos confines del Oriente.
Eso lo hacemos también nosotros, lo hacemos todos los creyentes que tenemos esperanza en Jesucristo.
Y si el mundo hace caso al mensaje, si se deja atraer por el Crucificado y el Resucitado, no hay miedo alguno: el mundo corre hacia su salvación…

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