El Alfa y la Omega

27. noviembre 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

Se descubría en el Palacio de la Paz de La Haya, en Holanda, una imagen muy solemne de Jesucristo. La Reina, rodeada de tantos personajes notables llegados de todo el mundo, se fija en una señora venida de Argentina, y le regala su propio retrato.
Nuestra paisana americana se siente orgullosa con el recuerdo que le deja la reina Guillermina, pero recibe a la vez una lección importante. La Soberana de los holandeses le pone esta dedicatoria como un aviso: ¡Cristo antes que todo!…

Un gesto como éste nos lo enseñó modernamente el Papa Juan Pablo II, que nada más elegido sale al balcón central de la Basílica vaticana, y lanza al mundo el saludo: ¡Alabado sea Jesucristo!. Grito corroborado a los pocos días con sus palabras famosas: -¡No tengan miedo de abrir las puertas a Cristo!
Aquella reina y nuestro Papa, venían a decir los dos la misma verdad enseñada por Pablo como lo fundamental de toda la Biblia:
– Cristo es el primogénito de toda criatura. En él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra. Todo lo ha creado Dios por él y para él y todas las cosas tienen en él su consistencia (Colosenses 1,15-16)  

Entonces, hay que contar con Cristo como principio y como fin de todo.
Por Jesucristo tuvimos principio en Dios, y por Jesucristo tendremos fin en Dios.
Buscar algo o pretender algo fuera de Jesucristo es una equivocación desde el mero principio.
Mientras que contar con Jesucristo con todo y para todo es acertar desde un principio, es jugar con suma prudencia, es asegurarse el éxito más grande en toda la vida.

Y esto puede ocurrir hasta en una vida al parecer fracasada del todo.
Como le sucedió a aquella muchacha vietnamita, una de las primeras cristianas de las antiguas misiones del Tonkin. El misionero jesuita sabe de una enferma que la gente ha sacado de la ciudad y la han tirado en medio del campo junto a una roca, para que allí acabe de morir. La pobrecita era cristiana, y enflaquecida del todo, y cubierta de gusanos, al ver al sacerdote se echa a llorar.
El Padre la atiende, la escucha primero en confesión, y después le pregunta:
– ¿Quieres curarte? ¿Le pedimos a Dios la salud?
Y aquella ferviente cristiana, tendida sobre la cruz de Cristo, responde:
– Me da lo mismo curar, que morir, que seguir padeciendo así. Yo sólo quiero lo que Dios quiera. Pero me parece que, estando sana, no me parecería tanto a Jesús en la cruz.
Y sigue, llorando otra vez:
– Padre, no lloro por el dolor, sino de alegría. ¡Es tan bello tener algo de semejanza con mi Señor Crucificado!…

¿Era esto una vida fracasada? ¿O era la vida elevada a las mayores alturas de Dios? Si había empezado desde niña a vivir de Cristo y para Cristo, y ahora moría así por Cristo y con Cristo, principio y el fin de su existencia, ¿había perdido esta muchacha la vida o la había ganado, por desconcertante que a muchos les pueda parecer?… Porque la vida, mirada humanamente, puede ser un éxito o ser un fracaso. Pero si se ha gastado en Cristo, desde el principio hasta el fin, esa vida es envidiable a más no poder.

Porque Cristo, que tiene el principio sin principio en el seno del Padre, mete en Dios la vida de quien se da del todo a Él, y esa vida no se pierde, porque se encontrará definitivamente en Dios.
Cristo es el principio de todas las cosas, que fueron creadas en Él.
Cristo es el fin para el que Dios creó todas las cosas del cielo y de la tierra, las del universo entero.
Cristo es el que con brazo fuerte sostiene todas las cosas, de modo que no se pueden soltar de Él.
Cristo está por encima de todos los ángeles y hombres.
Cristo es el centro sobre el cual gravita la Historia del mundo, de las naciones, de las familias, de los individuos particulares, de todos los hombres y mujeres que ha existido, existen y existirán hasta el fin; porque todos han sido creados en vista de Cristo y para Cristo, de modo que nadie se pueda sustraer a su dominio absoluto y universal.

¡Y qué suerte tan grande es ésta! Porque Dios no ha podido ponernos en manos mejores que en las de su Hijo hecho Hombre y hermano nuestro, Jesucristo el Señor! Con un Corazón más inmenso que todo el universo creado, Jesucristo no nos suelta de su mano, para que tengamos nuestro fin en Él y en su misma gloria, así como hemos tenido el principio de nuestra existencia.

Entre los muchos mártires modernos, los de México en la persecución de Calles nos dejaron ejemplos admirables de esta soberanía de Jesucristo.
Por ejemplo, el comerciante que coloca en el escaparate de su tienda un cartel con esta profesión de su fe: -¡Viva Cristo Rey! Sólo Dios no muere ni morirá jamás. Cristo vence, Cristo impera, Cristo Reina.
O los dos valientes jóvenes, a quienes se les intima: -Griten ¡Viva Calles!.
 -No, señores. Sino ¡Viva Cristo Rey!
Como el que subía a la horca: -¡Muero por Cristo, y Cristo no muere!
Todos ellos murieron por Cristo, y ahora viven en Cristo y con Cristo por siempre. En Cristo empezaron sus vidas, y en Cristo se consumaron felizmente. En ellos se cumple a perfección lo que nos dice el Concilio:
– Todos los hombres están llamados a la unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos (Lumen Gentium 2,3)

San Pablo nos dice que para nosotros sólo hay un Señor, Jesucristo, por quien han sido creadas todas las cosas y por quien nosotros también existimos (1Corintios 8,6).  No nos equivocamos si nos damos a Él… No hay nadie que se haya arrepentido de haber gastado su vida por Cristo Jesús…

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