¿A qué vino Jesucristo?…
30. octubre 2023 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoDesde que vimos en los altares al Padre Damián, eso del heroísmo con los leprosos se ha hecho moneda corriente dentro de la Iglesia. Son muchos y muchas los que han consagrado su vida a los enfermos más desdichados de la humanidad. Entre ellos, el Padre Humberto, sacerdote norteamericano que deja la comodidad de su tierra para ir a sepultarse vivo en una leprosería africana de Balí.
Nada más llegar, siente la primera reacción:
– ¿Aquí me voy a quedar yo? Sí; para esto he venido; para esto me he ofrecido a Dios. ¡Tengo que acostumbrarme a lo que estoy viendo! Personas que parece no tienen rostro…, manos sin dedos…, piernas sin pies… Y todos retraídos. Mira cómo me miran…, me tienen miedo.
Pero el nuevo Misionero suelta como saludo una gran sonrisa. Los enfermos se animan, se le acercan, le sonríen también. Hijos de la selva algunos, sin ninguna religión; musulmanes otros, con recelos contra el cristianismo; católicos bastantes, entre ellos una ancianita que se acerca, y, acostumbrada como está a besar la mano del sacerdote en señal de respeto, hace ahora lo mismo y le agarra al Padre la mano para besarla. El sacerdote se quiere negar:
– Yo no admito ese gesto servil, pues todos somos iguales.
Así piensa un americano, pero una mujer africana, no. El Padre se da cuenta, vence su repugnancia, y se deja agarrar la mano para recibir en ella el beso. Haciéndose una gran violencia, se dice:
-¡No voy a ser yo menos, aunque me cueste el contraer la lepra!
Y con la naturalidad más grande le da a la ancianita un beso en la frente.
Desde este momento, el Padre ha perdido el miedo, y los enfermos también sus recelos. Todos son amigos. Viene una ternura grande del Padre y nace en los leprosos una confianza sin barreras.
Sin ponernos a discurrir nada, a todos se nos ha ido el pensamiento sin más a la Galilea de Jesús, cuando se le pone delante aquel pobre leproso —un impuro según la ley, que debe vivir alejado de todo contacto social para no contaminar a nadie—, y que ahora levanta la voz suplicante: -¡Señor, si quieres puedes limpiarme! Jesús, con la bondad inmensa de su Corazón, le responde con emoción no contenida: -¡Claro que puedo y quiero! ¡Queda limpio! (Mateo 8,1- 4)
Esta es la misión con que Jesús ha venido al mundo. En el pobre leproso está representada la caravana entera de los impuros de todos los tiempos. Jesús, compadecido, nos toca a cada uno de los que formamos en esa fila interminable, y nos dice: -¡Quiero, sé limpio!… Y nos deja hechos un primor en la presencia de Dios, sin culpa que nos pueda corromper ni afear.
La Iglesia, desde un principio, vio que el Limpiador venido del Cielo había entrado en el leprosario de la Humanidad caída. El primer filósofo y defensor que con sus escritos tuvo la Iglesia, San Justino, después que abrazó el Cristianos y fue bautizado, se lo exponía así a los paganos del Imperio:
– Nosotros, que vivimos antes en toda clase de sucias acciones, con la gracia de Cristo nos hemos despojado de las impurezas de que estábamos vestidos. Y purificados de los antiguos pecados, nos pusimos las nuevas vestiduras que el Hijo de Dios nos proporciona a fin de meternos en su Reino.
Vino Jesucristo al mundo impuro, y todo lo que tocó Jesucristo quedó para siempre puro y limpio, como lo confiesa tan vigorosamente San Pablo: -Estoy plenamente convencido, porque es palabra del Señor Jesús, de que nada es ya impuro (R. 14,14), porque todo resulta puro para los puros (Tito 1,15). Esto y no otra cosa significa nuestra confesión católica: – Creo en el perdón de los pecados.
¡Hay que ver el poder purificador de Jesucristo! Basta acercarse a Él y dejarse tocar por su mano divina, para que el pecado desaparezca por completo y allí no exista más que un ángel de Dios…
Ángela de Foligno fue una mujer bastante, bastante ligera… Hasta sus treinta y ocho años llevó una vida que le va a costar muchas lágrimas. Se vuelve por fin a Dios, y al morirse el marido, la mamá y los hijos, sintiéndose libre del todo, marcha a Asís para llorar sus culpas junto a la tumba de San Francisco. Se da a Jesucristo con una generosidad grande, por más que sigue llamándose gran pecadora, indigna de comparecer ante Dios. Lo dice sinceramente, aunque Jesucristo y Ángela llegan a ser amigos tan grandes, pero tan grandes, que un día le suelta Jesús: -¿Sabes, Ángela? Tú eres yo, y yo soy tú.
Así es la fuerza con que Jesucristo limpia la mancha de la culpa, aunque parezca imborrable. No hay inmundicia que resista al detergente de la Sangre de Jesucristo, derramada, como Él mismo dijo, para la desaparición del pecado…
Jesucristo la leprosería del mundo en una nueva creación, digna de Dios. ¿Es verdad que falta mucho?… Ya lo sabemos. Porque han de ser todos los hombres y todas las mujeres del mundo los que se han de aplicar por la Fe, por el Bautismo y por la fidelidad a la Gracia los méritos de la Sangre de Jesucristo.
Sí que falta mucho, pero ya ahora podemos cantar con el mayor poeta místico el paso de Jesucristo por el mundo: Mil gracias derramando – pasó por estos sotos con presura, – y, yéndolos mirando, – con sola su figura – vestidos los dejó de su hermosura (San Juan de la Cruz)
Desaparecida la inmundicia de las almas, los cristianos en Gracia van cantando admirados a su paso por la vida: Llenos de Dios vamos los hombres, – llenos de Dios y sin saberlo – como los ríos, por los campos, – llenos de cielo…
A la luz del Evangelio, con la curación del leproso —impuro, inmundo, según la ley—, indicó Jesucristo su misión de limpiador de las almas.
El misionero generoso que se metió en el leprosario para curar y aliviar a las víctimas de la terrible enfermedad, venía a decir al mundo, sin palabras, pero con gesto elocuente: -Jesucristo sigue cumpliendo su misión. Aquí me tienen de testigo. ¡Qué preciosidad de almas las que se ponen en contacto con Jesucristo, limpiador y blanqueador sin igual!…