Salvador por la obediencia
25. septiembre 2023 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoLos Santos tienen a veces unas ocurrencias geniales. No hay manera de entenderlos, a no ser que se mire la mano de Dios en algunas cosas que resultan inexplicables. Lo digo esto por lo mucho que me sorprendió lo que hizo Santa Verónica Giuliani cuando se hallaba en la agonía.
A todos los que la rodeaban les tenía en ascuas. La veían sufrir, y la muerte no llegaba nunca. Ella quería irse cuanto antes al Cielo, pero como no podía pronunciar palabra, no había manera de entenderla.
Miraba a su confesor, que estaba más inquieto y preocupado que nadie. Hasta que el bendito y olvidadizo sacerdote exclamó delante de todos:
– ¡Santos cielos! Ahora recuerdo lo que Verónica me dijo una vez: que ella no se quería morir y que no moriría sino haciendo un acto de obediencia, para ser como Jesús, que se hizo obediente hasta la muerte.
Se vuelve entonces a la moribunda, y le dice con toda solemnidad:
– Yo, como ministro del Señor, si éste es tu deseo, te ordeno que salgas de este mundo.
Verónica sonríe, dirige una mirada de agradecimiento al sacerdote y a los que rodean el lecho, y entrega su alma bendita a Dios.
Pronunciar hoy la palabra “obediencia” en nuestro mundo parece una antigualla de la cual no hay que hacer ningún caso. Es un asunto que a lo más cae bien a las monjas de un convento, o ya en la vida nuestra de familia, entre los papás y los niños chiquitos.
Sin embargo, al mirar a Jesucristo nos damos cuenta de que hemos sido salvados gracias a su obediencia, la cual jugó un papel decisivo.
El misterio de la salvación empezó por un acto de obediencia de María, que no era un robot ni una autómata, sino una persona responsable, y respondió:
– Que se cumpla en mí tu palabra, que se haga en mí la voluntad de Dios.
Y en ese momento, el Hijo de Dios se hizo hombre. Dios quiso el acto libre de la criatura, y por boca de María la Humanidad colaboraba libremente a la salvación de Dios.
El segundo paso de la salvación, y en ese mismo instante en que el Hijo de Dios se hace hombre, nos lo describe la Biblia con estas palabras, que dice Jesucristo al hacer su entrada en el mundo:
– Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad (Hebreos 10,7)
El tercero paso y definitivo, lo dará Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando diga en medio de una agonía horrible:
– ¡Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya! (Lucas 22,42)
Y habrá llevado a cabo Jesús tan perfectamente el querer del Padre, que al morir exclamará con voz que es un grito de triunfo: ¡Todo está cumplido! (J19,30)
Ahora, después de Jesús, le toca al hombre el obedecer para alcanzar la salvación, porque el cumplir la voluntad de Dios es la prueba de la sinceridad de la fe (Santiago 2,22-24), y la salvación eterna de Jesucristo es para los que le obedecen a Él (Hebreos 5,8-9)
Esto de la obediencia a Dios, —a lo que manda personalmente Dios en su Ley y Jesucristo en el Evangelio, o lo que mandan por medio de cualquier autoridad legítimamente constituida—, se ha convertido modernamente en una piedra de toque inconfundible para conocer la autenticidad del cristiano. La rebeldía moderna a cualquier autoridad no favorece nada al cristiano para cumplir un deber tan grave como es el de la obediencia a Dios.
El que fue Ministro de Relaciones Exteriores de China, convertido al Catolicismo ingresó en un convento de monjes, dejó admirado a todo el mundo. Le preguntan: -Y qué, ¿encontró muchas dificultades?
A lo que respondió con sinceridad grande: -Fue todo un drama para mí. Cincuenta y seis años, empezar como un muchacho el latín, del que no tenía noción, y estudiar la teología me supuso un esfuerzo titánico. A esto se añadió un verdadero problema de orden moral: ¿Cómo podré llegar a ser sacerdote?… No podía más. Era pedirme demasiado.
Conmovían sus palabras, y le insisten: -Entonces, ¿cómo es que siguió? ¿Por qué no lo dejó todo?
Y contesta con gran seriedad: -¡Por obediencia! Debía obedecer a Dios que me llamaba ¡Durante mucho tiempo y muchas veces al día he tenido que hacerme gran violencia para obedecer! (Lu Tsen Tsiang)
San Pablo, con palabras que gustan muy poco modernamente, pero que son y serán siempre Palabra de Dios, no deja resquicio al orgullo humano, y habla no precisamente de la autoridad indiscutible de la Iglesia, recibida directamente de Jesucristo, sino de la autoridad civil legítima:
– Todos deben someterse a las autoridades constituidas, porque no hay autoridad que no venga de Dios. Por tanto, quien se opone a la autoridad, se opone al orden establecido por Dios (Romanos 13,1-2).
Dios exige a los magistrados autoridad legítima, leyes justas conformes a la Ley de Dios, y ejercicio recto de su autoridad. Porque son mandatarios de Dios, y no dueños de los hombres. Mandan, como mandaría Dios…
Un caso de la ley y orden injusta lo tenemos en el rey San Hermenegildo, heredero del trono, que estaba en prisión por fidelidad a Cristo. Su padre se había separado de la Iglesia Católica por la herejía arriana, y le manda a decir:
– ¿Abrazas el arrianismo, si o no?
La respuesta categórica del hijo fue un ¡No! rotundo. Y repitió las palabras de los Apóstoles: -Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
En la misma cárcel era degollado el día de Pascua.
¡Cuesta el obedecer! Como también le costó a Jesucristo, el Obediente del Padre; pero gracias a su obediencia vino la salvación al mundo. ¡Algo grande debe tener la obediencia ante Dios, cuando es ella la que ha resuelto el problema más grave, nada menos que el de la salvación eterna!…