Jesucristo, el Maná
28. agosto 2023 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoUn poeta extraordinario nos describió lo que le ocurrió un día a la Virgen María en Nazaret. El niño Jesús se había salido por los campos, y tardaba algo en regresar. Sale la mamá a ver por qué se retrasaba, y el pequeño venía con las manos cargaditas. -Mi hijito, ¿qué traes de la viña? -Mira, mamá, este racimo de uvas, que se ha convertido en sangre viva… La Virgen se asombra: -¿Uvas que ya son vino, y vino que es sangre viva?… No lo entiende María, pero le sigue preguntando al pequeño: -Mi amor, ¿y qué son esas espigas? El niño cierra los ojos como soñando: -¿Sabes, mamá? Esto se ha hecho pan. He traído el trigo y las uvas de la Eucaristía…
Corren los años, y María tiene clavado en la memoria aquello de Jesús cuando era niño. -¿Qué me querría decir con aquella palabra “Eucaristía”, que nunca he entendido?…
Pasó la Pasión, vino la Resurrección, y llegó Pentecostés. Cuando María vio lo que hacían los apóstoles con el pan y el vino porque se lo había mandado Jesús: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”, dijo gozosa al grupo reunido: -¡Al fin entiendo aquel sueño misterioso de mi niño Jesús! Ahora entiendo lo que me dijo al enseñarme las uvas y el trigo que apretaban sus manecitas: “Mi amor no conserva – prenda más divina: – traigo el pan y el vino – de la Eucaristía” (Escenificada la famosa poesía catalana de Verdaguer)
Dejamos al poeta con sus sueños y pasamos a la realidad de la Biblia, para encontramos con un paso dramático de Israel. Hace muy poco que ha salido de Egipto bajo el caudillaje de Moisés, se amotina, y viene la queja maldita:
– ¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto, donde nos sentábamos junto a las ollas y comíamos pan hasta hartarnos (Éxodo 106,2-04). Dios, desafiado, le dice al pobre Moisés: -Voy a hacerles llover pan de los cielos. Mañana verán mi gloria, y así sabrán que yo soy Yahvé su Dios (Éxodo 16,1-20)
Y así fue. Los israelitas comieron de durante cuarenta años de aquel alimento misterioso, al que llamaron Maná, Pan del Cielo, Pan de Yahvé, Pan abundante, Pan que saciaba…
El recuerdo de este pan quedó grabado para siempre en la historia de Israel. Los Salmos, los Profetas y los Sabios interpretarán su significado, y nos dirán de él cosas bellísimas.
– Les diste trigo de los cielos, el hombre comió pan de ángeles; les mandaste una provisión que los saciaba (Salmo 78) -A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles. Le enviaste un pan ya preparado, que brindaba todas las delicias. El sustento que les dabas revelaba toda tu dulzura para con tus hijos, pues se adaptaba al gusto del que lo comía (Sabiduría 16,20)
San Pablo le dará una interpretación muy suya:
– Todos comieron el pan milagroso… Pero estas cosas les pasaban a ellos como figura para nosotros (1Corintios 10, 1 y 11)
Jesús le va a dar al maná el verdadero significado, cuando le desafíen los judíos en la sinagoga de Cafarnaúm: -No fue Moisés quien les dio el pan bajado del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan que del cielo ha bajado. Y sin más rodeos, añade las palabras decisivas: -Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Juan 6, 32 y 51-52)
Ya tenemos aquí la gran realidad cristiana. Ese capítulo sexto de Juan es lo más grandioso de la Biblia, y cada una de sus afirmaciones abre un mundo para nuestra fe de creyentes:
“Yo soy el Pan de Dios que desciende del Cielo y da la vida al mundo”. “Yo soy el Pan de la Vida…. Yo soy el Pan viviente”. “Quien come de este Pan vivirá para siempre”. “El que viene a mí, jamás tendrá más hambre”. “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. “Así como el Padre vive y yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí”.
Los Apóstoles sabían muy bien todo esto, y aquel su insigne discípulo y sucesor de Pedro en Antioquía, escribe mientras va prisionero a Roma para ser echado a las fieras del circo: -No apetezco comida corruptible ni deleites terrenos. Quiero el Pan de Dios, que es la carne de Jesucristo. Y quiero por bebida su Sangre, que es amor incorruptible.
Los Santos más insignes de la Iglesia nos lo han dicho con palabras y gestos maravillosos. Como Juan de la Cruz, que está celebrando la Misa, y contemplando el Pan y el Vino consagrados, pierde el uso de los sentidos, se queda con al Hostia y el Cáliz en la mano, y no puede proseguir la celebración. Lo llevan a la sacristía, le rodea la gente, hasta que una buena mujer dice atinadamente:
– Llamen a los Ángeles que vengan a acabar esta Misa, porque sólo ellos van a poder seguirla con más devoción, pues este santo ya no está para ello.
Así tenemos a Jesucristo en la Iglesia: como el Pan vivo que nos comemos para saciar nuestra hambre de Dios, para tener la Vida, para convertirnos en inmortales.
San Alonso de Orozco cae enfermo, y le mandan los médicos que deje de celebrar la Misa y comulgar.
– No lo haga, Padre. Los mayores médicos, como Galeno, le dirían que le resulta peligroso.
Y el Santo, con mucha agudeza: -¡Galeno y los médicos de la antigüedad! ¡Vaya testigos! Si ellos hubieran gustado los bienes deliciosos de este divino Sacramento, seguro que no me lo prohibirían…
Jesús soñó en la institución de la Eucaristía. De niño con su Mamá, quizá no: Pero ya en la sinagoga de Cafarnaúm, el quedarse con nosotros como nuestro Pan bajado del Cielo se había convertido para Jesús en una obsesión verdadera.
¿Y ahora?… No lo dudemos. Cuenta las horas y los minutos que faltan para ver a los suyos al pie del comulgatorio…