El Jesús de cada día

7. agosto 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

Los Estados Unidos estaban en plena campaña electoral, y le preguntan al candidato republicano:
– ¡Cuál es el filósofo político que más ha influido en su pensamiento. Y vino la respuesta rápida:
– Jesucristo, Porque él cambió mi corazón (George W. Bush)
No tenemos derecho a dudar de la sinceridad de estas palabras, que algunos atribuirán a astuta diplomacia para conquistar un simple voto. La contestación fue magnífica. Porque, si Cristo le cambió el corazón, estaba también cambiada la cabeza para poder gobernar. Podían los amigos del norte confiar en uno que pensaba como el protagonista de los Evangelios…

Un periódico no católico de los más influyentes del mundo, reconocía la realidad al acabar el segundo milenio del Cristianismo, cuando escribía lo que pensaba aquel candidato y su partido: Estamos en el momento de Cristo. Porque todo el mundo vuelve los ojos a aquel judío que vivió pobre y murió como un criminal convicto en un oscuro y despreciado rincón del Imperio Romano. ¿Cómo es posible la influencia que tiene después de dos mil años? Si sigue hoy más vivo que nunca, por enemigos que tenga, algo tenía aquel personaje misterioso…

Recuerdo a este propósito lo que nos contó una vez nuestro párroco. Muy amigo de varios judíos, un día le pregunta a uno con confianza: -¿Y qué piensan ustedes los judíos acerca de Jesús? Y el otro, con una gran sinceridad:
– Bueno…, los judíos podremos aceptar o no aceptar —como yo, que no lo acepto― el que Jesús haya sido o no haya sido el Mesías esperado por mi pueblo. Pero lo que no puede negar ningún judío honesto, es que Jesús haya sido el judío que más ha influido en el mundo.

Esto es cierto. Pero nosotros no vamos a mirar a Jesús como el gran líder del mundo —cosa que nos enorgullece, como es natural—, sino como el Jesús nuestro de cada día, el Jesús que nos acompaña, que vive en nuestro corazón, que llena nuestra vida entera, porque llena todos los momentos de nuestra jornada, una tras otra, año tras otro, y así hasta el fin.

Me inspira este pensamiento una página, bella porque sí, de un Santo apóstol de nuestras tierras americanas, San Ezequiel Moreno, que se trazó un lema para su vida y lo enseñaba a tantas almas como acudían a pedirle consejo. Sólo dos palabras: JESÚS Y YO. Aquel Obispo santo las tenía siempre en los labios y se las repetía ante la acción más pequeña:

“Jesús y yo. He aquí una fórmula corta que encierra la solución más hermosa para todas las dificultades, y contiene bastante doctrina como para hacernos grandes santos.
“Jesús y yo. No necesito más, ni quiero más, ni aspiro a más.
“Jesús y yo. Tengo con él bastante, aunque todos me dejen solo y no se acuerden de mí.
“Jesús y yo. Siempre con él y conmigo. En la oración y en el rezo, Jesús y yo. En la labor y en el recreo, Jesús y yo. En la celda, en los claustros, en el comedor, en la huerta, en el coro, en todas partes y a todas horas, Jesús y yo.
“Jesús y yo en la oración. Jesús y yo en los quehaceres. Jesús y yo en los sufrimientos.
“Trabajar con Jesús, orar con Jesús, sufrir con Jesús, vivir con Jesús. Jesús y yo. Jesús está conmigo para hacer esta cosa que me parece tan pesada. Jesús y yo.
“Todo se compendia en esta frase, que no dejo de repetir: Jesús y yo. La vida entonces toda es con él y para él. Jesús y yo. No se necesita más, y es suave y sabe como a cielo”.

Uno se pregunta: ¿Firmaría estas líneas San Pablo? ¡Sin duda! Son la expresión más cabal de lo que dice el apóstol: “Mi vivir es Cristo”, y “Vivo yo, pero ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí” (Filipenses 1,21 y Gálatas 2,20).
Esto es hacer que Cristo sea en la vida no un personaje de recuerdos, enseñanzas, o consejos; sino un Cristo viviente, actual, compenetrado vivamente con cada uno de los suyos.

Pensamos en el Jesucristo histórico de hace dos mil años, y nos encanta su figura sin igual. Hablamos del Jesucristo que necesita el mundo y por el cual suspira inconscientemente. Pero, sobre todo, vivimos del Cristo de la fe, presente entre nosotros, viviente en nuestro corazón, metido en todos los quehaceres de nuestra vida, porque le interesan a Él, se mete en ellos y los hace suyos.
En especial, ante las angustias que hoy sufre el mundo, hay que presentar un Jesús que nos acompaña en el dolor. Porque su pasión es nuestra pasión, y nuestra pasión es la misma pasión suya. Un poeta nos lo expresa hermosa, profunda y sentidamente:  

¡Señor!…     
que sienta una dulce herida        de sangre los pies cubiertos,
de ansia de amor desmedida:     llagadas de amor las manos,
que ame tu ciencia y tu luz         los ojos al mundo muertos
que vaya, en fin, por la vida       y los dos brazos abiertos
como Tú estás en la Cruz:          para todos mis hermanos (Pemán)

Sobre Jesús se dicen muchas cosas. Son muchos todavía los que ignoran quién es Jesús, y hay que evangelizarlos, haciéndoles conocer quién es el Salvador enviado por Dios al mundo.
Hay quienes lo conocen, y dicen mil disparates sobre Él. Para nosotros, Jesucristo es Dios. Es el Jesús nacido de María. Es el Jesús que vive en nosotros. Es el Jesús que sí, que ha cambiado nuestro corazón. Porque lo hemos sabido meter en él, diciendo en cada momento lo del Obispo santo: Jesús y yo.
Naturalmente, nuestra vida se va transformando así en el mismo Jesucristo…

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