Amando al gran amador

1. mayo 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

Un conferenciante preguntaba a su auditorio:
– ¿Cuál es el misterio central del mundo? ¡Por favor, respóndanme!
Y uno de los oyentes dio una contestación muy aplaudida:
– ¿Misterios en el mundo? Los hay a montones. Pero hay uno que los concentra y los resume todos: éste es Jesucristo. Y en el misterio de Jesucristo, está su muerte con la resurrección. Y en el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, está su corazón. Sin el corazón, sin el amor, no se entenderá nunca el misterio de Jesucristo ni el misterio más grande del mundo.

¡Qué bien dicho! ¡Y cuántas veces que lo repetimos nosotros, aunque sin explicaciones muy filosóficas ni con teologías complicadas! Nos basta una mirada a toda la redondez de la Tierra, para decirnos a nosotros mismos: ¿El centro geográfico del mundo? Jerusalén; y en Jerusalén, el Calvario, donde un día se levantó una Cruz y donde existe un Sepulcro vacío.

En aquella Cruz estaba suspendido el cadáver de un ajusticiado, que, rasgado su pecho por una lanza, dejó escapar del corazón agua y sangre; y, al salir después del Sepulcro adyacente, por esa misma herida dejó escapar su Espíritu Santo, llenando así de amor la Tierra entera.
Jesucristo es el gran amador del mundo.
Y Jesucristo es también, en correspondencia, el más amado y más querido de los hombres.
El misterio central del mundo se halla donde está el centro del amor, en Jesucristo, el Crucificado y el Resucitado.

“Hemos conocido el amor, y hemos creído en el amor”, nos dice Juan (1Juan 4,16) Y porque hemos creído en el amor de Dios manifestado en Jesucristo, por Jesucristo amamos a Dios con todo el corazón. Gozamos con el amor de Dios, y Dios goza con el amor nuestro.

Un conocidísimo novelista nos describe esta realidad cristiana con la escena del príncipe ruso y la campesina. La joven mujer iba por el camino en medio de los campos llevando en brazos a su niñito de unas seis o siete semanas. De repente, un grito de alegría, un alzar de los ojos al cielo, y un hacer la señal de la cruz. El príncipe, extrañado y conmovido, oye a la buena campesina:
– ¡Mire, mire, mi niño me ha sonreído por primera vez!
– ¿Y ese hacerle a Dios la señal de la Cruz?
– Porque así como yo estoy tan contenta por la sonrisa de mi niño, Dios se pone contento siempre que descubre en nosotros un acto de amor (Dostoiewsky)

Los gestos de amor de Jesucristo llenan el Evangelio entero. Jesucristo no amaba de una manera fría, desdeñosa, platónica, inoperante. No. El amor de Jesucristo era un desbordarse entero allí donde encontraba la belleza de un alma o la tragedia de un corazón.
– ¡Muchacho!…, le dice al joven que se ha conservado tan sano, y le mira profundamente, lo ama…,
– ¡Juan, para ti no quiero secretos!, le dice al más joven de los apóstoles, reclinado sobre su pecho…
– ¡No apartéis de mí a los niños, por favor!, grita con enojo manifiesto…
– Mujer, dame de beber. ¿Quieres del agua que yo te puedo dar?, le pide y le ofrece a la samaritana…
– Todo se te ha perdonado porque amas mucho, le asegura sonriente a la pobrecita mujer de la calle…
– Vete en paz, y no peques más, le dice a la adúltera, sentenciada a muerte por sus acusadores…
– Oye, Zaqueo, baja del árbol, y prepárame hospedaje en tu casa, le pide al publicano pecador…
– Judas, ¿con un beso me entregas?…, le dice al traidor, a quien había lavado hacía un rato los pies…
– ¡María!…, le llama a la de Magdala, que no acaba de soltarle los pies…
– Mujer, no llores!, conmovido ante la madre viuda que ha perdido el hijo…
– Estas turbas hambrientas me dan lástima. ¡Dadles de comer!, exclama ante la multitud que le sigue…
Podríamos seguir con la lista, y veríamos lo que es el Evangelio en su más pura esencia: la manifestación grandiosa de un Dios que nos ama.
Que nos ama, y también de un Dios que mendiga amor.
– ¡Permaneced en mi amor!, les pide a los apóstoles…
– Pedro, ¿me amas?, le pregunta al discípulo arrepentido…
– María ha escogido la mejor parte, asegura de la que le escucha encantada a sus pies…
– Esta mujer ha realizado una acción hermosa, dice de la que ha despilfarrado el dinero en perfume…
Así, así nos sigue pidiendo Jesucristo hoy el corazón. Porque el Evangelio no cambia. Ésta es una actitud de Cristo sobre la que nos interesa reflexionar ahora más que nunca.

Un Dios que se hace hombre verdadero quiere y pide ser amado como hombre. Con las mismas señales de amor comunes entre nosotros. Con formas que no pasan de moda en la sociedad, porque son maneras de amar que llevamos todos entrañadas en el corazón. Suprimidas esas formas sociales nuestras con Jesucristo, le quitaríamos a nuestra fe lo que tiene de más bello: dejaríamos de creer en el amor, y haríamos del cristianismo una religión fría, insulsa, que no llenaría las ansias más profundas de nuestro ser.

Amamos con amor de obra, porque mantiene su validez aquello de obras son amores, y no buenas razones. Amamos con las manos y con los pies, porque nos movemos y trabajamos por el Reino y por los hermanos, miembros de Cristo. Pero, manos y pies, están movidos siempre por el corazón, enamorado de  Aquel que nos amó primero…

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