Jesucristo, el deseado
24. abril 2023 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoEn nuestras celebraciones a lo largo del año, pero especialmente ya cerca de la Navidad, cantamos muchas veces esta letrilla ardorosa: – Ven, ven, Señor, no tardes, ven, que te esperamos; ven, ven, Señor, no tardes. ¡Ven pronto, Señor!
Así lo hacemos. Pero, ¿hemos caído en la cuenta de que expresamos con esta canción el anhelo más hondamente sentido a lo largo de toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento? ¡La venida de Jesús! Porque Jesús es el gran deseado de Israel y del mundo entero.
El pueblo elegido y depositario de la promesa esperó impaciente durante muchos siglos a Jesús, el Mesías, el Cristo, el Salvador.. Y, apenas llegado al mundo, ¡hay que ver cómo lo buscan todos los creyentes, apenas adivinan su presencia en alguna parte.
Los Magos, curiosos, con ansia, llenos de fe: -¿Dónde está el recién nacido Rey de los judíos?…
Juan, el discípulo joven: -Maestro, ¿dónde vives, dónde moras?…
Felipe a Natanael, con gozo incontenible: ¡Hemos hallado al Mesías, al Cristo!…
Zaqueo, escalador del árbol: ¡Ahora sí que lo voy a ver bien, y mejor que nadie!…
Aquellos peregrinos griegos, a Felipe y Andrés: ¡Queremos ver a Jesús!…
Y Pablo, que cae destrozado ante las puertas de Damasco, saboreando después la aparición de Jesús, reivindicará su título de Apóstol con estas palabras: ¿No vi yo a nuestro Señor Jesucristo? (1Corintios 9,1)
¿Qué nos dicen estas expresiones jubilosas, que llenan de ilusión y de belleza las páginas de la Biblia? Pues, esto precisamente: que Jesús es el gran deseado, el gran esperado por todos, el que llena todas las aspiraciones del corazón.
Hasta los pueblos paganos, sin saber de dónde les venían estas aspiraciones, soñaban en un futuro salvador del mundo. Por eso, cuando empezó a ser predicado Jesús, el mundo gentil recibió con gozo desbordante la gran noticia de la salvación. Valgan por todos los testimonios las palabras de Pablo sobre el Imperio Romano: “He llenado del Evangelio toda la tierra desde Jerusalén hasta la Iliria… y ahora iré por Roma hasta España”, que era entonces el extremo conocido de la Tierra (Romanos 15,19-24)
Hoy nuestra sociedad, la del consumo y del bienestar, experimentando el vacío en que le deja tanto placer, clama inconsciente por una liberación.
La sociedad oprimida, por su parte, la de los pobres indefensos, suspira también por un libertador que le saque de su depresión.
El mundo entero, el del Norte y el del Sur, el de los ricos y el de los pobres, mira a Jesucristo y suspira por Jesucristo como el único Jefe que le puede traer la salvación anhelada.
Un pueblo indígena de nuestras tierras americanas expresó este deseo de manera muy aleccionadora. El Obispo de la diócesis —con un fuerte núcleo urbano, y con pueblos indígenas alejados—, miraba aquel poblado con ojos muy cariñosos y lo atendía con un corazón muy paternal. Dinero, el que podía; sacos de arroz, de maíz y de frijoles, con bastante abundancia; ropa, cuanta caía en sus manos o le ofrecían los almacenes. Los queridos indígenas, especialmente los niños de la escuela, eran los pobres mejor atendidos de la diócesis. Pero el Prelado, muy escaso de sacerdotes, recibió una seria lección con esta carta:
– Monseñor, gracias por todo lo que hace por nosotros y por tanta ayuda como nos manda. Pero mándenos sobre todo un sacerdote que nos traiga cada día a Jesús.
Estos hijos del campo y de la selva no pudieron expresar mejor el secreto anhelo que todos llevamos en el corazón. Si tenemos a Jesucristo lo tenemos todo, aunque no poseamos nada; y nada nos falta, porque lo tenemos todo, cuando contamos con Jesús.
El mundo entero como tal, cada pueblo en particular, y cada persona en concreto, es decir, todos, queremos a Jesucristo, pensamos en Jesucristo, suspiramos por Jesucristo, y no cejaremos en nuestro empeño hasta hacernos con Jesucristo de una manera absoluta y definitiva.
El mundo de hoy tiende hacia lo que se ha dado en llamar la globalización. ¿Queremos que, en vez de traernos esos males que todos presienten, nos traiga paz y bienestar? Pues… que el mundo acepte a ese Jesucristo que Dios nos mandó para que recapitulase, concentrase y resumiese en Sí todas las cosas.
¿Queremos que en nuestra ciudad, en nuestro pueblo particular, haya concordia entre los ciudadanos, buena relación entre las familias, honestidad ciudadana, a fin de que todos vivamos sin temor? Hagamos que Jesucristo sea el primer habitante del pueblo, el que presida las asambleas municipales igual que preside las celebraciones de la Iglesia…
¿Queremos —ya cada uno de nosotros en concreto— vivir con el alma en paz, con el corazón rebosante de alegría, con ilusión en el trabajo, con confianza en el porvenir, sin temores por la salvación definitiva?… ¡Claro que lo queremos! Y por eso suspiramos por Jesucristo, al que tenemos como el mejor amigo, y le repetimos con el clamor de todos los siglos: ¡Ven, Jesús! ¡Ven, Señor!
El Concilio, en aquella famosa Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno, nos dijo todo esto con unas palabras magníficas: “El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (GS, 45)
Jesucristo… ¡qué bello es soñar en Él! Jesucristo… ¡qué ilusión que da el suspirar por Él! Jesucristo… ¡qué gozo que da el tenerlo en el corazón! Jesucristo… ¿qué será el poseerlo para siempre?…