Jesucristo, Cabeza nuestra
15. enero 2024 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoNo podemos tener mayor ilusión que hacer de Jesucristo el centro de nuestra vida entera. Dirigir hacia Él todas nuestras aspiraciones. Darnos a Él completamente. Depender de Él en todo. Porque nuestro conocimiento de Cristo, nuestro hablar de Él y con Él, nuestro trabajar por Cristo, todo eso ha de salirnos de dentro. No queremos razones frías sobre Jesucristo ni sentimientos tibios. Queremos calor, queremos amor intenso.
Por eso, puestos a pensar en Jesucristo, ¿cómo nos lo podemos figurar? ¿bajo qué aspecto lo vamos a considerar y a tenerlo presente?
Mirando la Palabra de Dios, y entre los muchos títulos que la misma Palabra le da, es posible que no encontremos ninguno tan significativo y profundo, tan estimulante y rico, como el de Jesucristo, Cabeza nuestra.
Decir esto, es como decirse:
Yo, parte de Cristo;
yo, miembro de Cristo;
yo, siempre con Cristo y en Cristo;
yo, en dependencia absoluta de Cristo.
Donde está Cristo, estoy yo; adonde va Cristo, voy yo.
Yo pienso con el cerebro de Cristo; yo amo con el corazón de Cristo; yo tengo los mismos sentimientos de Cristo; yo trabajo con las manos mismas de Cristo.
Porque Cristo y yo, somos UNO
Cuando pensamos así, porque así nos hace pensar Dios al decirnos que Cristo es nuestra Cabeza y que nosotros somos sus miembros, entonces nos asentamos en ese punto que no se moverá jamás. Los cimientos no fallarán nunca. El edificio no podrá resquebrajarse, porque Cristo permanece eternamente. Y, siendo uno con Cristo, nuestra vida será estable como la del mismo Jesucristo.
Esto no son fantasías nuestras. Jesús fue el primero que nos lo aseguró, cuando nos dijo que Él era el tronco del árbol y nosotros las ramas:
– Yo soy la vid, vosotros los sarmientos (Juan 15,5)
San Pablo dice lo mismo, arrancando del organismo humano:
– A él lo hizo Dios, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo (Efesios 1,22-23)
Y sabemos que no son fantasías nuestras porque todo lo tenemos en la Palabra de Dios. Si Dios no nos lo hubiera dicho, jamás nosotros hubiéramos tenido el atrevimiento de afirmar semejantes cosas.
Esto nos hace pensar en seguida en la grandeza de Jesucristo. Al ser la Cabeza de todos los redimidos, Jesucristo está sobre todo y sobre todos, como reconoce San Pablo:
– Es el primogénito de muchos hermanos, y está por encima de toda soberanía y autoridad y poder y dominio, y de todo título reconocido, no sólo en este mundo sino en el futuro…, porque Él tiene el primado en todo (Rom. 8,29. Ef. 1,21)
Jesucristo está sobre todo, y nadie le supera.
Jesucristo lo llena todo, y nosotros estamos encerrados en Él.
Nuestra pequeñez queda absorbida por la grandeza de Jesucristo.
Tan pequeños, tan humildes, y, sin embargo, tan grandes también nosotros, los cristianos, porque somos uno con Cristo y participamos de su grandeza inconmensurable…
Si Jesucristo es inmensamente grande, es también de una perfección inigualable, insuperable. San Juan nos dirá en su Evangelio que lo hemos visto lleno de gracia y de verdad (Juan 1,14)
¡Cómo se clavan nuestros ojos en Jesucristo, para gozar de su contemplación sin cansarse!… Nos vienen ganas de repetirle esos versos que extasiaron a la gran Teresa de Jesús:
– Vea quien quisiere – rosas y jazmines, – que si yo te viere – veré mil jardines, – flor de serafines, – Jesús dulce y bueno. -¡Véante mis ojos, – muérame yo luego!…
Y es que la contemplación de Jesucristo no cansa. ¡Cómo va a cansar, si el mirarlo va a ser nuestra dicha eterna!…
Jesucristo no guarda únicamente para Sí los tesoros de Verdad y de Gracia.
Por el influjo que tiene la Cabeza sobre los miembros, toda esa belleza, toda esa perfección de Jesucristo desciende sobre cada uno de los creyentes que participamos de su vida, como nos dice el mismo Juan en su Evangelio:
– Todos hemos recibido de su plenitud, gracia sobre gracia (Juan 1,16)
Nuestras almas resplandecen a los ojos de Dios con la misma belleza que inunda la Persona de Jesucristo, el resucitado y glorificado en las alturas.
Ahora tenemos oculta la belleza que llevamos dentro. Si viéramos nuestra propia alma en la Gracia de Dios, nos volveríamos auténticamente locos de felicidad.
Porque es la misma belleza con que Cristo resplandece en el Cielo, ya que nuestra vida divina no es más que la vida de Jesucristo Cabeza, vida derramada sobre cada uno de sus miembros.
Así somos en Jesucristo. Así vivimos en Jesucristo. Por eso, cada creyente se hace suya la palabra de María:
– ¡El Señor ha hecho en mí maravillas!…