Aquí estoy Yo…

11. diciembre 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

Ha pasado a la Historia de Estados Unidos el famoso terremoto que sufrió el año 1906 la ciudad de San Francisco en California. No quedó una casa en pie, porque la destrucción fue total. ¿Total? No tan absolutamente, y toda la nación se enteró del caso.
Al estremecerse la tierra y quedar la gran ciudad sumida en escombros, llamas y humo denso, las Religiosas del Sagrado Corazón estaban arrodilladas ante del Santísimo Sacramento, sumidas en devota adoración y súplicas fervorosas.
Empiezan los socorros por todas partes, y un capitán de bomberos, al ver intacta la casa entre tanta devastación, llama, entra, y allí encuentra a las Religiosas, rendidas en humilde acción de gracias. Pasmado, exclama ante lo que ve pero no entiende su cabeza: -¡Todavía hay milagros en el mundo!… Estados Unidos comprendió —pues tomaron el suceso como un símbolo— que Jesucristo era la única esperanza cuando parece que todo se derrumba.

Y en éstas seguimos nosotros. Por más ruinas morales que contemplen nuestros ojos, siempre se alzará la figura señera de Jesucristo, que nos dice:
-¡No teman! Que aquí estoy yo.
Hoy más que nunca necesitamos esta esperanza en Jesucristo, el Salvador humilde que a nadie infunde miedo, pero también el Triunfador invicto, que pone en guardia a sus adversarios, recordándoles con el Evangelio y con el libro último de la Biblia: -A mí se me dio todo el poder en el cielo y en la tierra…, que soy el vencedor y me senté con mi Padre en el trono (Mateo 28,18; Apocalipsis 3,21)
Diríamos que San Pablo es más categórico que el Señor, y les advierte a los adversarios mientras están aún a tiempo: -Es necesario que Jesucristo reine, hasta que Dios ponga a todos sus enemigos como estrado de sus pies (1Cor. 15,25). Vale más que Jesucristo reine ahora por el amor y la bondad, para que después no sea para muchos demasiado tarde…

¿Dónde está el triunfo de Jesucristo?… No lo busquemos en las armas, pues eso no dice con el Señor, porque ni tan siquiera las necesita, ya que, si quisiera, dispondría en un instante de más de doce legiones de ángeles…
El triunfo de Jesucristo está sobre los corazones.
Para eso, empieza a expulsar del mundo a Satanás, el tirano que lo tenía esclavizado. Lo anunció Jesús unos días antes de su muerte: -Ahora es cuando el que tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera. Y entonces, cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Juan 12,31-32)

¿Es cierto que Satanás ha sido expulsado y que ya no opera en el mundo? Como en tantas otras cosas del Reino de Dios instaurado por Jesucristo, ese “ahora” de que habla el Señor es muy amplio, y no se concretizaba a aquel momento en que hablaba Jesús.
Con la muerte en la cruz y con la resurrección de Jesús, la suerte del demonio quedaba echada y su poder enormemente disminuido.
En adelante —lo decimos con una feliz comparación de San Agustín—, el demonio es un perro atado; por bravo que sea, no puede más que ladrar, y es incapaz de morder sino al imprudente que se le acerca y le tiende la mano…
Entre tanta noticia, un día los periódicos nos traían una bien singular. Con todos los datos precisos, nos comunicaban lo que hizo la alcaldesa de una población de la Florida en Estados Unidos. Por decreto municipal y bando público, Satanás era expulsado de la ciudad, por ser el causante de todos los males que afectan a los ciudadanos. Decía el bando:
-Se comunica que de hoy en adelante Satanás, dueño de las tinieblas, portador del mal y destructor de todo lo bueno y justo, no es admitido ni será admitido ya jamás en esta ciudad de Inglis.
Explicaba la ocurrente alcaldesa:
-No he visto al demonio, pero he comprobado su presencia por los males que causa (Carolyn Rischer, alcaldesa. La Reppublica, 17-III-2002, copia del New York Times)

Nos podemos reír lo que queramos, pero la curiosa mujer no iba del todo descaminada. Porque el misterio del mal sigue actuando en el mundo, y se sirve lo mismo de la droga, que de la eutanasia; de la probeta, que del aborto legalizado; de las parejas anormales admitidas, que de la pornografía; de la injusticia institucionalizada, que del egoísmo; del ansia insaciable del placer, que del afán desmesurado del dinero o de la globalización incontrolada…

El demonio en persona hace muy poco, pero tiene por todo el mundo agentes muy dóciles que le hacen la papeleta muy a su gusto. El apóstol San Pablo lo denunciaba sin miedos: -No quiero que Satanás saque partido de este asunto, pues no desconocemos sus maquinaciones (2Corintios 2,11)
Sin embargo, nosotros sabemos quién tiene la palabra definitiva.
No la tiene el mal, sino el bien. No la tienen los malos, sino los buenos.
La tiene Jesucristo, y nadie más.

Entonces, ¿cuáles son nuestros sentimientos? Sentimos una confianza sin límites en Jesucristo el Señor.
Vemos que la Iglesia, como Jesucristo, está en el mundo para servir, no para ser servida.
Vemos que la humildad ha ser la característica de los seguidores de Cristo.
Vemos que la paciencia y el llevar la cruz en la distingue a los discípulos del Mártir del Calvario.
Vemos, sin embargo, que todo esto no quiere decir que el cristiano vaya a ser pusilánime, ni cobarde, ni desconfiado.
Muy al revés: mira hacia atrás, y ve la Resurrección del Señor; mira adelante, y contempla como ya presente su segunda venida triunfal.
Jesucristo y los suyos, como las Religiosas benditas de aquella casa, están en vela. Jesucristo y los suyos son los grandes agentes de la reconstrucción del mundo…

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