Jesucristo en el corazón
16. octubre 2023 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoEn una locución que se ha hecho famosa, Jesús dijo de una gran confidente suya: -Si me buscan, me van a encontrar en el Santísimo Sacramento o en el corazón de Gertrudis.
¡Qué suerte la de esa Santa alemana, un alma tan selecta del siglo trece! Pero no le tengamos demasiada envidia. Lo que Jesús dijo de Gertrudis lo dice también de usted y lo repite sobre cada uno de los bautizados que viven la Gracia.
Basta amar a Jesús, para que el Espíritu Santo se encargue de venir al corazón y prepararlo como una habitación deliciosa de Dios, conforme a lo del Señor en el Evangelio: -Mi Padre amará al que me ame, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada (Juan 14,23). Y tenemos además las palabras clásicas de Pablo: -Cristo habita por la fe en vuestros corazones (Efesios 3,16)
Palabras comentadas preciosamente por San Agustín: -Jesús está en el Cielo y con nosotros. Nosotros estamos acá con Jesús. Jesús, por su divinidad, poder y amor; nosotros, por el amor, el amor que nos aglutina con Él.
¿Es esto posible? ¡Claro que sí! Jesús Resucitado, que trasciende, sobrepasa, supera todas las leyes físicas, no encuentra estorbo alguno ni en la materia ni en las distancias ni en los números. Y así, puede venir y viene a cada uno en particular, misteriosamente —místicamente, que decimos—, pero de manera plenamente real, cierta, segura.
Jesucristo vive dentro del corazón permanentemente, de manera continua y no a ratos. Esto no lo ha soñado de su dios ninguna religión, fuera de la cristiana.
Es el mismo Jesucristo quien tiene verdaderas ganas de realizar semejante unión con los que son suyos.
Treinta años llevaba enferma una señorita de la nobleza, con una entrega total a Jesucristo. Un día se le aparece el Señor, le saca el corazón del pecho, mientras le dice: -Mira tu corazón. Se lo muestra como un grande y preciso rubí, con esta inscripción divina en el centro: -Aquí habita Jesús (Marina de Escobar, 1683)
Jesucristo habitaba en aquel corazón tan santo, y habita igualmente en el corazón de cualquier bautizado que lo ha acogido y le tiene la puerta bien cerrada para que no se marche…
Aunque la aceptación de Jesucristo por parte del hombre es voluntaria y libre, porque la fe y el amor con que Dios se da se aceptan libremente. Dios quiere entrar en la morada del corazón, pero no es un policía que allane el domicilio. Cristo sólo entra si se le abre, como dice sabiamente el Doctor San Ambrosio:
– Aunque podría entrar si Él quisiera, Cristo no fuerza al que lo rechaza, ni quiere ser molesto a quien lo recibe con disgusto. Ni se queda dentro si la culpa le abre la puerta y lo despide con su poca elegancia…
Era por los siglos de la Edad Media en Alemania. El Obispo está rodeado de un grupo de sacerdotes, y les pregunta el sentido de estas palabras de Jesús en el Evangelio: -Yo no tengo dónde reclinar la cabeza.
Uno de los presentes responde al Obispo:
– Cristo ha buscado una morada en nuestros corazones, pero no la ha encontrado. Nuestra maldad le ha cerrado la entrada.
Entonces un joven sacerdote, comenta resuelto:
-¡Desde hoy, santo! Y quiero ser santo para franquearle a Jesucristo muchas puertas en el mundo, para que se le abran muchos corazones (Meinolf, en Padernborn)
Uno se puede preguntar: Pero, ¿y de qué le viene a Jesucristo este gusto por venir al hombre y vivir así, tan íntimamente dentro de él?
La respuesta la podemos encontrar en lo que es la realidad del corazón humano. Jesucristo es verdadero hombre, con los mismos sentimientos que los hombres, y mucho más afinados, porque Jesucristo es el hombre más perfecto que haya existido y exista. ¿Y qué es lo que quiere la persona que ama con el ser querido?… Cualquier amante nos lo puede decir.
Un fino poeta lo expresó muy bellamente, cuando le asaeteaba a su amor: Yo quisiera ser el aire – que toda entera te abraza; – yo quisiera ser la sangre – que corre por tus entrañas (Manuel Machado)
Jesucristo ha realizado esta maravilla de un modo verdaderamente divino. Metiéndose dentro del cristiano e invadiéndole todo el ser con su presencia, el cristiano siente lo que Jesucristo significa en su vida, como lo expresa un himno muy bello de la Liturgia de la Iglesia:
– ¡Cuán grata es tu visita, Señor!… Nos traes pregusto de la Patria, goces que los sentidos no pueden captar… Eres luz pura del alma, júbilo del corazón… Expulsas las tinieblas, y nos anegas de felicidad… ¡Luz de luz, ternura inefable!… ¡Hospédate con nosotros, y enriquécenos de amor!…
La sociedad como tal ha de saber oír la voz de Jesucristo, que le dice como a aquella Iglesia del Apocalipsis: -Mira que estoy a la puerta y llamo (Apoc. 3,20) En la sociedad falta alegría verdadera porque a muchos les falta Jesucristo.
En la Iglesia tenemos mucha experiencia de esta alegría por la presencia de Jesucristo en nuestras reuniones, en nuestros acontecimientos familiares, en nuestras fiestas religiosas. Es una alegría especial, que se palpa, que se siente, que se traspira y se hace hasta visible por la presencia del invitado principal, que es Jesucristo el Señor.
Son éstas unas realidades divinas que el mundo necesita saber, entender y saborear. La venida de Jesucristo al mundo no puede reducirse a un acto pasajero y aislado de la cruz para salvarnos, y ya está todo. Jesucristo ha querido mucho más. Ha querido permanecer entre los hombres de una manera viva, constante, para ser la alegría de un mundo que busca felicidad y no sabe dónde hallarla.
Ese Jesucristo que dijo sentirse tan feliz en un corazón que le amaba, decía de Sí mismo mucha verdad. Pero, ¿ya contamos la felicidad que Jesucristo da al corazón que lo recibe?…