El Jesucristo más de todos

18. septiembre 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

Un seminarista, que después será sacerdote y llegará a ser Obispo famoso, tiene a su mamá orgullosa de veras. Pero un día se le queja cuando lo ve barrer, lavar los pisos y limpiar la escalera: -Hijo mío, eso lo hacías siempre de pequeño porque te gustaba ayudar a tu mamá. Pero ahora no está bien que lo hagas. Esto no es digno de ti, que eres seminarista y vas a ser sacerdote. El joven se ríe con ganas: -Oye, mamá. Si esto no lo puedo hacer yo, ¿cómo es que lo hacía Jesús en Nazaret? (Korum de Trier)

El simpático seminarista ha pronunciado la palabra clave para conocer al Jesucristo más de todos: “Nazaret”. El nombre de este pueblecito de Galilea resulta casi mágico, precisamente porque despoja a Jesús de cualquier signo de grandeza humana y divina.
Dios no se ha podido esconder más. El hombre no se puede ocultar más tampoco.
La vida del Hombre-Dios viene a ser la vida más vulgar, la más ordinaria, la más escondida, la más al alcance de cualquiera.

Ante esto, ¿qué piensan el hombre y la mujer modernos, el hombre y la mujer más de a pie?…
El trabajador se dice: -¿Qué no vale mi vida?… Entonces, la del Obrero de Nazaret tampoco valió gran cosa, gastada en hacer arados para los campesinos y puertas de casas pobres…
La mujer del hogar, igual, pues dice con sonrisa maliciosa: -¿Dicen que no estoy promovida? Pues… no sé si cambiar con Aquella de Nazaret, a la que gano quizá por mucho…

El Jesús de los milagros, el Jesús del sermón de la Montaña y de los discursos de Jerusalén, el Jesús que está en labios de todo el pueblo, el Jesús del Calvario y el del sepulcro vacío… , ese Jesús es Él y solo Él. Más único y más irrepetible que nadie en sus palabras, en sus hechos, en sus misterios.
Pero, ¿el Jesús de Nazaret?… Ése es el Jesús mío, el Jesús de usted, el de todos y el de todas…
El Jesucristo de la enseñanzas y de los milagros duró sólo tres años. El de Nazaret, el de las herramientas en las manos, el que la Virgen veía cada día cepillar la madera, salir un rato al campo y limpiar con su Madre la casa…, ese Jesús duró treinta años en las faenas más vulgares de cualquier mortal.
¡Y éste es el Jesucristo más mío! ¡Éste es el Jesucristo más de todos!…
 
Así lo entendió aquel francés (Charles de Foucauld), estudiante y soldado rebelde, indisciplinado, juerguista, que se convierte y mira a Jesús, el cual le fascina cuando lo contempla en Nazaret: -Jesús, ¿así eras Tú?… De los sueños pasa a ver cuál era la realidad de la vida de Jesús en su mismo pueblo. Y se marcha a Nazaret. Allí vive escondido, trabajando como un obrero, sin que nadie lo conozca, e imitando en todo lo que puede la misma vida de Jesús.
– ¿Y qué? ¿Cómo te sentías?, le preguntan después. Y él responde con fría emoción: – No saben lo feliz que era con las herramientas del obrero, con la misma pobreza de Jesús, el hijo del carpintero, ¡en la misma Nazaret, en su misma patria!
Hasta que el soldado convertido se dice un día: -Me voy a esconder más, todavía más. Y vuelve a África, se interna en el desierto, en el lugar más pobre y entre los colonos más pobres, se asienta entre ellos, y se pregunta: -¿Qué hago aquí? Aquí hay mucho más silencio que en Nazaret. Como Jesús en su casa, en pobreza y en trabajo humilde, así pasaré mi vida callado y sin defenderme contra la injusticia, como lo hizo Jesús. Hasta que me lleven, si quieren, al mismo sacrificio que al Señor.
Y allí se quedó el famoso y santo solitario hasta que lo mataron de un balazo

El cristiano hace de su casa una casa de Nazaret, para confirmar esa verdad de que Jesucristo de Nazaret es el Jesucristo más de todos.
En su propia casa ve el cristiano consagrada su vida de trabajo, de amor, de piedad, de sociedad. Todo hecho sin ruidos. Todo llevado adelante con la naturalidad más grande.
Lo que se hace en cualquiera de las casas modernas de Nazaret —que son las casas cristianas, esparcidas por todo el mundo—, no tiene ninguna resonancia social. Porque nadie se entera de que allí se trabaja. Nadie se entera de que allí se reza. Nadie se entera de que allí se aman los corazones.

Ninguna noticia de éstas sale de las casas cristianas, pues no interesa. Al revés de lo que ocurre con las casas no cristianas, las que nada tienen que ver con la Nazaret, pues lo que sale fuera de ellas y se jalea es ―como noticia típica de Hollywood— precisamente la quiebra de los corazones rotos…
En Nazaret se trabaja a perfección, con la mirada en Dios y en los paisanos a los que había que servir. Mirando a Dios, el primer beneficiado era el Trabajador, que se perfeccionaba a Sí mismo hasta salir el hombre más cabal; y se beneficiaba el paisano, que nunca se había visto mejor servido por un obrero.

Allí ocurría lo mismo que con aquel escultor, sorprendido en lo más alto de la torre de una enorme catedral. Estaba cincelando una flor en la piedra, y lo hacía con un primor pasmoso. El audaz visitante que subió hasta aquella altura, le pregunta admirado: -Pero, buen hombre, ¿a qué viene esta fatiga y esta paciencia infinita? Si esa flor no la va a ver nadie desde abajo… Y el escultor, muy convencido: -Cierto, no la va a ver ningún hombre, pero la va a ver Dios (Jörgensen, en la Catedral de Colonia, Alemania)

Así era el Jesús de Nazaret, el Jesucristo más de todos. Al hacer todo bien en la rutina de cada día, —como su Madre, como José—, no pudo ser más hermano de todos los hombres, de los pobres sobre todo. Porque los días fulgurantes en la vida se cuentan con los dedos de la mano, mientras que los días ordinarios llenan calendarios enteros. Los de Jesús, los ordinarios, sumaron treinta años contra tres. ¿Por qué lo haría así el más sabio y el más santo de los hombres?…

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