¡Vuelve ya, ya!…

14. agosto 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

En una reunión de jóvenes católicos muy entusiastas se cantaba ese himno tan bello del Adviento:
Ven, ven, Señor, no tardes;  
ven, que te esperamos;   
ven, ven, Señor, no tardes;
ven pronto, Señor.

El entusiasmo iba aumentando, y empezaron las charlas con aire de mitin. Hasta que un joven con mucha imaginación, se encara con la imagen de Jesús que presidía la sala, y le grita casi con frenesí:
– Señor, Tú dijiste que volverías. ¡Por favor, no esperes al final! ¡Vuelve ya, ya!… ¡Te necesitamos ahora, ahora mismo! ¡Vuelve ya!…

Quién sabe si aquel joven no andaba descaminado del todo. Porque el mundo necesita de Cristo, y estamos empeñados en dar Cristo al mundo para que el mundo se salve.
Los que andan, en las tinieblas porque aún no han descubierto la fe de Cristo, han de ser iluminados.
Los que se hunden en la culpa, se han de regenerar.
Los que sufren y mueren, deben tener una esperanza que les alivie y conforte.
Los que padecen la injusticia, han de encontrar el amor y la solidaridad.
Los que viven divididos, tienen que contar con uno que sea capaz de unir en fraternidad irrompible.
¿Y dónde hay alguien que pueda realizar semejantes maravillas en el orden social, si no es Jesucristo? Es inútil buscar otro que no sea el que Dios mandó al mundo para salvarlo.

Pero, volvamos al muchacho que así gritaba a Jesucristo: ¡Vuelve, vuelve ya, ya!… ¿Tenía razón o era simplemente un exaltado? La respuesta nos la da una página bellísima de la Biblia.
En el Nuevo Testamento encontramos unas palabras por demás alentadoras, aquéllas de los ángeles a los Apóstoles que seguían mirando embobados al cielo cuando Jesús había ya desaparecido más allá de la nube: -¿Qué estáis haciendo, galileos, con los ojos clavados en las alturas? Este Jesús, que así ha subido al cielo, así, lleno de gloria, volverá un día a la tierra (Hechos 1,11)

“¡Volverá!”. Así nos lo cuenta Lucas. Pero, ¿es que se ha ido Jesús? Porque Mateo pone en labios de Jesús, como últimas palabras suyas, estas otras no menos estimulantes: -Y con vosotros estoy hasta el final de los siglos (Mateo 28,20)
La verdad es que Jesús está en medio de nosotros, y continúa trayendo, aplicando, actualizando en el mundo la salvación que un día realizara con su pasión y muerte redentoras. Jesucristo sigue a nuestro lado como entre los dos de Emaús, y no va ocioso, sino comunicando siempre su mensaje, su vida, su palabra, su amor.
Cuando nos quejamos de los males que nos rodean —sobre todo del alejamiento de Dios y de la inmoralidad que la sociedad padece—, nos confirmamos en lo que Dios nos dice por San Juan: -Sabemos que el mundo entero está bajo el poder del maligno (1Juan 5,19). Pero sabemos también lo que nos promete y hace Jesucristo, cuando nos asegura:
– Tranquilos, que al mundo lo tengo yo vencido (Juan 16,33)

Santa Clara de Asís, la gran discípula del Padre San Francisco, realizó un hecho muy célebre. El ejército musulmán había sitiado la ciudad de Asís. ¿Qué esperaba a las pobres religiosas, con los moros a las puertas del convento? Clara está enferma, y pide enérgica: -¡Me quiero levantar! Llévenme hasta la puerta. No va sola, sino acompañada del mejor defensor. Toma el copón de marfil que contenía la Sagrada Hostia, y avanzaba mientras oía una voz misteriosa, que le iba diciendo: -¡Animo! No tengan miedo. Yo estoy para defenderlas.
Antes de llegarse a la puerta, abre una ventana y, sostenido delante del pecho, enseña el copón que esconde el Santísimo Sacramento. Ni Clara ni los sitiadores se cruzan una palabra. Pero el ejército sarraceno da marcha atrás, empujado por una fuerza irresistible, y se salva el convento y toda la ciudad de Asís.

Podía Clara haber gritado como el muchacho: -¡Señor, vuelve ya, ya!… Pero la Santa se ahorró esas palabras, porque sabía que Jesucristo, aunque subido al Cielo, seguía presente en la tierra para prestar su ayuda a todos los que lo necesitan y lo llaman. Basta mirar la Iglesia, para saber que Cristo sigue aquí.
La Iglesia sabe que es el gran signo y el sacramento universal de salvación para el mundo.
La Iglesia sabe que ella es la prolongación de Jesucristo en la tierra.
La Iglesia sabe que su actividad salvadora es obra de Jesucristo, que se ha quedado en ella por la Eucaristía —que es Él mismo personalmente presente—; por su Palabra, que sigue proclamando; por los Pastores, que hacen sus veces y santifican y gobiernan en su nombre.     

Cuando en Francia se promulgó una ley escolar contra la enseñanza religiosa, un ministro del Gobierno se las tiró de sepulturero y proclamaba muy ufano: -Un cadáver estorba el paso: el cadáver de Cristo. Vamos a echarlo a rodar hasta la fosa… (Ley escolar de 1879)
¡Pobre hombre! ¿De veras que Cristo quedó sepultado? Todavía no ha vuelto de allá arriba, aunque dijo que volverá, para ponerse en manos de enemigos tan divertidos como ese enterrador francés…

El mal sigue en el mundo dominado por el Maligno. Pero sigue también, y mucho más pujante, el bien anunciado, prometido y realizado por Jesucristo.
Cuando le decimos con el himno tan bello: ¡Ven, ven, Señor, no tardes!…, no le lanzamos un grito de angustia precisamente, llamándolo porque esté lejos. Más bien le recordamos: -Señor, ya sabemos que estás entre nosotros, porque te quedaste, aunque te fuiste. Pero, danos una ayudita, por favor…

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