Jesucristo, el Hermano

31. julio 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

¿Saben ustedes quién era San Alonso Rodríguez? Pues, un viejecito encantador. Hombre bueno, había enviudado y solicitó ingresar en la Compañía de Jesús. Su vida de jesuita la pasó siempre con el mismo cargo de portero en el Colegio de Mallorca.
Le tenía dicho a Jesús: “Señor, iré a abrirte siempre”. Y apenas oía la campanilla que sonaba, corría presuroso a la portería, diciendo: “¡Ya voy, Jesús!”.

En un hecho tan sencillo, se encierra una verdad fundamental de nuestra fe, a saber: que Jesús es Hermano nuestro. El Hermano mayor, que vive en nosotros y con nosotros sus hermanos menores, porque Él, Jesús, es el Dios que se hizo hombre para participar de lleno la condición humana.

Hay un hecho en el Evangelio en el que Jesús nos llama hermanos de una manera explícita, y en un momento privilegiado. Acaba de resucitar, de dejar el sepulcro, de salir vivo de entre los muertos. Se le aparece a la apasionada Magdalena, la cual no le suelta los pies, y oye de Jesús: “¡Vete, y di a mis hermanos!”.
Nada de “discípulos”, nada de “amigos”, aunque lo sigan siendo igual que antes. Ahora, “hermanos”, hijos de un mismo Padre, con la misma sangre en las venas, con la misma casa paterna como destino final: “Diles que subo a mi Padre y Padre suyo”…

Al declararse “hermano”, consuma, sanciona y sella su fraternidad con nosotros. No será Jesús el hermano ricachón de la casa, y nosotros los hermanos pobretones; porque lo comparte todo: fortuna, condición, destino, su Gracia y su Gloria, la filiación divina y su Espíritu Santo. Comparte ahora la gloria, igual que antes había compartido nuestro trabajo, nuestro sudor, nuestro dolor, nuestra muerte misma.

Y todo, ¿por qué? La carta a los Hebreos nos lo explica, diciendo: “Porque todos, así el que santifica como los santificados —Jesús el Salvador y nosotros los redimidos— vienen de uno solo, y, por lo mismo, no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2,11). Todos, hijos de Adán, incluido ahora el Hijo de Dios; todos, con un mismo Padre en el Cielo, y no solo Jesús, sino también nosotros; todos entonces, Jesús y nosotros, somos hermanos verdaderos.  

¿Y por qué más? Nos lo sigue diciendo esa carta imponderable a los Hebreos, cuando profundiza en el misterio del sacerdocio de Cristo, nuestro Mediador: “Porque era menester que se asemejase en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y sacerdote fiel, pues al padecer cuando fue tentado, es capaz de ayudar a los hermanos que se hallan en la prueba” (Hebreos 2,17)

Si Jesús no hubiera sido en todo igual que nosotros, si no hubiera tenido las mismas dolorosas experiencias, ¿cómo se iba a compadecer de los hombres?… Ahora, su Corazón no le resiste. No puede ver un dolor sobre el que no se vuelque para aliviarlo; no puede ver un pecado para no querer limpiarlo; no soporta contemplar un pecador que se va a perder, sin interponer toda su Sangre para impedir la tragedia irremediable que se viene encima…

Jesús, por ser Hermano nuestro, por amarnos, no sufrió ver el estrago iniciado en el paraíso, y que iba a acabar en nuestra perdición eterna. Ya estábamos en las garras de Satanás, pero se interpuso Jesús con valentía sin igual entre la bestia infernal y nosotros.

Nos pasó con Jesús lo mismo que a aquella preciosa artista, en una ciudad de Canadá, cuando se filmaba la escena para la televisión sobre la nieve de un parque. La foto que después publicaban los periódicos era impresionante. Un enorme tigre siberiano, de 250 kilogramos de peso, se lanza sobre la bella modelo, ante el susto fenomenal de los espectadores.
Pero no pasa nada. ¿Por un milagro? No. Sino por la valentía del domador, que, llevado del amor a aquella criatura, expone voluntariamente su vida, se interpone entre la artista y la fiera, y todo se resolvía, después de la aventura sin igual, en besos y abrazos de emoción y agradecimiento (Toronto, Enero de 1986)

Si Jesucristo no hubiera sido Hermano nuestro, no hubiera podido sentir la compasión que necesitamos los que éramos víctimas de Satanás. Y al no sentirla, nunca Jesús hubiera entregado por nosotros su vida a los horrores de la cruz.
     Jesús, Hermano entre los hermanos, y que nos hace hermanos a todos. Ahora, como nuestro Hermano Jesús, somos capaces de hacer algo y mucho por los hermanos que nos necesitan. Éste ha sido el secreto de todos los héroes de la caridad, desde Vicente de Paúl a la Madre Teresa. Eran capaces de hacer lo que hacían porque veían a Jesús en los demás, y veían a los demás como hermanos.  

Y, a propósito de la Madre Teresa, aquel periodista descreído fue a Calcuta, y vio lo que vio… No salía de su asombro, y comentaba:
* Cada mañana se presentan unos veinte moribundos en la Casa de los Moribundos Abandonados. La mayoría son occidentales y estudiantes universitarios, que en vez de pasar sus vacaciones en las playas soleadas de Goa, se van a trabajar allí. La primera vez que llegué, había un alemán que era empleado de Banco, una mujer de la alta Moda de New York, muchachas españolas y una pareja de italianos en viaje de bodas. Limpiaban los suelos, bañaban a los enfermos, vencían las mayores repugnancias. El alemán decía: “Este es el lugar más bello de la India” (Corriere della Sera, 2-IX-1996)

Jesús, el Hermano. Porque, siendo Dios, se hizo uno de nosotros. El que comparte toda nuestra vida. El que vive en quien llega a la portería o se está muriendo en un rincón de la India. El Hermano que nos ama, y que, al amarnos, nos manda amar. ¡Qué feliz será el mundo el día en que vea establecida la fraternidad, no la nacida del eslogan de una revolución, sino la que arranca de Jesucristo, el Hermano nuestro que nos hace hermanos a todos!

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