Una enfermedad divina
19. junio 2023 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoUn escritor decía hermosamente, hablando de Jesucristo: Aquel que ha encontrado a Jesucristo en su camino, queda enfermo de Él para toda la vida (Albert Peyriguere). La verdad es que, después de leer estas palabras, lo primero que se me ocurrió fue pedirle a Nuestro Señor: -Oye, Jesús, ¿y por qué no me mandas esta enfermedad a mí, y haces que sea crónica, incurable, mortal, porque quiero morir de ella?…
Me darían muy poco miedo entonces las palabras de Pablo: “¡Y quien no ame al Señor Jesucristo, que sea anatema, que sea maldito!” (1Cor. 16,22) ¡Enfermo de Jesucristo! ¡Qué enfermedad tal celestial, tan divina, tan envidiable!… Que prenda esa enfermedad en el mundo, y que no se encuentre el remedio para curarla…
Cuando son hoy tantos los que apostatan de Jesucristo, de su Iglesia, y reniegan de su doctrina, son también innumerables los que se apasionan por Jesucristo más y más. Podemos decir sin exageración que el amor a Jesucristo, manifestado de mil maneras, es una característica de nuestro tiempo. Y es un amor fresco, juvenil, entusiasta, entregado. Lo que no se haría por nada del mundo ni por nadie, se hace con ilusión por Jesucristo.
Es esto una consecuencia de eso que decimos tantas veces: se dan tantos fracasos del amor, que al fin se busca un amor verdadero, que no engañe, que sea sincero, con el que se pueda contar para siempre. Y como ese amor no se encuentra en nadie como en Jesucristo, es a Jesucristo hacia quien se dirigen las miradas de los que buscan amor y quieren dar amor.
Un cristiano muy conocido en nuestros ambientes católicos (Kiko Argüello), lo expresó con estas palabras autobiográficas:
– ¿Quién soy yo? Uno que se sintió amado por Cristo, aunque indigno y desgraciado. Los demás me querían si valía, si estudiaba, si era útil, si daba, si rendía. De Él, de Cristo, me sentí amado gratuitamente, aunque pecador e infiel.
El secreto del amor de nosotros a Jesucristo hay que buscarlo en el mismo Jesucristo. La frase tan repetida de Juan, “Dios nos amó primero” (1Juan 4,10), hay que aplicarla de la misma manera al Dios eterno que nos quiso salvar, como a Jesucristo, “¡que me amó y se entregó a la muerte por mí!”, como escribía Pablo (Gálatas 2,20). Jesucristo Crucificado es la expresión máxima del amor eterno de Dios.
Quien repasa el Evangelio, desde Belén hasta la tragedia del Calvario, en cada paso se puede detener y puede repetir sin miedo a ser desmentido: ¡Y todo esto por mí, todo esto por mí!…
Nace Jesús en una cueva de animales, ¡por mí!
Se cansa y se fatiga, pasa hambre y sed, se muere de sueño y de cansancio, ¡por mí!
Perdona a Zaqueo y a la adúltera, pensando en mí como en ellos, porque lo hace ¡por mí!
Suda sangre, es azotado bárbaramente, y muere en una cruz, ¡por mí!
Se queda en eso que parece pan y vino, y es su Cuerpo y su Sangre, ¡por mí! Porque me ama a mí, porque quiere venir a mí, porque quiere meterse dentro de mí, y se queda haciéndome compañía ¡a mí!
Y esas sus palabras del Evangelio: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré”, las dice a todos, pero me las dirige a mí, a mí en particular, porque las dijo ¡por mí!…
Un alma mística oyó de Jesús estas palabras: -¿Crees que yo en mi amor soy menos tierno y cariñoso que tú en el tuyo? (Lucie Christine)
Sabiendo esto es como se entiende el amor de Jesucristo, que no es abstracto, no es vago, no es impersonal, no es de otros tiempos; sino que es un amor concreto, dirigido totalmente a mi persona, a mí, como si no existiera en este mundo más que yo.
Un misionero de la India veía con frecuencia entrar en la iglesia a un bonzo budista, que contemplaba interesado la imagen de Jesucristo Crucificado.
– ¿Qué le pasa?, le pregunta el Padre. Y el bonzo:
– Me gusta visitar las iglesias católicas. Es maravillosa esa imagen de vuestro Dios con el pecho abierto y el corazón cercado de llamas. Pero lo que más me conmueve es ver esos brazos extendidos, como en un llamamiento desesperado de amor.
Y añadía unas palabras graves, que eran un reclamo a la conciencia cristiana:
– Cuando ustedes traigan aquí una persona viva que sea como esa estatua, ese día ninguno de nosotros podrá resistir.
El amor de Jesucristo a nosotros, y el nuestro a Jesucristo, son las dos fuerzas que se encuentran y se aúnan para salvar al mundo. Porque Cristo, que murió por el mundo, nos hace el honor de pedirnos nuestro amor y nuestra entrega para llevar la salvación a todos los que Él redimió.
Un Dios que muere amando, no engaña. Por eso, el amor de Jesucristo es el único del que nos fiamos completamente. El único amor por el que suspiramos. El único amor al que queremos dar también nuestro propio amor.
Son los jóvenes, sobre todo, los que nos enseñan hoy esta verdad mejor que nadie, quizá porque son los más sensibles al amor. Son ellos los que aman a Jesucristo como ninguno.
Y mientras hay tantos que enferman por errores cometidos en la búsqueda del amor, hay también muchos que enferman de esa otra enfermedad —¡bendita enfermedad!— de la cual ojalá muriera la humanidad entera.
Podemos pensar que sería una manera bien bonita de acabar la Historia del mundo…