Jesús, el Médico
12. junio 2023 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoJulia, Santa Julia Billart, la Fundadora de una pujante Congregación religiosa, estaba desde hacía veinte años paralítica en una cama. Sin moverse de ella, gobernaba la Congregación con la prudencia, el coraje y el amor de los santos. Pero su director espiritual, nada conforme con aquella situación, se le presenta un día:
– ¿Usted cree que Jesucristo puede hacer de médico?
– ¡Oh, sí, claro!
– Pues, entonces, ¿por qué está usted enferma? ¿Por qué no hace una novena al Corazón de Jesús?
La monja paralítica obedece, y al quinto día se le presenta el mismo director, que le ordena:
– Si usted tiene fe, dé un paso en honor del Corazón de Jesús.
La enferma obedece, y se pone en pie.
– A ver, ¡otro paso!… Bien, ¡otro!
El Padre se marcha, y la deja sola. Jesús había cumplido con su oficio de Médico.
¿Qué diferencia hay —nos preguntamos nosotros— entre este milagro y los narrados en los Evangelios? Ninguna. Son de la misma especie y del mismo calibre. La única diferencia es muy accidental: allí Jesús los hacía visiblemente en persona, y aquí los hace también en persona, pero invisiblemente.
Sin embargo, la pregunta podría ser otra: ¿Por qué hacía entonces y sigue haciendo hoy día esos milagros de las curaciones corporales?
Lo hacía y lo hace, ciertamente, llevado de su Corazón: las dolencias nuestras le duelen a Él también. Pero no era su misión curar todas las enfermedades físicas. De haber sido éste el fin por el que venía al mundo, no habría en el mundo un solo enfermo.
Las curaciones realizadas por Jesús eran ‘signo’ de una curación mayor. El verdadero mal que padecía la humanidad era el pecado, un mal gravísimo, mortal, porque causaba la muerte eterna. Y ésta era la enfermedad que Cristo venía a curar de raíz. El mundo entero era el gran enfermo, y sólo Dios lo podía curar. “De toda la masa de mortales que desciende de Adán, no hay ni uno solo que no esté enfermo, o que se haya curado sin la gracia de Cristo” (San Agustín)
Todo esto nos lo enseña el mismo Jesús con aquel milagro tan llamativo del Evangelio (Mateo 9,1-8). Le ponen delante al paralítico para que lo cure, y por todo saludo le dice Jesús, lleno de bondad: -¡Tus pecados te son perdonados! Escándalo tremendo entre los fariseos: -¡Blasfemo! ¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios? Y Jesús, con tranquilidad suma: -Pues, para que veáis que tengo poder para perdonar pecados, oye tú, paralítico: toma tu camilla, y vete a tu casa.
Esto lo tenemos claro, y lo resumimos en dos afirmaciones:
Primera, Jesús ha venido como Médico que va a curar la enfermedad mortal de la humanidad caída.
Segunda, y da como señal de su poder y de su misión la curación de las enfermedades físicas de cuantos acuden a Él con fe y con confianza.
Es también el mismo Jesús quien lo declara abiertamente a sus eternos rivales los fariseos hipócritas, que murmuran porque lo ven sentarse a la mesa y comer rodeado de gente pecadora:
– No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mateo 9-13)
Muchos podrán preguntar: Entonces, ¿no podemos acudir a Jesús en nuestras enfermedades? ¿Tenemos cerrada la puerta de su poder, de su bondad, si es que puede y no quiere curarnos?
Esto ya es otra cuestión, que la Iglesia ha entendido siempre muy bien, y todos la sentimos vivamente. ¡Claro que podemos y debemos acudir a Jesús! Nos curará o no nos curará con un milagro, que eso depende de la providencia de Dios; pero no es eso lo que buscamos. Lo que queremos es conformarnos con la voluntad de Dios, y, si acudimos a Jesús, es para que Él nos dé fuerza y valentía a fin de sobrellevar con fe una enfermedad que nos sirve grandemente para nuestra salvación.
Un cirujano famoso contaba lo que le ocurrió a él mismo:
Era un invierno crudo. Hacía un frío terrible y hube de ir a un pueblo del campo. Allí encuentro a un joven seminarista al que había que intervenir urgentemente. No tenía yo a mano ni cloroformo ni anestesia alguna. Y el muchacho me dice:
– Doctor, no se preocupe. Deme usted solamente media hora para confesarme con el sacerdote y recibir la Sagrada Comunión.
Así lo hizo el seminarista. Hube de sajar sus carnes en vivo. Ni un quejido de su parte. Sólo algunas veces repetía, en latín, apretando lo puños y dirigiéndose al Crucifijo:
– ¡Dame fuerza! ¡Préstame tu auxilio!
Aquella intervención me conmovió, a mí que he realizado miles de operaciones. Y me formulé esta conclusión: Cada uno saca fuerza de donde puede; yo creo que mi paciente la sacó de la fuente mejor.
Jesús, el Dios hecho Hombre, Médico universal de los cuerpos y de las almas. Lo había dicho el mismo Dios a Israel: “Yo, Yahvé, soy el que te sano” (Éxodo 15.206), y comentará el profeta, hablando del Cristo que Dios enviaría: “Varón de dolores, carga sobre sí todas nuestras enfermedades” (Isaías 53, 3-12)
Jesucristo, Médico. ¿Quién como Él para curarnos, si es el que mejor diagnostica una enfermedad? ¿Quién como Él para curarnos, si tiene el corazón más bueno? ¿Quién como Él para curarnos, si tiene la mano más experta?… Ese Jesús, que goza de salud perfecta con su resurrección, conoce la salud que vamos a disfrutar un día con Él, sin peligro de enfermarnos ya nunca…