Jesucristo, nuestra plenitud

5. junio 2023 | Por | Categoria: Jesucristo

Un santo y escritor muy apreciado en nuestros tiempos aseguraba de sí mismo: Encuentro a Cristo en todo y por todas partes. Él es el alfa y el omega de todo, el principio y el fin de todas las cosas. ¡Soy tan pobre en mí mismo, y tan rico en Él!… (Beato Columba Marmión)

¿Qué significan unas palabras como éstas? No son sino la expresión del gozo que causa el pensar en eso que nos dice la Biblia: que Jesús es el autor y el consumador de nuestra fe (Hebreos 12,2)
El autor, porque todo el plan de nuestra salvación arranca de Jesucristo;
el consumador, porque todo acabará en Jesucristo también.
Así, Jesucristo es ya ahora, como lo será al final, la plenitud del hombre, el término feliz, el coronamiento de la obra de Dios en cada uno de nosotros, el todo de nuestra felicidad sin fin.

Toda la aventura de nuestra fe arranca DE Jesucristo.
Fue Él, hace ya dos mil años, quien abrazó la cruz, despreció la humillación y el dolor del Calvario, y desde aquella altura gritó a todos: ¡Aquí estoy! ¡Seguidme, llevando vuestra propia cruz!
Muerto y sepultado, resucita, y, sobre el sepulcro vacío, grita lleno de júbilo: ¡Estuve muerto, pero ahora vivo! Y conmigo resucitan todos los que conmigo han muerto…

A este Jesucristo nos hemos dado. Nuestra fe es un riesgo, una hazaña, una proeza de aventureros a lo divino. Pero, por fortuna nuestra, Jesucristo, en quien creemos y al que nos hemos entregado, es el primer valiente y el más arriesgado, que toma la iniciativa y se pone al frente de todos. Con semejante ejemplo delante, ¿quién va a tener miedo de seguirlo? Esto significa esa palabra preciosa, y algo misteriosa también, de la carta a los Hebreos: Jesús, autor de nuestra fe.

Si de Jesucristo arranca nuestra fe, CON Jesucristo hacemos también todo el recorrido de la fe. No vamos solos, sino siempre en su compañía. Una de las escenas más bellas de todo el Evangelio es aquella de Lucas que nos narra el hecho de Emaús. -¿Qué os pasa, que se os ve tan tristes?…
Y los dos afortunados, cuando descubren a Jesús en la fracción del pan, se dicen con gozo incontenible en medio de su sorpresa: -Pero, ¿no ardía nuestro corazón mientras caminaba con nosotros y nos explicaba las Escrituras?

Eso le ocurrió también a Ignacio de Loyola casi a las puertas de Roma cuando iba con sus primeros compañeros para ponerse a disposición del Papa. Sentían tan fuertemente la presencia de Jesucristo en medio del grupo, que Ignacio determinó con la aprobación de todos:
– Como ya venimos haciendo en todo el viaje, no nos llamaremos más que ‘Compañía de Jesús’, porque Él viene con nosotros, y nosotros estamos a sus órdenes como el soldado bajo la guía del jefe.

Viniendo de Jesucristo nuestra fe, y viviéndola con Él, la fe da un paso adelante mucho más grande y la llegamos a vivir EN el mismo Jesucristo. Es decir, formamos con Cristo un solo cuerpo, no tenemos con Él más que una sola alma y un solo corazón, y entonces nuestro pensar, nuestro querer, nuestro actuar, no son más que de Cristo, porque los hacemos en Él, y le permitimos que sea Él quien actúe en nosotros. Cristo y nosotros llegamos a ser una misma cosa.

Otro santo muy querido en nuestros días (Padre Carlos Foucauld) en medio de sus fatigas, de su soledad, de su salud quebrantada, decía con aire festivo: “Jesús es feliz; nada me falta”.
     Con este pensamiento bien claro, cualquiera de nosotros se puede decir:
     Si yo trabajo y sufro, y es Jesús quien sufre y trabaja en mí, ¿qué se me da?
Si Jesús está feliz  en su Cielo, ¿por qué no lo voy a estar yo?
Si Jesús y yo somos una sola cosa, así como me siento yo se siente Jesús conmigo; como se siente Jesús, me siento yo con Él. ¿Qué mas quiero?

Ciertamente que esta palabra de la Biblia: Jesús ‘autor’ de nuestra fe, es muy sugestiva. Pero no nos quedamos en ella solamente, sino que miramos con ilusión enorme la que sigue:: Jesús ‘consumador’ de nuestra fe. Es decir, que al vivir nuestra fe desde Cristo, con Cristo y en Cristo, miramos siempre también el término de nuestra fe, el cual no es otro que el mismo Jesucristo en su gloria y en su felicidad.
Tiene que verse cumplida la petición que Jesucristo hizo al Padre con emoción inmensa antes de morir: “Quiero que donde yo estoy, estén también los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria, porque tú me amaste desde antes de la creación del mundo” (Juan 17,24)

Mirar la gloria que nos espera con Jesucristo no es ni egoísmo ni sentimiento de almas débiles, sino sueño apasionado y ambición suprema de los corazones más grandes.
Los corazones pequeños se contentan con las menudencias de esta vida, con los amores que se marchitan y los placeres que se esfuman.
Mientras que los espíritus grandes no se contentan sino con la inmensidad y la felicidad de Dios, que se volcaron ya en el alma de Jesucristo el Resucitado, sentado en lo más encumbrado del Cielo.

A Jesucristo lo llamamos nuestra plenitud, porque llena todo nuestro ser: aquí por su Gracia, al final por su Gloria. Por eso dirigimos a Jesucristo todas nuestras miradas. No hay persona que no busque una solución para sus problemas, una meta segura para sus aspiraciones, un final no engañoso para toda su vida.
¿Dónde buscar y dónde hallar todo esto? Dios nos lo ofrece en Jesucristo. El que es plenitud, no deja en el corazón ni un huequecito vacío, porque lo llena todo, todo, con la vida y la felicidad de Dios.

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