Esa pasión llamada juego

30. julio 2010 | Por | Categoria: Reflexiones

Existe una actividad en la vida del hombre muy interesante y muy importante: es el juego. Pero, nada más oír esta palabra, ya se les han puesto tensos los oídos a algunos, que se dicen:
– ¿Cómo? ¿Pero, es que se puede jugar? ¿Es que el juego no hace brotar lágrimas de muchos ojos? ¿Es que no hay casas empobrecidas, la mesa sin servir en muchas ocasiones, y la familia en ruina por culpa del juego incontrolado? ¿Cómo se puede llamar al juego una actividad interesante e importante de la vida?…
Cualquiera se da cuenta en seguida de que hay dos clases de juego: uno bueno y otro malo.
Al uno lo bendecimos, porque lo quiere Dios; al otro, lo maldecimos de corazón.

El bueno, es el juego de la distracción, del deporte, e incluso el de las cartas, los dados y el dominó cuando no se arriesga dinero.
El juego inocente nos hace salir de nosotros mismos para relajarnos, para olvidar preocupaciones, para recuperar fuerzas, para fomentar la vida social…
Este juego es esto: una actividad humana importante porque es necesaria, si es que no queremos vivir como locos.

El juego es una actividad de todos. Debe jugar el niño y el joven, jugamos las personas mayores y deben jugar los ancianitos.

El niño y el joven, desde luego, tienen el deber de jugar. Un pedagogo insigne lo dijo de manera magistral:
– De cero a cinco años, el juego es la única asignatura; de cinco a diez, la asignatura más importante; de diez a quince, necesaria; de quince a veinticinco, muy conveniente (Don Andrés Manjón)
Niño que no juega, niño enfermo; joven que no juega, joven anormal. No falla.

En el adulto, el juego adquiere el carácter de hobby, de distracción sana y oportuna.
Y en el anciano, las cartas, los dados o el dominó —ya sin la malicia de cantidades comprometedoras, sino de centavos intrascendentes— constituyen un pasatiempo simpático y muy oportuno.
Ya se ve, por todo esto, que no estamos contra el juego, ni mucho menos. Desde el momento que el juego es una necesidad, el juego merece una mirada complacida, como merece también una bendición de Dios.  

Pero junto a ese juego bueno está el juego malo, ése en el que todos hemos pensado apenas formular la primera pregunta: es el juego de azar, en el que se gasta el dinero de una manera irresponsable y que trae la ruina a tantas personas y tantas familias. Son muchos los que tienen que dar la razón a un refrán inglés, que dice:
– Las cartas y los dados son los libros y los huesos del diablo.
Es curioso que los antiguos egipcios atribuían el invento del juego a un demonio al que llamaban con su propio nombre y apellido, y un gran Padre de la antigua Iglesia, Obispo y Mártir, hacía lo mismo y le llamaba también con un nombre muy curioso (San Cipriano)
Si los paganos y los cristianos primitivos atribuían el juego al demonio, por algo lo harían…
La Biblia, con una sentencia muy atinada, nos dice:
– El tramposo no sacará ninguna ganancia, mientras que el ahorro del hombre sensato se convertirá en oro puro (Proverbios 12,27)
No hay juego de azar sin trampa, porque la trampa la ponen los hombres astutos o la pone la misma naturaleza del azar, que es casualidad e imprevisión total.

Uno de los Santos más heroicos en la práctica de la caridad fue San Camilo de Lelis. Pero no vayamos a pensar que fue siempre un santo. Su juventud, y hasta bien mayor, fue una calamidad completa, y todo por culpa del juego, que se le había convertido en una pasión irresistible. Los suyos, que sufrían  de veras, mantenían con él diálogos desesperantes.
– Si eres soldado, ¿dónde está tu espada? ¿no te das cuenta del castigo que te viene encima si pierdes el arma?
– La he vendido…  
– ¿Qué has hecho del manto, del uniforme y de la camisa?
– Los he tenido que empeñar…
Y así un día y otro, porque nunca tenía suficiente dinero para jugar, hasta que al fin brilló la luz de Dios sobre aquella mente tan oscurecida, se convirtió y se dio al Señor de una manera asombrosa en el cuidado de los enfermos, para reparar con la caridad tanto mal de la vida anterior.

Un famoso humorista norteamericano dio la norma exacta sobre la oportunidad del juego. Dice que hay dos ocasiones en la vida en las que el hombre no debe jugar: cuando tiene dinero para jugar y cuando no tiene (Mark Twin) Cuando no tiene dinero, porque no puede jugar, ¡está claro! Y cuando lo tiene, porque lo va a perder todo… Por lo mismo, la única solución es no jugar nunca.

El juego es un cuchillo de dos filos, a cual más cortante. ¿Por qué no le embotamos y estropeamos el filo suicida del abuso? ¿Por qué no nos quedamos sólo con el filo finísimo que descabeza todos los males, sobre todo el mal terrible del aburrimiento?…
Si muchos tienen razón para maldecir el juego malo —del que tienen dolorosas experiencias—, todos podemos bendecir el juego bueno, padre de muchos bienes…

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