¡Cómete el libro!

9. marzo 2018 | Por | Categoria: Narraciones Bíblicas

En el capítulo décimo del Apocalipsis asistimos a una visión grandiosa de Juan.

Allá en las alturas, un ángel poderoso empieza a bajar del cielo. Va envuelto en una nube. La frente, ceñida con el arco iris. Su cara resplandece como el sol, y las piernas son dos columnas de fuego. En la mano lleva un libro pequeño. Al llegar, coloca un pie sobre el mar, el otro sobre tierra firme, y lanza un grito que parece el rugido del león. Tras este rugir de fiera, se suceden siete truenos espantosos, que son la voz de Dios.
Juan quiere tomar nota de lo que ve, pero oye este aviso serio:
– ¡No lo hagas! Debes guardar rigurosamente el secreto de lo que has oído a los siete truenos.
Juan obedece. Y ve cómo el ángel levanta el brazo y, con una gran voz, jura por el Dios eterno, Creador del cielo, de la tierra y el mar:
– ¡Se acabó el tiempo, y ya no hay más plazos! Apenas el séptimo ángel haga sonar la trompeta, se cumplirá el misterio de Dios, anunciado por los profetas. Caerán todos los enemigos, y se establecerá definitivamente el reino de Dios.
Aquella voz de antes, le hablaba ahora a Juan:
– Vete al ángel que está en pie sobre el mar, y pídele el libro abierto que tiene en la mano.
Y nos cuenta Juan:
– Fui, le pedí el favor de que me lo entregara, y me dijo al dármelo: Tómalo, y devóralo. Te llenará de acidez amarga la entrañas, pero en la boca te sabrá dulce como la miel. Y así fue. ¡Qué dulce era en el paladar, y qué amargo en la entrañas! Me encargó el ángel, finalmente: Ahora, devorado el libro, debes ir a evangelizar a todos los pueblos, naciones y reyes.

Esta fue la visión, cargada de significados profundos. Todo se reduce a este mensaje:

* Dios ha decretado el triunfo de la Iglesia, y ésta es una noticia dulce, muy dulce, porque nos asegura con palabra irrevocable, en medio de las pruebas por que hemos de pasar y para quitarnos todo miedo: ¡La Iglesia triunfará!
Pero, entre tanto, habrá de sufrir mucha persecución, y ésta es una noticia dolorosa, amarga.
Sin embargo, ¡hay que evangelizar a todos los pueblos, sin temor a las persecuciones!…

Con esto nos damos cuenta de cómo debe ser nuestro proceder cuando vemos a la Iglesia sufrir tantas contradicciones. No es nada nuevo. El apóstol San Pablo iba enardeciendo a las Iglesias que había evangelizado diciéndoles con valentía:
– Es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.
Por lo mismo, no nos sorprende la predicción del Apocalipsis.
Lo que nos sorprendería y hasta nos preocuparía es que la Iglesia no sufriera persecución en ninguna parte del mundo. Mientras la padezca en una parte u otra, todos, por la Comunión de los Santos, estamos padeciendo, mereciendo ante Dios, y demostrando ante el mundo que la Iglesia sigue siendo la Iglesia de Jesucristo.
Muy bien todo esto. Pero la piedad cristiana, aparte de aceptar este mensaje, ha visto en este pasaje del Apocalipsis una invitación a tomar la Palabra de Dios, contenida en el Libro de los libros, la Sagrada Escritura, la Biblia, para devorarla con afán, con verdadera avidez, con hambre insaciable…

La Biblia tiene por destinatarios a los hombres de todo el mundo. Pero contiene un mensaje particular para cada uno. Cada uno se puede decir:
– Dios me habla a mí, aquí, ahora, como si no tuviera otra persona a quien dirigirse.
Diciendo las páginas de la Biblia siempre lo mismo, Dios habla por ellas a cada uno dándole su mensaje particular.
Cada uno oye la voz de Dios con un acento personal, exclusivo: Dios le habla a cada uno para orientarle y pedirle, para avisarle y consolarle, para prometerle y darle…
Por la Biblia, la voz de Dios se le hace a cada uno inconfundible.

La lectura de la Biblia es muy dulce. Parece miel en el paladar. Trae paz al alma. Sus palabras son bálsamo que suavizan todas las asperezas de la vida. Quien se aficiona a la Biblia, no sabe después soltarla.

Pero la lectura de la Biblia puede convertirse en algo muy amargo. ¿Por qué? ¿Es que hay contradicción con lo que decíamos ahora, de que es tan dulce, tan sabrosa, tan deleitable?…
No; no hay contradicción. Lo que ocurre es que la Palabra de Dios es muy exigente.
Si se lee la Biblia y se habla con Dios —pues de esto se trata, de escuchare y de hablar con Él para conocer su voluntad—, Dios por su Palabra pedirá, avisará, exigirá.
Habrá que dejar el pecado con las ocasiones malas, y hacer todos los sacrificios que irá dictando Dios para hacernos cumplir su voluntad divina.
¿Y quién es la persona que lee con esta decisión la Biblia?… Leerla por entretenimiento piadoso no cuesta… Leerla para ir cambiando la vida, ya cuesta algo más… Leerla para acomodar a ella toda nuestra vida, es cosa de cristianos muy generosos…

Finalmente, la Palabra de Dios nos lanzará a evangelizar, a trabajar por el Reino, a salvar a los hermanos. Quien es asiduo lector de la Biblia llega a parar, al fin, en verdadero apóstol. Porque tiene ansia de dar a conocer a ese Dios, que así se le ha revelado a él en el trato íntimo de la lectura divina.
¡Biblia bendita, libro de los libros, antorcha que alumbras nuestros pasos! ¡No te caigas de nuestras manos!

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