La Palabra, vida del Pueblo

2. marzo 2018 | Por | Categoria: Narraciones Bíblicas

Hay una página de la Biblia en el Antiguo Testamento que es de una gran relevancia y que fue el punto de arranque para la futura restauración de Israel. Contiene también una lección perenne para nosotros sobre la importancia de la Palabra de Dios en la Iglesia.

Había acabado el destierro de Babilonia, y los judíos ya estaban otra vez en su tierra de Palestina. Ahora les tocaba reconstruir la nación desde los cimientos. El gobernador Nehemías y el escriba Esdras fueron los héroes de la restauración.
Y comenzaron con uno de los hechos más singulares de toda la Biblia. Iba a nacer el judaísmo, ese movimiento religioso, social y político que se extendería por siglos, fundamentado en la Palabra y el culto de Dios. Nos lo narra el capítulo octavo del libro de Nehemías.

Reunido todo el pueblo en la plaza, vieron alzarse a Esdras sobre una tribuna ya preparada, y contemplaron cómo desenrollaba el libro de la Ley. Los levitas, desparramados entre la gente, gritaron:
– ¡Silencio! Vamos a escuchar la Palabra que Yavé dirigió a nuestros padres por Moisés.
El pueblo se levantó y se clavó en pie. Se impuso el silencio en la asamblea, todos aplicaron el oído a las palabras del escriba y sacerdote, y éste empezó a leer. Iban turnándose los levitas, leyendo a trozos el libro de la Ley, y dando las explicaciones oportunas.
– ¿Han entendido todos esto?
En la plaza se levantó un gran clamor:
– ¡Siiiii!…
Y se pasaba a otro pasaje, de modo que todo el pueblo comprendía la Palabra, la aceptaba, y se conmovía con ella.

Era ya la hora de comer, y la gente seguía incansable, escuchando con atención y sintiendo cómo se les humedecían los ojos… Se imponía un descanso, y Esdras bendijo al pueblo con aquellas palabras dictadas por Dios a Moisés:
– ¡Dios te bendiga y te proteja! ¡El Señor haga brillar su rostro sobre ti, y te sea propicio! ¡El Señor te dirija su mirada, y te conceda la paz!
Estalló un grito en la asamblea, ahogado por los sollozos:
– ¡Amén, amén! ¡Así sea, así sea!…
El sacerdote Esdras y los levitas animaban a todos, que lloraban de emoción intensa:
– ¡Este es un día santo, consagrado al Señor vuestro Dios! ¡Celebrad fiesta, y no lloréis!
El gobernador Nehemías animaba también a todos:
– Marchad, e id a comer buenos trozos de carne y a beber vinos generosos, repartid porciones con los que no tienen nada, y haced fiesta en este día que hemos consagrado al Señor. No os entristezcáis, porque la alegría del Señor será vuestra fuerza.
Se dispersó el pueblo por la ciudad, todos comiendo, bebiendo y cantando en alegre fiesta, porque habían entendido la Palabra de Dios y se habían comprometido con ella.

Este hecho, ¿fue de gran importancia solamente para el pueblo judío, o lo es también para nosotros?…
A partir de este momento, ese admirable pueblo tomó conciencia viva de lo que significaba para él la fidelidad a la Alianza con su Dios. Se apegó a la Palabra de los Libros santos. Celebró el culto con solemnidad y constancia ejemplares. Y aunque después se dispersara por todo el mundo, la Biblia —conocida, explicada, propagada— iba a ser la fuente de toda su inspiración religiosa y patriótica.

El Cristianismo, nuevo Israel de Dios, pero nacido del Israel de la Antigua Alianza, tiene también la Palabra de Dios como algo constitutivo de sus asambleas. No se puede concebir una asamblea cristiana sin empezar con la lectura de la Biblia, que nos transmite la voz de Dios, impulsa nuestra oración, y nos hace parar eficazmente en los Sacramentos.

Estos tres efectos de la Palabra de Dios los vemos, los sentimos y los vivimos continuamente.
Escuchamos a Dios, y nos gozamos al oír el acento del Padre que nos ama.
Oímos la Palabra, e instintivamente la convertimos en plegaria, como respuesta que damos a Dios.
Escuchamos la Palabra, y nos lanzamos a buscar a Dios que se nos ofrece en los Sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, donde Jesucristo se nos da en toda la realidad de su Persona.

Y aparte de esos tres frutos que la Palabra produce en nuestras almas, hay otro más de sentido social y que hoy nos importa mucho. La Palabra de Dios nos hermana a todos en la asamblea. Y salimos de ella dispuestos a compartir con los hermanos nuestros bienes, como en aquel día los judíos, que hicieron comunes el pan, la carne y el vino, para celebrar juntos, sin distinción de ricos y pobres, la gracia de Dios que se había derramado sobre todos.

La Biblia, explicada después por los Pastores de la Iglesia, asimilada y vivida por todos, nos hace sentir urgencia de divulgarla por doquier.
Aquellos judíos, establecidos después en Alejandría de Egipto, tradujeron los Libros santos al griego, y así hicieron conocer al Dios de Israel entre todas las gentes del Imperio. La Biblia se había convertido en el gran misionero de Dios.

¡La Biblia santa! Nos hace llorar compungidos, y nos lanza a celebrar gozosos una fiesta. Nos llena de verdad y de vida, y nos convierte en misioneros ardientes. La Biblia, la Palabra de Dios…

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