Todo un mundo que nos llama
2. febrero 2018 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: Narraciones BíblicasAl querernos detener en una página de la Biblia, hoy vamos a seguir a Pablo en un acto de gran trascendencia, narrado por Lucas en el capítulo 106 de los Hechos. Un pasaje de los más bellos de la Sagrada Escritura, en medio de una sencillez muy grande.
Pablo va recorriendo las Iglesias anteriormente fundadas en Asia. Llega a Listra, y le hablan de un muchacho joven.
– ¿Quién es? ¿Cómo se llama?
– Se llama Timoteo. Su padre es pagano, y su madre y su abuela, dos judías muy piadosas.
– Me gustaría verlo…
Se lo presentan, y Pablo se queda prendado de muchacho semejante. Cuando fundó la Iglesia de Listra, no se llevó de allá más que una montaña de piedras encima, pues lo dejaron tendido en tierra dándolo por muerto. Ahora, al volver, se encuentra con este regalo de Dios, que le va a valer como una iglesia entera.
Lo invita a irse con él. Y con esta joya de muchacho, con Silas y algún otro compañero, van probando de evangelizar nuevas ciudades.
Pero, todo les sale mal, porque el Espíritu Santo les va cerrando el camino por dondequiera que van. Pablo se encuentra algo angustiado, mientras se pregunta y le pregunta al Espíritu:
– ¿En Asia? No… ¿En Misia? No; aquí tampoco… ¿En Bitinia? Menos; no quiero que evangelicéis estas regiones…
El Espíritu Santo les iba poniendo estorbos en todos los pasos. Hasta que llegan a Tróade. Delante, el mar que se abre hacia Europa. Pablo sueña en algo grande. Y, por la noche, se despierta con una visión. Un hombre griego, vestido a lo macedonio, que le grita suplicante:
– ¡Pasa a Macedonia! ¡Ven, y ayúdanos!
Pablo entiende ahora aquel cerrarles el Espíritu Santo cualquier camino que emprendían.
Con Silas, Timoteo y Lucas —el querido Lucas, que se añade al grupo—, Pablo se embarca para Europa. ¿Mediría Pablo la importancia de este paso?…
Mediría o no mediría lo que nosotros vemos hoy con claridad meridiana.
Pero, al entrar en Europa, el cristianismo dejaría de tener ese cariz estrictamente judío, para abrirse a la cultura grecorromana o a otra cultura cualquiera.
Se metería en el corazón mismo del Imperio; llegaría al extremo del mundo occidental, de donde saltaría después hasta nuestra América, entonces desconocida.
El camino iba a ser largo y de siglos. Pero Dios no tiene prisa, calculaba todo bien, ¡y qué bien que salió todo!…
Nosotros ahora nos fijamos solamente en esa visión del macedonio y en su grito de angustia: ¡Ven, y ayúdanos!… Un grito que ha resonado siempre en la Iglesia, aunque con diferentes acentos.
Pablo oye por primera vez esta llamada angustiosa, salta a Filipos, y empieza a evangelizar Europa.
Gregorio Magno, aquel Papa tan grande, oye desde Roma:
– Ven a Inglaterra, ¡sálvanos!…
Y manda al monje Agustín que evangelice aquel reino esperanzador.
Ignacio de Loyola lo oye también en Roma:
– Ven a la India, ven al Japón, ¡ayúdanos!…
E Ignacio que les manda a Javier.
Isabel, más que la aventura inigualable de Colón, escucha la voz de los indígenas:
– Ven a nuestras tierras, ¡sálvanos!…
Y la santa Reina Isabel la Católica manda en cada expedición a misioneros que evangelicen a sus hijos de la América recién descubierta
Pedro Luis Chanel oye voces lejanas:
– Ven a las islas de Oceanía, perdidas en el Pacífico, ¡sálvanos!…
Y Pedro Luis que lleva el Evangelio a aquellas tierras misteriosas.
Daniel Comboni escucha un grito angustiado:
– Ven al Africa, ¡ven, ayúdanos!…
Y Daniel que se mete en las selvas impenetrables, para alumbrar a la fe un continente nuevo.
Esta será la historia de siempre en la Iglesia. Es la historia de hoy mismo. El mundo pagano, con más de cuatro mil millones de hombres que no conoce aún a Cristo, nos grita a los católicos:
– ¡Venid, ayudadnos!…
Las Misiones son, desde hace un par de siglos, el reclamo mayor a la generosidad de los católicos, en especial de los jóvenes. Lo habían sido siempre, pero en estos tiempos el gritar del mundo pagano se ha hecho mucho más apremiante que nunca.
Las Misiones son obra de toda la Iglesia. Unos se ofrecen voluntarios con audacia divina, para colocarse en las avanzadas del Reino. Y nosotros todos —con nuestra oración, con nuestros sacrificios, con nuestras aportaciones generosas para el sostenimiento de las obras misionales—, sabemos responder siempre, cuando nos llama la Iglesia, que es como si nos llamara el mismo Jesucristo: ¡Voy! También yo quiero la gloria de llamarme a boca llena Un Misionero, Una Misionera…