San Juan Macías

12. mayo 2017 | Por | Categoria: Santos

¿Quieren saber ustedes el milagro que el Papa Pablo VI aceptó para declarar Santo a nuestro San Juan Macías, el Hermano portero del convento dominico de Lima? Es un milagro curioso y simpático por demás.
En el tiempo de la posguerra civil española y de la mundial, había mucha hambre en aquel pueblo extremeño, y una comisión de señoras voluntarias llevaban al Hogar asistencial y a la Casa Cural abundancia de arroz, garbanzos y alubias para que al menos el domingo comieran bien todos los pobres. Pero aquel sábado, por un descuido, no llegaron los alimentos previstos.
La buena cocinera pone al fuego la olla, pero no tiene en las manos más que un puñadito de arroz. -¿Y qué hago ahora?, se dice con angustia la muchacha. Si van a venir los pobres y las señoras que les reparten, y hoy no han traído nada. Era la señorita del mismo pueblo que el Beato Juan Macías, y le pide: -Querido Hermano Juan, ayúdame tú, que socorrías tanto a los pobres.
El caso es que se coció aquel poquito arroz y empezó a rebosar la olla. Pasan el arroz que va saliendo a otra olla, y a otro y otro recipiente…, y el arroz que no se acaba. Era el mediodía, y los pobres, que venían en largas filas, van comiendo todo lo que quieren, sin que las raciones se acaben. Comían los pobres —y los no pobres también—, porque eran muchos los que acudieron a presenciar el caso tan insólito.
El Cura Párroco y las señoras no salían de su asombro. Hacia las cuatro de la tarde, cuando ya nadie comía más, porque todos estaban más que satisfechos, cesó la olla de rebosar arroz. Ante la gran cantidad de testigos, el Obispado abrió proceso, se comprobó la verdad, y el Papa aceptó el hecho como verdadero milagro para declarar Santo al querido Hermano Juan Macías.

Bonito, ¿verdad? Pues esto no era más que repetir después de muerto, y al cabo de tres siglos, lo que el Hermano Juan Macías realizó más de una vez en la portería del convento de Lima.
Hombre muy honrado, pero sin saber leer ni escribir, había llegado a América a sus treinta y cuatro años. Desembarca en Cartagena, atraviesa a pie Colombia, Ecuador y llega a Perú. Solicita la entrada en el convento de los Dominicos, y ya lo tenemos de portero, con fama de santidad cada día creciente: hombre de Dios con oración continua, con penitencias asombrosas, con milagros a la vista…

Le visita un joven que se llama Martín de Porres, ¡y qué bien se entienden los dos! Amigos en vida, y hoy los dos, con sus sepulcros y sus imágenes, uno a la derecha y otro a la izquierda de Santa Rosa de Lima, en la misma Iglesia de los Dominicos…
Juan Macías era ignorante de letras, pero muy sabio en las cosas de Dios. Es famosa la visión que tuvo un día siendo niño de siete años. Hubo de contarla por obediencia siendo ya mayor.
Ve a un Santo a quien no conoce, y que le dice: -Juan, hoy estás de enhorabuena. El niño le responde igual: -Tú también estás de enhorabuena. Y, ¿quién eres? Le contesta la aparición: -¿Yo? Me llamo Juan, como tú. Soy Juan el apóstol y evangelista, el discípulo más querido del Señor. Yo te acompañaré siempre, porque Dios te ha escogido. Te llevaré a tierras lejanas, y allí habrás de labrar templos para Dios.
Los templos que el Hermano Juan Macías levantará no serán de piedra ni ladrillo ni madera, sino templos vivos, las almas a las que lleva a la gracia de Dios con su palabra, con su oración, con su caridad.

La oración de Juan Macías es continua. Mientras atiende solícito la portería, son de seis a siete horas las que se pasa durante el día en oración.
Por la noche se levantaba y se ponía en oración por otras dos o tres horas. Y si alguna noche no lo hacía, se avergonzaba al despertarse: -¿Qué has hecho esta noche? ¿Por qué no te has levantado a rezar?…
Dios le premió más de una vez de manara bellísima esta constancia en la oración. Según confesión propia, en esa oración de la noche se le presentaban pajaritos a cantar. Y cuenta de manera encantadora: -Yo me apostaba con ellos a ver quién alababa más al Señor. Ellos cantaban y yo replicaba con ellos.

¿Y su caridad? Los pobres eran su ilusión. Pero como Juan Macías no podía salir a pedir limosna para ellos, le encargó a un borrico que lo hiciera él.
Y vino el milagro de Dios.
El pobre animal iba solo de puerta en puerta, y la gente sabía lo que tenía que dejar en las alforjas. Si alguien no le quería dar nada, el borrico daba patadas en la puerta hasta que le echaban encima lo que tenía que llevar para los pobres… a los que el Hermano Macías socorría de mil maneras, hasta multiplicando las provisiones cuando era necesario…, avanzando el milagro que serviría para su canonización.

Una noche estaba rezando en la iglesia, y oye voces misteriosas: -Somos almas del Purgatorio. ¡Socórrenos!… No necesitó más el Hermano. En adelante, rezar y sacrificarse por las almas benditas fue para Juan Macías una verdadera vocación. Y Dios le reveló las muchas y muchas almas que por su oración habían acelerado su purificación y salido del Purgatorio libres para el Cielo.

Así, tan sencillamente, pero con enorme fama de santo en Lima, llegó Juan Macías a los sesenta años de vida. En el lecho de muerte, exclamó alborozado:
-¡Miren, miren quiénes están aquí! Nuestro Señor Jesucristo, su Madre la Virgen, el apóstol y evangelista San Juan, otros Santos y muchos ángeles. ¡Con ellos me voy al Cielo!…

¡Qué Santos tan admirables nos regaló Dios a nuestra América! San Juan Macías, tan humilde, tan encantador, es ciertamente uno de los más grandes de que nos podemos gloriar. El Santo que supo multiplicar tan abundante el arroz en la olla, nos ayude a multiplicar en nuestras almas la gracia de Dios…

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