Los Mártires de China
13. enero 2017 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosAl presentar a tantos Mártires de la fe modernos, no podemos dejar de lado a los muchos que han regado con su sangre el suelo del Celeste Imperio. China ha sido, desde hace tantos años, un país de misión soñado por tantos valientes. Querer ser misionero o misionera venía a ser como querer ir a China, país misterioso y lleno de esperanzas para el Reino de Cristo. Además, el Siglo de las Misiones, el Siglo XX, se abría con la persecución contra los cristianos en China, lo cual estimuló más las ilusiones misioneras dentro de la Iglesia.
Imposible presentar la historia de tanto mártir de la China. En el año del Gran Jubileo, el Papa Juan Pablo II canonizaba a ciento veinte Mártires, aunque podían haber sido muchos más, entre Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, acompañados de tantos laicos, hombres y mujeres, honor de aquella Iglesia perseguida. Los Misioneros Dominicos, Franciscanos, Jesuitas y tantos más, escribieron páginas gloriosísimas para la Historia de las Misiones.
Esa canonización fue precedida, cuatro años antes, por la del misionero San Juan Gabriel Perboyre, que sufrió un martirio glorioso. Al mediodía de aquel viernes de Septiembre, que sería su Viernes Santo, escucha la sentencia del tribunal:
– Serás estrangulado en una cruz.
Como Jesús. Pero en vez de dos criminales, a Juan Gabriel le acompañan siete al suplicio. Los siete malhechores van aullando desesperadamente, mientras son llevados hacia la colina donde les esperan las cruces. Entre tanto, Juan Gabriel, sereno, como Jesús, ve cómo un soldado le echa encima la túnica de color rojo. Ante la cruz, ya clavada en tierra, se arrodilla espontáneamente, y arranca a los espectadores curiosos este comentario:
– ¡Mirad cómo reza! Este no se desespera ni grita como los demás.
Lo suben a la cruz. Y atados los brazos, cintura y pies con cordeles, el verdugo le va pasando un lazo por el cuello, mientras el público sostiene el aliento:
– ¡Uno, dos!…
Y al tercer tirón lo deja sin vida. Eran las tres de la tarde del Viernes Santo de San Juan Gabriel Perboyre.
Pasarán los años, y vendrá la persecución de los Boxers, que se cobrará tantas víctimas cristianas.
Aquí, nos limitamos a un grupo de la Orden de San Francisco, de tanto historial en las Misiones de China. Por este grupo sabremos la suerte igual que corrieron tantos otros Mártires.
El mes de Julio de 1900 se presentó trágico. Las calumnias contra los Misioneros y los cristianos hicieron mella entre la población:
– Los Misioneros son los que envenenan los pozos de agua… Son los que arrancan los ojos de los moribundos y de los niños… Son los que atentan contra el Estado… ¡Cristianos, a los tribunales! O apostatan o se les corta la cabeza…
Con el edicto imperial que decretaba la persecución, un Mandarín les arenga los soldados:
– ¡A matarlos! Matar a los misioneros y a los cristianos es un delito menor que matar a los perros.
El día nueve de aquel mes de Julio, un grupo de Franciscanos, con dos Obispos, varios Sacerdotes, siete Misioneras, cinco Seminaristas, seis Terciarios y varios domésticos, son arrastrados al tribunal del Virrey. Por las calles, gritos furiosos de los boxers y del populacho: -¡Aprisa hasta el tribunal! ¡Que no se escape ni uno! ¡Ladrones! ¡Criminales!…
Llegan a la presencia del Virrey, que los hace arrodillar a todos en fila. Y comienza el interrogatorio por uno de los dos Obispos:
– ¿Cuánto tiempo llevan en China, y a cuántos del pueblo han echado a perder haciéndolos cristianos?
El Obispo misionero contesta con toda serenidad:
– Hace mucho que estamos en China. Jamás hemos dañado a nadie, y hemos hecho el bien a muchos.
El Virrey, sin atender razones, sino haciendo caso a las calumnias:
– ¿Y qué medicina embrujada dan a la gente para hacerla cristiana, que hasta los muchachos se obstinan en no dejar esa religión malvada? Les mando que entreguen pronto el antídoto contra esa medicina maldita, para darla a los cristianos y que dejen su nueva religión.
Sigue el Obispo, tanto más sereno cuanto más ridícula es la acusación:
– No damos ninguna medicina para hacerse cristianos, ni tenemos antídoto contra ella. Han sido libres al abrazar la fe, y saben que no pueden apostatar de su fe en Jesucristo.
El Virrey se pone furioso: -¡Mátenlos, mátenlos!…
Los soldados, preparados para este momento que sabían iba a llegar, arrastran al patio a todo el grupo, y comienza la carnicería salvaje, empezando por los varones, con puñaladas y sablazos, hasta que la espada corta la cabeza de todos.
Las siete religiosas, Misioneras Franciscanas de María, esperan su turno. Las arrastran por el velo, mientras Sor María de la Paz entona el Te Deum —el himno de acción de gracias de la Iglesia—, coreado por todas, que no callan hasta que va cayendo la cabeza de cada una.
Aquellas muertes no fueron un fracaso, sino un triunfo espectacular. Y un ensayo para la Iglesia de China, que se iba a ver en una situación mil veces peor cuando, cincuenta años después, se echase sobre ella el comunismo marxista de Mao Tsé Tung.
¿Ha muerto por eso la Iglesia en China? No. La Iglesia en el Celeste Imperio llegará a ser un campo feracísimo dentro del Reino de Cristo.