San Isidro Labrador
6. enero 2017 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosEntre los muchos Santos que presentamos, ¿podía faltar Isidro, el Labrador, el modelo y patrón de los agricultores, un Santo tan querido y tan invocado por nuestros admirables campesinos?…
Roma presenció aquel día del año 1622 una canonización singular e histórica. En los altares, el imponente Ignacio de Loyola y su mayor conquista, el apóstol de la India y el Japón, Francisco Javier. Les acompaña el Santo más representativo del Renacimiento italiano, el popularísimo Felipe Neri. Con ellos, una mujer excepcional, como es Teresa de Jesús. Y en medio de los cuatro, un trabajador del campo, que no sabe más que de arados y azadones, de espuertas y de yuntas de animales, San Isidro el Labrador.
El Papa nos dejó consignados en la Bula de canonización los rasgos más característicos de Isidro, e historiadores muy severos depuraron la vida del santo de muchas leyendas, y nos han guardado las que se pueden conservar como seguras del todo.
En los siglos once y doce no era Madrid la brillante y opulenta Capital moderna, sino una villa modesta, rodeada de campos de cultivo, y en ella vino al mundo nuestro Isidro. Su familia se vio en situación económica precaria, aunque era muy rica en virtudes cristianas, y ya desde muchachito, para ganarse la vida, Isidro se tuvo que dedicar a las labores del campo.
Crece en años, e Isidro, huérfano de padre y madre, se presenta al notable propietario Señor Vera:
– ¿Me alquilaría usted como bracero?
– ¡Cómo no! Me han hablado de ti. Y me han dicho que eres un buen trabajador. Además, que nunca sales al campo sin haber ido antes, muy de madrugada, a oír la Misa.
– Sí, señor; lo hago siempre, y nunca empiezo el trabajo sin encomendarme a Dios y a su madre Santísima.
El Papa hace constar en la Bula de canonización que así era. La Misa y la oración eran el primer deber con que cumplía aquel campesino tan ejemplar.
Tenemos, pues, al mozo cristiano antes que al agricultor de fama. Porque, de buenas a primeras, nos encontramos con que su amo lo aprecia de verdad, ya que el trabajo de Isidro rinde más que el de los otros.
Los compañeros, sin embargo, empiezan con lo que va a ser patrimonio de Isidro dondequiera que trabaje: la envidia maldita, que les lleva a calumniar al bracero que trabaja más y mejor:
– Señor Vera, ¿sabe a qué se dedica ese Isidro? A rezar en vez de trabajar.
Isidro, acusado, responde solamente:
– ¿De veras que no trabajo?… Yo les perdono.
Se echan sobre Madrid las tropas del rey moro, la gente huye, e Isidro se marcha lejos, adonde tiene unos parientes lejanos. Aquí se alquila con otro amo, un rico terrateniente que desde el principio le tiene ojeriza, porque nada mas llegado han empezado otra vez las asqueantes envidias. El dueño entonces:
– O entregas más grano de las cosechas que los otros, o quedas despedido.
Y esto lo dice a pesar de que la tierra cultivada por Isidro le está rindiendo mucho más. Como lo va a saber pronto con un hecho casi milagroso. Era costumbre de Castilla por entonces entregar una parcela a los trabajadores, en concepto de sueldo, para que la cultivasen en provecho propio. La de Isidro producía más que las otras. Acusado de nuevo, calma las iras del amo:
– Tenga, señor; le entrego todo el grano, y yo me quedo sólo con la paja.
Pero resultó que los granos que habían quedado en la paja se multiplicaron prodigiosamente, sin saber nadie cómo…
Isidro se decide a casarse, y toma como esposa a una mujer estupenda, aunque también de condición humilde. Con ella, y para dejar en paz a aquel amo y a sus envidiosos compañeros, Isidro se regresa a su añorado Madrid, donde le nace el único hijo que tuvo de su matrimonio.
Sigue en el oficio de agricultor, y esta vez se pone al servicio del que fue su dueño más famoso, Juan Vargas, por el que trabajó con la seriedad y la honradez de siempre.
Vargas estaba más que satisfecho de su colono, pero, ¡otra vez la envidia que venía a estropearlo todo!… Aunque esta vez iba a venir también el Cielo en defensa del santo colono. La acusación, la de siempre: ¡Que reza en vez de trabajar!… El señor Vargas quiere comprobar por sí mismo las acusaciones contra su mayoral. Sale un día al campo, y se queda estupefacto:
– ¿Qué es eso que veo? Dos criaturas vestidas de blanco, llevando la yunta y guiando el arado de Isidro, que reza al mismo tiempo que trabaja…
Los dos ángeles se han hecho famosos. Se acabaron para siempre los chismes. Hasta el final de sus días —que fueron muchos, porque murió muy viejo—, Isidro siguió en el campo y en la iglesia, trabajando para la tierra y haciéndose rico para el Cielo, junto con su mujer, considerada también santa por el pueblo, que tiene un culto confirmado por el Papa, y llamada Santa María de la Cabeza.
Madrid, donde reposan los restos de los dos esposos, no tiene por Patrón ni a un Rey, ni a un famoso político, ni a un cortesano de postín, ni a otro de los grandes Santos que en él han vivido y trabajado. Su Patrón es un campesino, que luce como apellido propio el único que le ha dado el pueblo con castizo orgullo: Isidro Labrador.
Y con ello nos ha dicho Dios a todos, muy silenciosamente, que la verdadera grandeza no se esconde sólo en los ricos palacios y envidiables museos de una lujosa Capital, sino que la cobija la iglesia devota, la casa humilde del obrero, o la bóveda inmensa del firmamento azul…