Los Mártires de Sebaste
2. diciembre 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosEntre los Mártires de la antigüedad cristiana hay un grupo espectacular: los Cuarenta Mártires de Sebaste. Su historia es emocionante, con unos detalles que parecen fantásticos, pero que está avalada en su conjunto por el mayor historiador de aquellos tiempos y por grandes Obispos y Doctores de la Iglesia, contemporáneos y casi vecinos de los héroes (Eusebio, Efrén, Basilio y Gregorio de Nisa)
Con el edicto de paz para la Iglesia, habían cesado oficialmente las persecuciones contra los cristianos. Pero en el Oriente imperaba Licinio, que en el año 320 reanudó en toda el Asia Menor la persecución más furibunda. Sobre todo en Armenia, donde la Iglesia estaba muy floreciente. Allí permanecía de guardia la Legión Fulminata, famosa por su bravura, en la cual formaban muchos soldados cristianos, muy fieles al Emperador, pero, sobre todo, fidelísimos a Jesucristo, como lo van a demostrar bien pronto. Eso de morir desnudos, lentamente congelados, era la amenaza que tenían encima aquellos valientes.
El edicto imperial de persecución imponía penas muy graves a los cristianos:
¡Nada de reuniones de cristianos y cristianas juntos!…
¡Obispos, nada de moverse de vuestro sitio! ¡A la vista siempre!…
Se impusieron a los cristianos impuestos muy graves para sostener las arcas del avaro Emperador. Se degradó a los oficiales cristianos del ejército. Y a todos los soldados se les exigió sacrificar al divino Emperador bajo pena de muerte. Aquí estaba lo grave para la Legión Fulminata.
Un grupo de cuarenta soldados, muy jóvenes, se niegan en absoluto a apostatar de la fe: ¡No queremos!… Y los cuarenta, atados unos a otros con una inmensa cadena, son metidos en prisión.
Componen un testamento colectivo, redactado por uno de ellos, un tal Melecio, y que lleva detrás el nombre de todos: Domiciano, Heraclio, Alejandro… Todos escriben a sus familiares y amigos, con unas consignas de gran sentido cristiano: ¡Firmes en la fe!… Esta vida pasa rápida, y después nos queda la eterna… Por esa misma redacción, se ve que los confesores de la fe eran jóvenes, pues fuera de alguno casado, los demás escriben a sus padres o a la novia.
Piden que sus cadáveres descansen juntos en un lugar determinado. El Derecho Romanos era muy serio, y estos detalles se podían programar con seguridad, sabiendo que serían ejecutados fielmente.
Y a todo esto, ¿cuál era la pena de muerte? Los responsables se la pensaron muy bien. Como lo más importante no era matar a los tenaces cristianos, sino hacerlos apostatar de la fe, se les impuso un tormento terrible. Las espada, no, porque se ríen de ella… La hoguera, tampoco, pues no les da miedo…
Y se piensa en otro tormento realmente exquisito, duro y largo… En Sebaste, ciudad de la Armenia, hacía un frío glacial. Un pequeño estanque de agua, que servía para alimentar las termas —las piscinas con agua caliente que no faltaban en ninguna ciudad romana—, estaba completamente helado. Los testimonios que nos quedan dicen que el hielo estaba tan duro que hombres y animales podían caminar por encima de él. Los encarcelados oyen el pregón sin inmutarse:
– ¡Condenados a morir desnudos sobre el estanque helado! Al lado tienen abierta la puerta hacia las termas. Quien abandone la fe cristiana, podrá salirse del hielo y pasarse a la piscina caliente.
Llega la noche, y los cuarenta muchachos, sueltos de sus cadenas y despojados de sus vestidos, son lanzados a la superficie helada. Aunque el Derecho Romano no lo prohibía, pero los jefes no han querido espectadores cristianos, que podían animarlos a perseverar hasta el fin. Son ellos mismos, los Mártires, los que elevan al Cielo una oración que se ha hecho famosa:
– Cuarenta hemos entrado, que los cuarenta seamos coronados.
Y serán cuarenta. Aunque de una manera impensada. Uno se acobarda, y no valen los ánimos que le infunden los otros. Rendido, se sale del hielo y se dirige por la puerta iluminada a las termas de agua caliente. Cuarenta hemos entrado, ¿por qué falla ése?… Pero Dios ha escuchado la oración. Uno de los guardias, al ver la constancia y valentía inexplicables de aquellos jóvenes formidables, se confiesa también cristiano, y, despojado de sus vestiduras, entra en el hielo para tener la misma suerte.
La imaginación popular o la oratoria de algún predicador revistieron posteriormente este hecho con un detalle legendario, pero precioso y muy expresivo: ¡Cuarenta hemos entrado, que los cuarenta seamos coronados!… El guardián lo oye, y se dice intrigado: ¿Qué querrán decir estos cristianos?… Alza la vista al cielo azul y estrellado, y ve por las alturas unos seres misteriosos y radiantes, con coronas que colocan en la cabeza de los que van muriendo… Sólo uno se queda en lo alto sin atreverse a bajar, con la corona en la mano, porque no la puede entregar a nadie… Era en el preciso momento en que fallaba cobardemente uno y se salía del estanque. ¡Esa corona es mía!, se dice, ¡yo también soy cristiano!…
Bonita leyenda, tan cargada de significado.
Al amanecer, los cadáveres son amontonados en carretas para ser llevados a incinerar. Acuden los familiares y amigos cristianos, entre ellos la madre del mártir más joven, Melitón, que aún está vivo. Y es su madre, formidable cristiana, quien ahorra a los soldados el completar la faena. Ella misma lo agarra con sus brazos para unirlo a la suerte dichosa de los compañeros que se le han adelantado en ir al Cielo.
Difieren en detalles las diversas redacciones de este martirio, pero todos los historiadores están acordes en que merece nuestra fe. Son los Cuarenta coronados Mártires de Sebaste. Uno de esos grupos que más habrán enorgullecido a Jesucristo, a la vez que, para nuestro ejemplo y estímulo, han dejado una estela tan luminosa en la Historia de la Iglesia.