El Beato Isidoro Bakanja

4. noviembre 2016 | Por | Categoria: Santos

Para presentar al santo que hoy viene a nuestro programa nos trasladamos al Congo a principios del siglo veinte. Se trata del Beato Isidoro Bakanja, un muchacho negro de piel, pero de un alma con belleza sin igual. Un mártir joven que enorgullece a la Iglesia de Dios que está en Africa.

El Congo era una colonia belga en la cual desembocaban negociantes de todas clases: católicos belgas muy responsables y también colonizadores brutales, sin entrañas y enemigos declarados de la Iglesia. Entre éstos, un tal señor Van Cauter, que se hará tristemente famoso en la historia del mártir Isidoro.
Isidoro había nacido en plena selva, de padres paganos. Ya crecido, de talante bondadoso, sin malicia, dócil y trabajador, sale de su tierra y va a trabajar en una construcción. Aquí oye por primera vez las palabras Iglesia, cristiano, oración… que se aprenden en la Misión, a la cual acude con curiosidad.

Ingresa en el catecumenado, y en pocos meses recibe el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Se convierte en un cristiano estupendo. Todos lo distinguen por el gran escapulario de la Virgen del Carmen, que cuelga siempre en su pecho. Lo había recibido del sacerdote el mismo día del Bautismo, y ya no se lo quitó jamás, aunque ese escapulario tan ostentoso le va a costar la vida.

Deja de trabajar en aquella construcción como peón y se va a la factoría que comanda el señor Van Cauter, a pesar de la advertencia seria de sus compañeros:
– No sigas a ese blanco, que es muy malo y no ama a nuestra gente. Cuando estaba yo con él, no había en nuestro grupo ningún cristiano, fuera del catequista, el cual nos reunió para enseñarnos la doctrina y a rezar. El señor Van Cauter se enfureció y nos prohibió rezar en adelante. Ese blanco y otros como él quieren sólo esclavos, trabajadores pobres e ignorantes, obreros sin experiencia. Y tú tienes un agravante: eres cristiano, y él no soporta a los católicos.

Isidoro, bueno y sin malicia, no hizo caso y se fue a trabajar con el señor Van Cauter, al que pronto le cayó mal su nuevo trabajador. Porque Isidoro rezaba mucho el Rosario y hablaba de la fe católica a los compañeros, a los que iba ganando para la Iglesia. Pero el señor Van Cauter se puso un día furioso:
– Quítate del cuello ese escapulario, que lo detesto. No quiero ver en mi casa más instrumentos de esos que os da el misionero.
Isidoro ve que las cosas se le ponen feas, pues dice a los compañeros:
– Van Cauter me detesta porque yo soy cristiano. Una vez me dijo al verme rezar el Rosario en el naranjal: No quiero ver ese instrumento ahí. Mételo en tu cajón. Aquí estás para trabajar y no para masticar oraciones. Detesto a los que van con los misioneros, que no son hombres sino bestias.

Al fin, viendo que no había nada que hacer, Isidoro pide a su dueño una carta de despido para ir a trabajar a otra parte; pero recibe esta respuesta:
– ¡No te la quiero dar! ¿Eres tú uno de los fieles de ese Dios verdadero, que decís es tan bueno? Pues, pídesela a Él si quieres.

Pero un día la cosa llegó al extremo. Van Cauter le dice gritando a su criado de escolta:
– ¡Toma el fusil y vete a matar a Isidoro!
El criado se acerca a su compañero:
– Van Cauter me manda para que te mate. Pero yo no lo quiero hacer. Mejor es que te presentes tú mismo a él.
Así lo hace Isidoro.
– Blanco, ¿me has llamado?
– ¡Cállate, animal! Estoy harto de ti. Si sigues de este modo, todo mi personal se hará cristiano y ninguno querrá después trabajar.
– Blanco, yo no te he robado nunca nada ni he molestado para nada a ninguna mujer tuya.
– ¡Calla ese pico, te repito! Tírate ahí, en el suelo, que vas a recibir los azotes.

Isidoro fue sometido al terrible suplicio del “chicote”, látigo de piel de elefante con clavos incrustados. Quedó hecho una pura llaga, después de recibir de doscientos a doscientos cincuenta azotes. Pero no murió de momento. Iban a seguir unos meses de dolores atroces.
El muchacho mártir, metido y encadenado en un calabozo, lo llevaba todo con paciencia de santo. Escapó de la factoría ayudado de unos compañeros que lo trasladaron a un poblado.  Además, los otros colonizadores blancos, furiosos, a la par que buenos católicos, juzgaron y expulsaron a Van Cauter de la Compañía.

Llegaron los Misioneros e Isidoro recibió los Sacramentos. Con el Rosario siempre en la mano, porque no paraba de rezarlo, y con su escapulario del Carmen al cuello, rodeado de los otros cristianos y catecúmenos, entregaba su alma a Dios.
La Virgen venía a buscar a Isidoro, de sólo veinte años de edad, para llevárselo al Cielo el día de la Asunción, 15 de Agosto de 1909. Como Jesús, el mártir supo perdonar:
– Yo era un cristiano de la Misión Católica y quería convertir a los trabajadores de la hacienda. El blanco me ha matado porque no quería que yo rogase a Dios… y yo decía mis oraciones. No guardo ningún rencor contra el blanco. Me ha azotado, pero eso es asunto suyo. Si muero, rogaré mucho por él desde el Cielo.

El joven Isidoro, uno de los primeros cristianos de la región, había sido un apóstol y su sangre fue muy fecunda. Hoy la Iglesia está allí vigorosa, e invoca a Isidoro, su mártir, elevado a la gloria de los altares por el Papa Juan Pablo II en Abril de 1994. Su sangre fue semilla que dio una gran cosecha…

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