Santa Francisca Javier Cabrini
12. agosto 2016 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosHoy nos toca contemplar una Santa que, sin haber nacido en América, es americana por todos sus costados: Francisca Javier Cabrini, la gran apóstol de los emigrantes, nacida en Italia pero ciudadana de todo el mundo. Francisca Javier fue una madre que se deshizo por ayudar a los que dejaban la patria y se iban lejos, muy lejos, para cambiar la condición de su vida pobre.
Joven maestra, y fracasada en una Congregación religiosa, Francisca sueña en ser misionera, y escucha a su Obispo, que le dice: ¿Tú quieres ser misionera? Entonces, funda tú un Instituto, pues yo no conozco ninguno. Así, tan sencillamente, nacían las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora puede Francisca soñar de verdad en la China, como cuando era niña. La pequeña hacía barquitas de papel, las llenaba de florecillas como si fueran personas, lanzaba las barquichuelas al riachuelo, y les decía: ¡A China!…
Sin embargo, no será la China el campo de su acción misionera. Un Obispo santo —hoy es el Beato Scalabrini—, que conocía la situación de los emigrantes italianos en América, le invita a cuidarse de esos pobres que llevaban una vida casi desesperada. La Madre Cabrini dice que no: ¡A la China, a la China! Porque las Misiones de infieles son su sueño dorado. Pero, desconfiando de sí misma, va a Roma para presentar al Papa León XIII su inquietud. Y el Vicario de Cristo le traza el programa a ella y a sus hijas: Al Oriente, no; al Occidente.
Francisca ya no duda. Las Misiones en Oriente vendrán mucho después. Ahora, a los emigrantes de América. Pronto conocerá lo que es la vida del barco. Diecinueve veces atravesará el Océano Atlántico y se internará en el Pacífico.
Los emigrantes italianos llevaban en Estados Unidos una vida fatal, de modo que hicieron exclamar al Beato Scalabrini: Se me enciende el rostro de vergüenza. Me siento humillado en mi doble condición de sacerdote e italiano. Dios, siempre providente con sus hijos más necesitados, suscita ahora a esta mujer que va a ser la abanderada de un apostolado providencial. Aunque, nada más desembarca con las primeras Misioneras en Nueva York, viene su primer fracaso. El Arzobispo cambia de parecer, y contesta a la Madre recién llegada: Creo que es mejor que se regresen a Italia. Había para caer desmoronada. Pero la Madre Cabrini no se rinde tan fácilmente.
En Europa ve florecer el Instituto, con muchas vocaciones en Italia, Francia, España e Inglaterra. Entonces, de nuevo a Estados Unidos, a la misma Nueva York, a Nueva Orleans, a Chicago, a Filadelfia… La rica nación es un campo privilegiado para trabajar con los pobres emigrantes. Y en Estados Unidos, oye la Madre Cabrini la voz de la América Central.
Una señora buena, cristiana de verdad y de gran corazón, se le presenta con una petición inesperada: Madre, ¿no quisiera ir a Nicaragua? En Granada yo le ofrezco mi casa, muy apropiada para un colegio, pues las niñas de la población están muy abandonadas en cuanto a instrucción, religiosa sobre todo. ¿Cómo iba la Madre a desoír esta voz del cielo?…
Desde Nueva Orleans el viaje iba a ser una aventura feliz para la Madre Francisca Javier y sus Misioneras. Bordean la República Dominicana, llegan a Colón en Panamá, atraviesan en tren el Istmo y, ya en el Pacifico, embarcan en un vapor que se detiene dos días en aguas panameñas. Al tomar una canoa para acercarse a la Capital y poder recibir la Comunión, de regreso se lanzan sobre la lancha una bandada de aves acuáticas.
La Madre interpreta el hecho de manera encantadora: ¿Lo ven? Son las jóvenes americanas que ingresarán en el Instituto. Una de las Misionera es de otro parecer: ¿No creen ustedes que son más bien las almas que se salvarán por nuestro sacrificio y apostolado?…
La respuesta del Cielo vino sin esperar un momento. De repente aparecieron millares de otras aves que rodearon la simpática embarcación. Cosas de Dios, que respondía con una caricia semejante a las valientes Misioneras.
Y con este augurio se reemprendía la navegación. Al llegar a Puntarenas en Costa Rica, un apuro para la Fundadora. Le espera el Arzobispo de San José y las autoridades: ¡No sigan, no sigan! Quédense con nosotros. A la Madre Francisca se le ensancha y se le parte el corazón al mismo tiempo: ¡Ahora no puede ser! Pero vendremos un día a Costa Rica. Al fin arribaron al puerto de Corinto en Nicaragua. Hasta llegar a Granada, en cada ciudad se repetía el recibimiento triunfal. El Colegio empezó a funcionar con los mejores augurios, y la Madre dejó asentadas allí a sus Misioneras.
Hasta que vino la persecución en tiempos del Presidente liberal Santos Zelaya. La orden fue tajante: Tienen ustedes dos horas para marchar. Custodiadas por la policía, abandonaban el querido Colegio. Enterada la Madre, les envía un cable muy escueto con esta orden: ¡A Panamá!
Pasará la persecución, y las Misioneras, ya establecidas en Panamá y Costa Rica, regresarán a definitivamente a Nicaragua, primicias de su apostolado en América Latina. Porque después vendrán Brasil, Argentina, Chile…
En una de sus visitas al Papa León XIII, —que quiere y distingue tanto a la Madre Cabrini—, el Vicario de Cristo le pone la mano sobre la cabeza, y le dice: Trabajemos, trabajemos, que después será muy hermoso el Paraíso. La Madre comentaba con gozo: ¡Tengo asegurado el Cielo! Me lo ha dicho el Papa.
Y al Cielo se iba en Chicago el año 1917.
Su sepulcro se convirtió pronto en lugar de peregrinación, muy en particular para muchos protestantes ejemplares, que, como dice una de las Misioneras, se les veía venir pidiendo la luz para discernir la verdad sobre la Iglesia Católica. Hoy los Estados Unidos veneran como Santa muy propia suya a Santa Francisca Javier Cabrini.