Los Mártires de Barbastro

5. agosto 2016 | Por | Categoria: Santos

Nos gusta mucho contemplar en estos escritos las figuras de los Santos. Y hoy vamos a disfrutar al ver cómo va a la muerte un grupo magnífico de Mártires, de los cuales decía ponderativamente el Papa Juan Pablo II después de su Beatificación: ¡Es que se trata de todo un seminario mártir!…
Efectivamente, aquellos cincuenta y un jóvenes Claretianos fueron a la muerte con una valentía, con una generosidad y con un entusiasmo desbordantes, dejándonos un ejemplo sin par de amor a Jesucristo, en uno de los martirios más clamorosos de la Historia moderna de la Iglesia.  

Era el mes de Agosto de 1936. La persecución marxista contra la Iglesia se había desatado sobre toda España con una furia diabólica. El Seminario de los Misioneros Claretianos de la ciudad de Barbastro había sido hecho prisionero en su totalidad. Encerrados en el salón de un colegio habilitado para cárcel, supieron los jóvenes que los rojos habían matado a los tres Padres dirigentes. Para que los jóvenes quedaran sin el apoyo de los mayores, el día 12 les arrebataban a los seis compañeros de más edad. Los cuarenta seminaristas quedaban así desamparados y dejados a su suerte. Esto es lo que creían los rojos. Pero aquel puñado de valientes se agigantó y preparó su martirio con todo detalle.

Las tres semanas precedentes habían sido terribles. En el salón que les hacía de cárcel los presos sufrieron toda clase de incomodidades, privaciones, insultos, halagos. Se trataba de vencer la resistencia de los jóvenes y se recurrió a todos los medios: mujeres desenvueltas, amenazas, ofrecimientos de libertad si dejaban su vocación…, y así hasta el último instante.
Hasta que, viendo la imposibilidad de doblegar a aquellos valientes, les dijeron claramente la causa de su muerte: No odiamos vuestras personas, sino vuestra profesión, vuestra sotana, ese trapo tan repugnante. Se lo quitan, y les perdonamos la vida. Pero los mataremos con él puesto, para que sea enterrado junto con los que lo llevan. Así supieron los jóvenes a qué atenerse. Morían mártires, morían por Jesucristo y nada más que por Jesucristo.

El día 12 de Agosto fue el gran día en la prisión. En este día nos legaron unos escritos impagables. Sobre todo, el estampado en un papel del chocolate que les habían traído para el desayuno. Cada uno escribió un lema, una frase que compendiaba el ideal de su vida y de su martirio. Cuarenta firmas que rubricaban un lema, un ideal por el cual habían vivido y por el cual morían ahora:
¡Viva Cristo Rey!… ¡Viva el Corazón de María!…  ¡Muero contento por Dios!…  Nunca pensé ser digno de gracia tan singular… Por ti, Rey mío, por ti mi Reina, la sangre dar… Y así todos los cuarenta.

No creemos que exista en la Historia de la Iglesia un documento martirial como éste. Y dicen los testigos: Todos estaban contentos y se felicitaban, como los Apóstoles, por haber sido hallados dignos de sufrir algo por el nombre de Jesús. Al anochecer, los candidatos al martirio se besaban unos mutuamente los pies, otros las frentes, éstos se abrazaban, aquellos lloraban de alegría ante el próximo fusilamiento…
A las 12 de la noche del día 13, irrumpían los milicianos en el salón. Leyeron veinte nombres, cada uno de los cuales era respondido con un vigoroso ¡Presente!… Algunos besaban con amor las cuerdas con que los ataban y todos dirigían palabras de perdón a los verdugos. Atravesaron la plaza, atestada de gente. Y, subidos ya al camión, iniciaron las aclamaciones entusiastas: ¡Viva Cristo Rey!… El populacho respondía furioso: ¡Muera! ¡Muera! ¡Canallas, ya veréis la que os espera en el cementerio!… Recorrieron cantando y vitoreando el camino de tres kilómetros largos. Dicen los testigos presenciales: Todos cantaban. Lo oyó todo Barbastro. Y eran inocentes como ángeles. Rechazado el último ofrecimiento de libertad si abandonaban su profesión, todos cayeron bajo las balas con el nombre de Jesús en los labios, como confesaba uno de los asesinos: Con los brazos en cruz, y gritando ¡Viva Cristo Rey!, recibieron la descarga.

     A media noche del día 15, los veinte restantes se iban al Cielo a celebrar la fiesta de la Asunción. Animados por el ejemplo de los anteriores, dejaron escrito: Morimos todos contentos, sin que nadie sienta desmayos ni pesares. Se repitieron las mismas escenas, trágicas para algunos, porque los milicianos rojos, prevenidos, iban dispuestos a no tolerar aquel “escándalo” de los ¡vivas! y los cantos, y a golpes de fusil destrozaron el cráneo de más de uno, aunque no consiguieron sino redoblar el entusiasmo de los Mártires, los cuales cumplieron a perfección su propósito:
– Iremos todo el camino cantando y dando ¡vivas! a Cristo Rey, al Corazón de María, a la Religión Católica y al Papa.
Uno de los verdugos comentaba después:
– No hay quien los hiciera callar. Por el camino iban cantando y dando ¡vivas! a Cristo Rey… Nosotros, venga a darles golpes con la culata del fusil. Y no creas que eran cuentos, porque uno, del golpe en la cabeza, cayó muerto. Pero cuanto más les pegábamos, más fuerte cantaban y gritaban ¡Viva Cristo Rey!

Tres días más tarde morían también fusilados los dos compañeros que, por enfermos, habían permanecido en el Hospital. Quedaba así completo el número de los 51 Misioneros Claretianos Mártires: 9 Sacerdotes, 5 Hermanos Misioneros y 37 Seminaristas, que en Barbastro llenaron de gloria a la Iglesia.

Jóvenes llenos de ilusión por el apostolado en la vida sacerdotal y religiosa, manifestaron antes de morir lo que iban a hacer una vez fusilados, y el Papa lo recordó cuando la Beatificación: Ya que no podemos trabajar por la salvación de las almas, haremos como Teresita del Niño Jesús: pasaremos nuestro Cielo haciendo el bien a la tierra. Bajaremos muchas veces a la tierra. Les pedimos que cumplan su propósito, y vengan ahora sobre nosotros con buenas bendiciones de Dios…

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