El Beato Luis Stepinac

27. mayo 2016 | Por | Categoria: Santos

Ocurre en pleno dominio rojo de Yugoslavia. La Iglesia es perseguida furiosamente por los comunistas. Y unos valientes muchachos, sin arredrase, dentro del Seminario, escuchan al Director Espiritual, que les dice en secreto: Sois jóvenes, y vosotros veréis a nuestro Arzobispo Stepinac elevado al honor de los altares.
La profecía se cumplió. Aquellos jóvenes seminaristas, ya sacerdotes, asistían en Roma a la Beatificación de aquel Arzobispo, juzgado por un tribunal rojo como criminal de guerra y condenado a dieciséis años de trabajos forzados, que acabaron con su salud y le merecieron el título de mártir. Todo el mundo siguió sorprendido y admirado aquel proceso del año 1946. Su figura serena destacaba en el banquillo de los acusados como la de un valiente que no se rinde ante la injusticia. A sus acusadores y a sus jueces les decía desafiante: Si no me dais vosotros la razón, me la dará la historia.

¿Qué había pasado? ¿Quién es este héroe de la fe? ¿Cómo llegó a despertar tanta admiración mientras era juzgado y condenado en aquel proceso que se hizo famoso?
Acabada la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia cayó bajo la esfera comunista de Rusia. Y, como en todos los países rojos, comenzó la persecución contra la Iglesia. Nadie ha podido llevar la cuenta de los mártires que sellaron con la sangre su fe católica. Pero el Arzobispo de Zagred tenía prevenidos a sus sacerdotes y a sus fieles. En una ordenación sacerdotal les decía a los veintidós nuevos sacerdotes: ¡Os envío a un mundo ebrio de sangre!
Y lejos de amilanarse, aquellos generosos seguidores de Cristo se fortalecían cada vez más con el ejemplo de los héroes que todo se lo jugaban por el Señor y por la Iglesia. Todos supieron de las palabras del Arzobispo a un joven sacerdote, enviado a una parroquia infestada de comunistas: Te envío a un pequeño Stalingrado. Y así fue. Mataron al párroco. A otro Cura lo hirieron gravemente. A un tercero lo dejaron inútil por tantos castigos que le infligieron. A uno más lo hicieron desaparecer con su sacristán.

Pero faltaba lo más temido y lo peor. Al fin le llega al Arzobispo la propuesta de las autoridades: -Ha llegado el momento de establecer la Iglesia nacional separada de Roma.
Stepinac rehusa enérgico: -¡No! ¡Eso no lo haré yo jamás! Porque donde está Pedro está la Iglesia.
Y vino por fuerza lo demás. Los vencedores se vieron vencidos por este Arzobispo, digno de los tiempos heroicos de la Iglesia. Uno de aquellos jefes hubo de reconocer:
– No podíamos aguantar su devoción al Papa de Roma.
Y otro confesaba la verdad:
– Si Stepinac hubiese proclamado a la Iglesia croata separada de Roma, nosotros lo hubiéramos subido hasta las estrellas.
Y como no pudieron subirlo a las estrellas, determinaron sepultarlo en el calabozo de una cárcel. Pero, a fin de dar a todo apariencias de legalidad, hubieron de montar aquel proceso que fue toda un farsa. Se le había prevenido al Arzobispo:
– Va a ser apresado, juzgado y ejecutado.
Y él, humilde y valiente:
– ¡No soy digno de recibir del Señor una gracia semejante!

En el proceso guarda un silencio que desespera a sus acusadores y jueces. Se limita a decir solamente:
– Estoy muy sereno. Mi conciencia está muy tranquila. No me defiendo ante un tribunal que obedece órdenes extranjeras. Y jamás convenceréis al pueblo croata de que yo soy un criminal de guerra. Estoy dispuesto a soportar las burlas, desprecios y humillaciones, y hasta morir por Cristo. ¡Sabed que Jesucristo es Dios y por Él estoy dispuesto a morir!

Es condenado a dieciséis años de trabajos forzados —contra las protestas de todo el mundo—, durante los cuales sufre lo indecible. El Papa Pío XII lo eleva a la dignidad de Cardenal mientras permanece en la cárcel, cambiada después por arresto domiciliario. Hasta que muera en 1960. Dos semanas antes, había escrito una carta en la que decía: Si quisiera vender mi cara y mi alma, hoy mismo tendría todos los honores. Pero está la palabra de Cristo: ¿Qué aprovecha ganar todo el mundo, si al fin me pierdo? Y deja escrito en su testamento: ¡Gracias a Dios por el don de la fe, en la cual nunca he vacilado!

Había sido condenado como criminal de guerra y enemigo del pueblo un Arzobispo que no tenía un centavo porque todo lo distribuía a los pobres, como aseguraba en su testamento: Todo lo que recibía como Arzobispo de Zagred, una vez atendidas mis necesidades personales, iba destinado a los pobres, de modo que no tengo nada que dejar.

Hijo amantísimo de la Virgen, cada año dirigía a pie durante los cincuenta kilómetros la peregrinación al santuario nacional de María Bisica, donde una vez lanzó esta arenga preciosa: ¡Prometemos permanecer siempre fieles y leales. Fieles mientras nuestros pájaros canten y nuestros ríos discurran por los campos y nuestro mar lance sus olas espumantes; fieles mientras nuestros prados permanezcan en todo su verdor y nuestros bosques nos brinden su sombra y las flores de nuestra tierra esparzan su perfume.
Y, con optimismo de profeta, les dice a dos jóvenes extranjeros que le visitan antes de morir: Decid a vuestros compañeros que tienen delante de sí un gran porvenir: los pueblos están maduros para Cristo.

¿Qué católico no se siente orgulloso de pastores y mártires como el Cardenal Stepinac?…

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