Santa Rosa de Lima

13. mayo 2016 | Por | Categoria: Santos

Pregunten ustedes en Italia: ¿Vuestra gran Santa? Y todos les contestarán a la una: ¡Santa Catalina de Siena!… Pregunten en España: ¿Y la Santa más grande? Les dirán: ¡Teresa de Avila, desde luego! Como ella no hay…  Y en Francia: ¿Y la vuestra? Oirán sin más: ¡Teresa del Niño Jesús, y antes Juana de Arco!… Pero pregunten en cualquier nación de nuestra América, y en todas partes se levantará el mismo clamor: ¡Santa Rosa de Lima!…
Y se lo responderán no sólo en Perú, sino en todos nuestros pueblos. Porque Rosa es nuestra gran Santa, la primera flor que en América se abrió a los esplendores de la gloria reconocida por la Iglesia, declarada después por el Papa como nuestra Patrona y querida por nuestras gentes con un cariño tan singular.

En el Bautismo la llamaron Isabel. Pero una empleadita que había en aquella casa humilde de once hijos, la vio tan hermosa en la cuna, le pareció ver su carita como una flor, y exclamó:
– ¡Si parece una rosa! ¡Si es una rosa!
Y con el nombre de Rosa que se quedó la chiquilla para siempre…  
Niña inteligente y espabilada, ve por la noche a su mamá pasearse en la oscuridad del jardín, y se dice:
– ¿Mi mamá a estas horas en el jardín, con lo miedosa que es?…
Pero pronto reacciona de su sorpresa:
– ¡Vah! Eso no tiene gracia. Mi mamá se pasea ahora en la oscuridad porque va agarrada del brazo de mi papá…

Esto va a ser también la vida de Rosa, que morirá joven, a los treinta y un años. No tendrá miedo a nada: ni a la vida de oración, ni a las penitencias durísimas, ni al demonio que la tentará de mil maneras, ni a la oscuridad del espíritu en que caminará mucho tiempo, ni a la soledad que se impondrá para vivir en su cabañita, ni a las habladurías de la gente, cuando unas veces digan que es una mentirosa ni cuando digan que es una santa… No tendrá miedo a nada ni a nadie, porque en la noche de su alma irá siempre agarrada y bien agarrada del brazo de Dios…

En aquellos tiempos en que la mujer no estudiaba, Rosa adquiere una cultura singular. Es una chica muy preparada, que además siente el arte, y escribe y pinta y canta… Más de un joven tiene los ojos clavados en ella, y su mamá sueña en el matrimonio más afortunado para su hija; pero Rosa, la bellísima Rosa, no quiere casarse, porque quiere darse del todo al amor de Jesús sin otros amores en medio. Y un día la mamá exclama con terror:
– Pero, hija mía, ¿qué has hecho? ¿Qué es este destrozo?…
Pues, ¡nada! Que Rosa, para que nadie se fije más en ella, agarró las tijeras y con cuatro golpes bien dados se deshizo de su rubia cabellera que parecía una cascada de oro…

Una vez contempla brincar de hoja en hoja del árbol una preciosa mariposa blanca con manchas negras.
– ¡Qué bonita! Si parece que lleva el hábito de Santo Domingo…
Y Rosa descubre así su vocación. Se va a dar a Jesús del todo, pero no entrará en ningún convento. Será seglar toda su vida, en el seno de su propia familia, aunque vestirá con gallardía el hábito de terciaria dominica.

Rosa se construye en el jardín la casita en que va a pasar a solas los días y las noches, entregada a oración continua y a penitencias durísimas. Al no poder predicar, rezaba y hacía penitencia, como el mayor de los apostolados. Sus biógrafos han puesto en labios de Rosa palabras de fuego cuando pensaba en los pecadores que quería convertir, y por los cuales oraba y se sacrificaba. Y así, se decía:
– Quisiera ir por las calles de las ciudades predicando la conversión, con los pies descalzos y el crucifijo en la mano, gritando durante la noche: Pecadores, arrepentíos; abandonad vuestros pecados. Sois como rebaños atolondrados delante de los demonios. Huid de los eternos castigos, pues no hay más que un instante entre la vida y el infierno.

En este celo por la conversión de las almas estaba el secreto de aquella vida tan austera a la que se entregó nuestra querida Santa. Aunque aquellas penitencias y oración la elevaron a ella hasta las alturas máximas de la vida espiritual, como ella misma nos dice:
– Me parece como si pasasen por todo mi cuerpo un hierro candente, como si atravesasen mi corazón con una espada de fuego. Siento que un incendio me penetra hasta la médula de mis huesos, consumiendo lentamente mi vida.

Amando así a Dios, y haciendo aquella oración y penitencia por la conversión de las almas, consumó su vida joven nuestra Santa más querida. A los que le decían que no, que no se muriese todavía, les respondió gozosa:
– ¡Qué grandes cosas os diría de lo que estoy viendo! Mañana estaré lejos de aquí. Estoy viendo la mesa del banquete eterno, y voy a ocupar mi puesto…
Clava los ojos en los de su madre, pronuncia por tres veces el nombre de Jesús, y se duerme aquel ángel para siempre…
Su cara —lo dicen todos— aparece más bella que nunca. No podía ser de otra manera. La flor más galana que ha producido el jardín de nuestra América se presentará después, en sus estampas y en sus imágenes, coronada de rosas. Son las rosas que le dedica nuestra admiración y nuestro cariño…

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