Santa Catalina de Siena

27. noviembre 2015 | Por | Categoria: Santos

Hablar de Santa Catalina de Siena es hablar de una de las mujeres más grandes que han alumbrado el cielo del cristianismo. Muchacha laica, Terciaria Dominicana, no vivirá más que treinta y tres años, pero su influencia será decisiva para la marcha de la Iglesia en el siglo catorce.
Por otra parte, sus escritos espirituales le ganarán el que el Papa la declare Doctora de la Iglesia.

Catalina, número veintidós entre sus hermanos, será la mayor gloria de Siena, ciudad culta en el mismo corazón de Italia. Es una niña vivaracha y alegre, que a los seis años va a ver cómo cambia de repente su vida, por una intervención personal de Jesucristo.
Caminando por la calle con uno de sus hermanos, ve en la altura un trono de oro y sentado sobre él a Jesús, que la mira, le sonríe, y traza sobre ella la señal de la cruz como una bendición. A partir de este momento, Catalina deja de ser niña. Comprende lo que significaba casarse, y, arrodillada ante la imagen de la Virgen, le pide:
– Madre María, alcánzame la gracia de tener por único Esposo a tu Hijo santísimo y mi Señor Jesucristo, al que tanto amo. ¡No quiero aceptar a ninguno más!.
Quiere dedicarse del todo a la oración como una monja de clausura. Pero, tiene que trabajar como otra chica cualquiera. Entonces, aprende a fabricarse una celda o un cuarto dentro de su corazón, que se ha hecho famoso. Lo han aprendido a hacer y se lo siguen haciendo hoy muchas almas. Metida en ese cuarto de su corazón, puede orar y alabar a Dios en medio de todo el trabajo del día.

A pesar de su vida mística que nadie entiende, su madre y sus hermanas se empeñan en que se case, como todos y todas, y le encargan que se arregle bien, que se pinte, que se divierta… Catalina cede. Pero se da cuenta de que Jesucristo no la quiere por ahí, El golpe de gracia le viene cuando ve morir a su hermana más querida, la que le llevaba al baile y la tenía más al día…
– ¡Se acabó! De hoy en adelante, sólo para Jesús!
Su buen padre se declara al lado de Catalina, y se impone severo:
– ¡Déjenla en paz con su Esposo Jesucristo! ¡Así intercederá por nosotros!
A todo esto, el demonio comienza a tentarla de mil maneras, a enredarla con todo y con todos, a presentarle personajes misteriosos, a atormentarla duramente. La lucha se hace intensa a más no poder, hasta que se le aparece Jesús en medio de luz deslumbradora.
– ¡Jesús! Dime, ¿dónde estabas en medio de tanta tentación mía?
– ¿Que dónde estaba yo? A tu lado, y disfrutando al ver cómo luchabas con tanta valentía.

Jesús, viendo la fidelidad inquebrantable de Catalina, se le aparece rodeado de Angeles y Santos como testigos de boda, y la desposa consigo para siempre:
–  Catalina, toma este anillo que hoy pongo en tu dedo.
Catalina contempla aquel anillo de oro purísimo, con un diamante en medio, rodeado de cuatro perlas. Nadie lo notaba, y solamente Catalina lo podía ver.

Se le aparece de nuevo Jesús ante su habitación, y le ordena:
– ¡Venga, afuera! A cumplir tu misión.
– ¿Yo? Si soy una mujer ignorante. ¿Qué voy a poder hacer yo?
– Para mí no hay hombres ni mujeres sabios o ignorantes. Tú, vete a donde yo te digo.
 Y Jesucristo le muestra algo del otro mundo, para excitar su celo por la salvación de las almas. Vuelta en sí, dice a la gente que ha acudido a su casa:
– Sí, mi alma estaba separada del cuerpo; recorrí los reinos de la eternidad; me asomé a las mansiones del infierno; vi los horrores del Purgatorio, y presencié la alegría de los santos en la gloria.

Hasta ahora han sido los pobres y los enfermos la niña de sus ojos. A ellos les dedicaba su tiempo, sus pequeños ahorritos, todos sus desvelos de mujer. Aunque, metida en su apostolado, seguía siempre en la presencia de Dios dentro de aquella su celda instalada en medio del corazón.
En adelante lo serán las pequeñas repúblicas y reinos en que se dividía entonces Italia, siempre metidas en guerras entre sí. Dios quiere que se mezcle entre las autoridades y le encarga sembrar la paz.

Su campo de acción será, sobre todo, la misma corte del Papa, que seguía en Aviñón, de Francia, con gran perjuicio de la Iglesia. Catalina se convierte en la consejera decidida y autorizada del Papa.
Catalina, una muchacha de veinticinco años, predica, habla con príncipes y reyes, escribe cartas a los personajes más encumbrados, se mete en las ciudades divididas, y todos le obedecen como a enviada de Dios.

Habla vigorosamente a Obispos y Cardenales. Se presenta en Aviñón, y el mismo Papa no puede resistir a la voz imperiosa de esta joven singular. El Papa le obedece, vuelve a Roma, y ningún Papa saldrá ya más de Roma, la sede de Pedro. Catalina es quien inventó y dio al Papa ese calificativo que se ha hecho inmortal: El dulce Cristo en la Tierra.

¿Es esto de veras el papa? Sí; como lo hemos comprobado nosotros en nuestros días, cuando en todas las Iglesias del mundo hemos recibido la visita del Papa, como si fuera el mismo Jesucristo, que en la persona de su Vicario venía a vernos para fortalecer nuestra fe.

Santa Catalina de Siena, alma toda de Dios, sembradora de paz, Doctora de la Iglesia… ¡Lo que puede hacer una joven enamorada de Jesucristo!…

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