Santa Elisabeth Seton
13. noviembre 2015 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosSi hubiera de poner un título al mensaje de hoy, lo llamaría: Una santa protestante y una católica santa. Porque esto fue Elisabeth Seton, una protestante episcopaliana santa, y, abrazado el catolicismo, una santa católica, elevada por el Papa al honor de los altares.
Nace en Nueva York, y oye de niña la proclamación de la Constitución de Estados Unidos. Elisabeth será con el tiempo una figura insigne de la Iglesia Católica, aunque conservará gran respeto por la Iglesia Episcopaliana en que nació.
Muchacha instruida, fina, elegante, muy piadosa y fiel a todos sus deberes religiosos. Sentía devoción especial a su Angel Custodio y, aprendida la costumbre en su Iglesia, inclinaba con respeto la cabeza cada vez que oía el nombre de Jesús.
Protestante aún, llevaba al cuello el Crucifijo, al que daba besos amorosos, y, de viaje en barco, dirá al llegar la prueba: En el camarote llevo colgado mi Crucifijo, y en él encuentro mi paz y mi consuelo. ¿Qué puedo temer?
Una joven así se merecía el mejor de los novios, y Dios se lo dio en William Seton, con el que se casaba para formar un matrimonio feliz de verdad. Dos niños y tres niñas alegraron el hogar. Emociona oír lo que nos dice esta mujer tan bella, apenas sentía en su seno los síntomas de la maternidad:
– Volcando en Dios mi corazón lleno de gozo, consagraba el fruto al Señor, y le decía: ¡Dios mío, es tuyo! Recíbelo desde ahora, y protégelo más tarde. Llegará un día en que te dirá con toda verdad y confianza: ¡Escúchame! Porque desde el seno de mi madre Tú eres mi Dios.
Con formación cristiana tan selecta, no es extraño lo que le dijo una vez Anita, la niña mayor, cuando no tenía más que nueve años:
– Mamá, no sé si yo iré al Cielo, porque el Señor dice que para reinar con Él hemos de padecer con Él, ¡y yo soy tan dichosa! Si muriera ahora, aún no he sufrido nada por el Señor.
Pronto sabría la pequeña lo que es sufrir. William enferma, y los médicos le mandan salir de Nueva York, infestada por la fiebre amarilla. Le recomiendan un viaje por mar, fuera de tierra firme, y, junto con su esposa Elisabeth y la niña mayor, marchan los tres para Italia, donde tienen una familia muy amiga. Llegados a Livorno, y después de sometidos a una dura cuarentena, William empeora, y, ya en el lecho de muerte, le dice Elisabeth, mujer de fe tan profunda:
– Mi amor querido, hemos entrado en la noche de Navidad, cuando nuestro amado Redentor nace para abrirnos las puertas de la vida eterna.
William —tal esposo para tal esposa— responde conmovido:
– ¡Oh, sí! ¡Me siento feliz! No necesito nada más que ir al Cielo. ¡Mi esposa querida, ruega, ruega por mí! Mis niños queridos… Mi Señor Jesús, Jesús…
Lejos de la patria, William volaba a la Gloria. Elisabeth se quedaba viuda a sus treinta y un años y con el cuidado de los cinco niños. Por unos meses, permanece en Italia con la familia de los amigos entrañables. Aunque protestante, acude cada domingo devota al culto católico. Visita a la Virgen en el santuario de Montenegro y allí se le descubre el misterio de la Eucaristía. Al elevarse la Hostia en la consagración, un protestante inglés que está a su lado le dice con ironía: -Mira lo que éstos católicos adoran y lo que llaman presencia real de Cristo.
Elisabeth siente un rayo de luz, y se dice entre lágrimas:
– ¿Y por qué no? Si San Pablo dice que “comen y beben su propia condenación, porque no valoran el Cuerpo y la Sangre del Señor», ¿cómo es esto posible si no está aquí presente el Señor?
Fue el gran chispazo. Para colmo, Anita, de nueve años solamente, le pregunta con pena: -Mamá, ¿no hay iglesias católicas en Estados Unidos? ¿Iremos a ellas cuando estemos en casa?
Además, también se le manifiesta María como Madre nuestra. Abre un pequeño devocionario, se encuentra con la oración de San Bernardo —el Acordaos, oh piadosísima Virgen María—, y dice:
– Se la recé, segura de que Dios no puede negar nada a su Madre, y segura también de que Ella, por su parte, no podía dejar de acoger y amar a las pobres almas por las que su Hijo había sufrido tanto. Mientras rezaba, sentí que yo tenía realmente una Madre.
Ya de regreso en Estados Unidos, Elisabeth deja el protestantismo, con sacrificios heroicos, y entra en la Iglesia Católica. Después de su primera confesión, escribía: ¡Qué imponentes las palabras de la absolución, que han roto las ataduras de una cautividad de treinta años! Al pronunciarlas el sacerdote, me parecía que se soltaban mis cadenas y caían como aquellas de San Pedro en la prisión cuando le tocó el ángel del Señor. Ella hablaba de treinta años de pecado, aunque no serían muy grandes los de un alma tan selecta…. Su Primera Comunión fue también algo extraordinaria.
Abre para la niñez una escuela, que se convertirá después en institución parroquial permanente, y que hará un bien incalculable a la Iglesia norteamericana. Ya Fundadora, cuando parecerá imposible compaginar su vida religiosa con la responsabilidad de sus cinco hijos, dice resuelta:
– ¿Un tutor para mis hijos? ¡No! Porque el mejor tutor del mundo no puede suplir jamás a una madre.
Ésta es Elisabeth Seton: una santa mujer protestante, que, convertida en una católica santa muy grande, es modelo de fe, devoción y apostolado. Muerta a sus cuarenta y cinco años, constituye una de las glorias más puras del Cristianismo en América.