San Ignacio de Loyola
6. noviembre 2015 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosNo resulta muy difícil presentar a un Santo como Ignacio de Loyola. Lo que resulta difícil es decir en pocas palabras todo lo mucho que hay que contar de uno de los hombres que más han influido en la Iglesia moderna.
Nombrar a Ignacio de Loyola es lo mismo que traer a la mente los Ejercicios Espirituales; imaginarse la Compañía de Jesús; ver el mundo sembrado de Universidades y Colegios prestigiosos; contemplar misiones florecientes en las avanzadas de la Iglesia; encontrarse las bibliotecas saturadas de libros debidos a la pluma de jesuitas sabios… Nombrar a Ignacio de Loyola es revivir uno de los momentos más trágicos de la Historia de la Iglesia, en los cuales Dios interviene de modo manifiesto con este Santo excepcional…
Ignacio de Loyola es un soldado español de principios del siglo dieciséis. No le vamos a llamar malo, ni mucho menos. Es un caballero que sueña en grandezas, aventuras y amores. Valiente, arrojado, luchador. Así, hasta los treinta años.
En el sitio de Pamplona, es herido por una granada que por poco se le lleva una pierna. La convalecencia, en su propia casa solariega, le resulta aburrida. Pide libros de caballería, las novelas de aquel tiempo, y no los halla a mano. Cae entonces en sus manos la vida de Jesucristo e historias de los Santos. Se le abren los ojos, y empieza a soñar:
– Pues esto que hizo Santo Domingo, esto que hizo San Francisco, yo lo tengo que hacer también por Jesucristo…
Cojeando todavía, y montado en su cabalgadura, se lanza en busca de aventuras divinas. Desde su país vasco llega hasta cerca de Barcelona. Ante la Virgen de Montserrat se pasa la noche velando las armas de caballero. Se confiesa de toda su vida, y en la vecina ciudad de Manresa toma por morada una cueva, donde se entrega a la penitencia y a la oración. Aquí escribe ese librito tan pequeño de los Ejercicios Espirituales, que ha convertido y llevado hacia la santidad a innumerables almas.
Antes que nada, Ignacio realiza su sueño de visitar Tierra Santa. En Jerusalén le ha emocionado la capillita que cubre la losa en que se dice estuvo Jesús cuando la Ascensión. Baja del Monte de los Olivos y debe ir pronto al convento franciscano donde se le espera para regresar a España. Pero entonces se le ocurre pensar: Y la señal de los pies de Jesús, ¿hacia dónde está? ¿hacia el Este o hacia el Oeste? No lo recuerda. Se sube otra vez al monte, y el musulmán que guarda la capilla no le quiere abrir. Ignacio lo consigue regalándole su pluma de escribanía, buena, de mucho valor. Baja corriendo, porque llega tarde, y quienes lo esperaban lo atan en castigo y lo llevan con sogas por la calle. Ignacio da brincos de alegría, porque al fin ha podido comprobar hacia dónde estaban dirigidos los pies de Jesús en el momento de la Ascensión. ¡Así de afectivo y tierno era el amor de este hombre tan recio hacia Jesús!
Hombre sin letras, empieza a estudiar el latín entre los muchachitos. Después, la filosofía, la teología y todas las ciencias sagradas en las universidades de Alcalá, Salamanca y París. Por los Ejercicios que da, se le persigue como iluminado y hereje. Lo encarcelan, lo azotan, pero Ignacio, con un carácter más duro que el bronce, no se doblega ante nada. Al contrario, es lo que él busca: ser perseguido y despreciado por amor a Jesucristo. Encarcelado, dice con gozo inexplicable:
– No hay tantas cadenas en Salamanca cuantas son las que yo quisiera llevar por Jesucristo.
En la universidad de París dirige sus Ejercicios Espirituales a varios compañeros. Sabe seleccionarlos bien para la obra en que sueña: -¿Por qué no conquistar todo el mundo para Jesucristo?…
Con cuatro españoles más, con un saboyano y un portugués, tiene el puñado que necesita para echar adelante sus planes. Destacará entre todos ellos Francisco Javier, el apóstol de la India y del Japón. En el santuario de Montmartre hacen sus votos en el día de la Asunción de la Virgen.
Después, marchan a Roma para ponerse a disposición del Papa. Ahora que está toda Europa ardiendo con la herejía de Lutero, Ignacio va a ser en manos de Dios el dique de contención que se va a oponer a la falsa reforma protestante. Contra rebelión, obediencia total al representante y Vicario de Jesucristo.
Cuando el grupo está ya cerca de Roma, se aparece el Señor a Ignacio y le promete:
– En Roma os voy a ser totalmente favorable.
Ignacio, por su parte, piensa en el nombre que va a dar a la Orden que nace, y se le ocurre el de Compañía de Jesús. No lo va a cambiar por nada. Quieren ser él y los suyos unos amigos de Jesús, vivir siempre en su compañía, no separarse de Jesús jamás. Por otra parte, el nombre de Compañía lo tomarán muchos como sinónimo de cuerpo militar, disciplinado, luchador, siempre a las órdenes de Jesucristo, representado por su Vicario en la tierra, para librar todas las batallas del Reino.
El Papa los recibe, les da su bendición, los aprueba como nueva Orden en la Iglesia. Uno tras otro, van siendo ordenados de sacerdotes. Se dedican con ardor a catequizar a los pobres, a servir en los hospitales, a predicar al pueblo, a confesar en las iglesias. Muy preparados científicamente, son un espejo de virtudes sacerdotales para el clero.
Con estos sacerdotes de la gloriosa Compañía empieza la verdadera reforma de la Iglesia. Ignacio los lanza por las universidades, funda colegios, los gobierna sabiamente.
Al morir en 15506, dejará firmemente establecida su Compañía, que será en manos de la Iglesia una fuerza poderosa, incondicional, madre de incontables santos y apóstoles, siempre perseguida por los enemigos de Jesucristo y siempre vencedora, para la mayor gloria de Dios…