Santa Margarita de Cortona

30. octubre 2015 | Por | Categoria: Santos

Entre los Santos escogidos para presentarselos, habrá muy pocos que le ganen en simpatía a la Santa que hoy traemos a nuestro recuerdo.
Son muchas las Santas que llevan el nombre de Margarita. Pero, entre tantas Margaritas, no creemos haya ninguna que se gane el cariño como Margarita de Cortona, pecadora grande y santa grandísima.  
Su mensaje será perenne mientras haya en el mundo pecadores, porque a todos estará diciendo:
– Tanto o más pecadora fui yo, y ya veis las maravillas que Dios hizo en mí… La gente me llamaba la nueva Magdalena, y el mismo Jesús me dio el nombre de Espejo y madre de los pecadores…

Margarita nace en el corazón de Italia, cerca de la patria de Francisco de Asís, muerto hacía sólo veinte años.
Margarita es una flor bella, surgida en el jardín de una familia campesina, humilde pero rica en virtud cristiana. Muere la mamá, y Margarita se va a encontrar ahora con una madrastra fatal. La niña de ocho años, que es todo candor, va perdiendo todos sus encantos, y, ya muchacha de dieciocho años, se escapa un día con un amante que la seduce.
El joven marqués es rico, dueño de un castillo que parece de hadas, le promete un matrimonio que nunca llegará, y Margarita cae en la trampa. La voz de la conciencia no le deja parar:
– ¡Cuidado, que eso no lo puedes hacer!…
Voz que se hace más fuerte con la tragedia de la primera noche. La barca en que atraviesan el ancho río comienza a zozobrar, se hunde, y el marqués, nadando, a duras penas puede salvar a su querida.

Nueve años viven juntos, entre riquezas, placeres, pasatiempos, fiestas…
Le nace a Margarita un niño, y pareciera estar en el colmo de la felicidad. Pero no puede con los remordimientos de su conciencia: Que estás viviendo mal… Que no puedes seguir así… Que deberías casarte…
Para acallar estos gritos de la conciencia, reparte dinero a puñados entre los pobres, aunque nada consigue… Con todo, a pesar de su pecado, es un alma noble, bella por demás, reza mucho, y ama a Jesús…

Dios está al tanto.
Un día marcha el marqués a recorrer sus posesiones, acompañado de su perro favorito. Tarda dos días en volver, y Margarita empieza a angustiarse. Llega el perro con ladridos lastimeros, y comienza a lamer las sedas de su dueña, invitándola a seguirle. Margarita se lo teme todo. Sigue al perro fiel, se adentra en el bosque, y, de repente, lanza un grito desgarrador:
– ¡Dios, mío! ¿Qué es esto?…
Bajo una encina, sus ojos despavoridos contemplan, cosido a puñaladas, el cadáver de su amante…

La tragedia se va a convertir en una bendición. Margarita no es mala. Sencillamente, ha sido débil.
Tiene un corazón de oro. Hace tiempo que busca a Dios, se hace ahora con Él, y ya no lo soltará nunca.
Dios, por su parte, se va a volcar sobre ella para colmarla de sus mejores gracias.

Margarita regresa al castillo opulento. Recoge a su niño, y, valiente y humilde, regresa a casa de su padre, que la acoge con amor. Pero la fatal madrastra, recomida de envidia, la expulsa con violencia:
– ¡Tú, pecadora, mujer escandalosa, fuera de aquí!
Margarita, humillada, pero con el corazón firme y confiada en Dios, toma consigo al niño y se aleja del hogar de su niñez.

Llega a la ciudad de Cortona, y allí se confía a la dirección espiritual de los Padres Franciscanos, que pronto descubren en aquella joven mujer de veintisiete años un alma privilegiada. Allí se le aparece un día Jesús, y le dice:
– Margarita, pobre pecadora mía, ¿qué quieres de mí?
Y Margarita, que ha descubierto lo que es el amor de Dios, contesta generosa:
– ¡Nada! Yo no quiero ni busco nada sino a Ti.
Jesucristo se va a dar a Margarita con esplendidez divina. Y le descubre su misión:
– He dispuesto que seas como una red para los pecadores. Quiero que el ejemplo de tu conversión predique la esperanza a los pecadores desesperados, para los que tengo siempre abiertos mis brazos.
Margarita, dada continuamente a la oración y a la penitencia, oye de Jesús requiebros inefables:
– Margarita mía…, Margarita, hija mía…, Margarita, esposa mía… Glorifícame, y yo te glorificaré. Interésate por mis cosas, y yo me interesaré por las tuyas.

El primer interés de Margarita es, naturalmente, su hijo, y Jesús está mirando por él. El niño crece, y, ya mayorcito, es admitido como franciscano en el convento. Margarita se hace también Terciaria Franciscana, y vive plenamente el espíritu del Pobrecito de Asís.

Los pobres y los enfermos la cautivan. Funda un hospital, llevado por ella misma y por otras compañeras también Terciarias. Al presentir su muerte, toda la ciudad de Cortona quiere despedirla y pedirle un testamento espiritual. Margarita, encantadora como siempre, está llena de optimismo, y les dice a todos:
– ¿Mi testamento? Bien sencillo. El camino de la salvación es muy fácil: basta con amar.

Y amando a Jesús, se deshoja en la tierra, para florecer en el Cielo, ésta Margarita preciosa, que antes había sido pecadora, pero que, a base de mucho amor, se ha convertido en una grandísima santa.

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