San Benito José Labre
9. octubre 2015 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosTengo la plena seguridad de que, al proponer hoy a San Benito José Labre, dirán casi todos ustedes:
– ¿Y quién es ese Santo? Nunca lo hemos oído.
Y, sin embargo, tiene para nosotros un mensaje muy especial.
¿Sabemos quién es ese pobre hombre, el mendigo vagabundo, cargado de miseria, que nos tiende la mano pidiendo una limosna?… Lo solemos depreciar. Le atendemos de mala gana. Y, a lo mejor, es un santo de la talla de Benito José Labre, que fue esto: un pordiosero.
Nace en Francia, el mayor de quince hermanos, en el seno de una familia que vive del trabajo en su pequeña granja y de la tienda de mercería.
Benito José, con una seriedad y una madurez impropia de sus años, empieza el estudio del latín. Sueña en hacerse monje de la Cartuja o de la Trapa, los religiosos más duros, austeros y penitentes que hay en la Iglesia.
Pero va de fracaso en fracaso. Cuatro intentonas, y cuatros salidas. La última vez lo despiden los superiores porque querían ver en él más santidad y menos inquietud y menos desequilibrio… Cómo se pueden equivocar los hombres, ¿verdad?… ¡Si hubieran adivinado la madera de santo que se escondía en aquel joven tan movido!…
Benito José piensa en una vida pobre, penitente, dura, de gran oración, para rogar y sacrificarse por la salvación de todos, en unión de Jesucristo Crucificado.
Y adivina dónde puede encontrar un género de vida semejante:
Tirarse a la calle y a los caminos, confiarse a la Providencia de Dios, ser igual que los pordioseros que no tienen nada, y así hasta que Dios disponga de él…
Un crucifijo al pecho, el rosario siempre en la mano, y en una bolsa de tela burda todos sus haberes, que consisten en tres libros: El Nuevo Testamento, la Imitación de Cristo y el Breviario para rezar.
Por toda comida, un trozo de pan seco y unas hierbas, y nada más.
Si alguien se compadece de él y le da algo, lo reparte a los primeros mendigos que encuentra: es un mendigo señor, que da de lo poquísimo que a él le dan.
Duerme siempre al aire libre, a los pies de un árbol, recostado en una valla, bajo un puente, en el quicio de una puerta o al cobijo de una escalera…
Igual, igual en todo que los mendigos más pobres…
Así recorre media Francia, Europa central, y hasta Montserrat y Santiago de Compostela en España. Cubierto siempre de la inmundicia de los pordioseros de entonces y de insectos molestos y asquerosos, inspira sin embargo respeto y devoción. En Alemania le miran con temor religioso, y en Italia le llaman el santo francés.
Por fin, viene a parar en Roma, donde algún rincón de las ruinas del Coliseo será su dormitorio normal. De Roma ya no saldrá más que para visitar cada año a la Virgen en el santuario de Loreto, en el que una de las veces le dice uno de los capellanes:
– ¿No ve que no puede dormir sobre las baldosas frías y con esta corriente, que puede matarle?
– No se preocupe. Los pobres dormimos donde nos pilla la noche. No necesitamos buscar una cama cómoda. Además, me gusta estar a solas con mi Dios…
Una vez se le pregunta con curiosidad:
– Oiga, ¿puede decirnos de qué sustancia está hecho su corazón?
Y Benito José, sonriente, da una respuesta colosal:
– De fuego para Dios, de carne para el prójimo, y de bronce para conmigo mismo.
La alegría es una compañera suya inseparable. No en todas partes se le venera ni todos le tienen el debido respeto a una persona. Los desprecios que cosecha van a la par de la admiración que suscita. Pero nadie le arrebata la paz de su alma y la luz que irradia su rostro. Una vez está sentado a la vera del camino comiendo su consabido trozo de pan duro. Pasan unos muchachos y se burlan con gusto de él. Pero Benito José, tranquilo, sin inmutarse, riendo:
– ¿Quieren ustedes un pedazo de este pan? Les aseguro que está muy bueno. ¡Pruébenlo!…
Los burlones y presumidos estudiantillos han de reconocer que aquel mendigo era demasiado rico y totalmente feliz con Dios…
Ese Dios que le honra con el don de milagros. Como aquél. Al pasar por una casa junto al camino, oye los gritos desesperados de una mujer, cuyo niño está agonizando. José Benito entra con paz, pone la mano sobre la cabecita del pequeño, y le dice a la mamá:
– Señora, cálmese. Su hijo ya no llorará más. Y usted tampoco.
El niño estaba perfectamente curado. Quien estaba mal, a sus treinta y cinco años, era Benito José.
El 16 de Abril de 1783 corre por toda Roma la voz dolorida:
-¡El santo ha muerto! ¡El santo ha muerto!…
El día anterior se había desvanecido sobre las escaleras de la iglesia de Santa María del Monte, y, recogido por un carnicero que se lo llevó piadosamente a su casa, desde ella volaba al Cielo, mucho más rico que el pobre Lázaro de la parábola del Evangelio… ¡Un pordiosero! Benito José Labre. Un pordiosero que puede esconder muchas riquezas divinas…