San Pedro Betancur
24. julio 2015 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: Santos¿Queremos presentar al primer Santo centroamericano?… ¡Qué difícil va a ser encuadrarlo en unas líneas, en pocas palabras, y en unos minutos!… Pero, en fin, probemos de decir alguna cosa…
Es el 18 de Febrero de 1651. Apenas divisa desde la altura la ciudad de Guatemala —la Antigua—, extendida a sus pies, el emigrante que llega desde las Islas Canarias cae de rodillas, besa la tierra en la que va a echar hondas raíces, y siente un estremecimiento terrible. En ese preciso instante, un fuerte temblor sacude el suelo desde o más profundo. Dos, tres, varios temblores tremendos. Son las dos de la tarde, y hasta las dos de la noche y hasta el día siguiente serán cuarenta y seis los temblores que van a sacudir la ciudad, con derrumbes de casas y destrozos en sus muchas iglesias… Pedro Betancur, .el joven que acaba de llegar, con veinticinco años encima, comienza a lamentarse:
– ¡Ay, Señor, Señor! ¡Yo veo que por entrar un tan gran pecador como yo, envías este castigo a la ciudad!
¡Pobre muchacho! En su humildad, no sabe que con su llegada a Guatemala Dios traía la mayor bendición a nuestras tierras. El Hermano Pedro, que así se le llamará siempre, será el primer Santo centroamericano que escalará los altares.
En la Antigua va a ser durante dieciséis años, desde 1651 a 1667 en que morirá, el animador más ardoroso de la vida cristiana. Nunca será religioso. Será siempre un seglar, aunque lleve el hábito de Terciario Franciscano.
Desde un principio, trabajará incansable en la reconstrucción de iglesias y en la erección de las célebres estaciones del Viacrucis. Se hará pronto famoso por su vida de oración, por sus penitencias, por su caridad inagotable, por su celo de la salvación de las almas.
Y lo primero que nos viene a la imaginación es la famosa campanita en sus manos. A mitad de la noche, El sereno de Dios, como lo llaman todos, va haciendo resonar por las silenciosas calles el tin tin de la campanilla, pidiendo oraciones por las almas del Purgatorio, pero, sobre todo, imponiendo a los somnolientos vecinos un momento de reflexión, con su archisabida coplilla:
Acordaos, hermanos, – que un alma tenemos, – y si la perdemos, – no la recobramos.
Esta letrilla fue un sermón inolvidable, que ha hecho historia y ha llevado tantas almas al Cielo… En las imágenes y estampas que después se han trazado del santo, no puede faltar la campanita en la mano, pues le faltaría, diríamos, un elemento esencial…
Hombre de oración profunda, enseña a rezar y hace rezar a todos.
Las coronillas de muchas avemarías a la Virgen las rezaba todo el mundo.
Cada sábado organizaba una procesión por la noche, todos con teas encendidas en la mano, para ir rezando el Rosario por las calles y estimular esta devoción mariana, que se extiende mucho más allá de Guatemala por iniciativa del Hermano Pedro. Se dirá con razón del Santo Hermano:
-Le ganarán en letras, pero en amor a la Virgen, no.
Las muchas procesiones a las que asiste, y las que organiza él mismo, son todas un ejercicio de oración, porque en ellas no cesan ni un momento las plegarias y los cantos. Aunque él prefiere otra cosa, y enseña a todos:
– ¿Saben lo que es estar en la presencia de Dios? Es pasarse todo el día y la noche alabando a Dios, amando a Dios, trabajando por Dios, comunicándose con Dios.
El misterio del Niño Jesús de Belén lo tiene loco. Eran famosas sus Posadas o Pesebre viviente, en el que participaba la gente de más postín, a invitación del Hermano Pedro, que les decía a todos:
– Hermanos míos, por amor del Niño Jesús, pierdan el juicio al llegar la Navidad.
Como lo perdía él también, aunque entre muchas lágrimas, al practicar la devoción a Jesús Crucificado. La Pasión del Señor le conmovía, y con ella conmovía a todos, a los que aconsejaba: En el santo Calvario tendrá una cátedra donde aprender, y donde recrearse siempre con la cruz de Cristo.
Y más lo perdía aún ante el Santísimo Sacramento, del que cantaba con una de sus letrillas famosas:
Yo no puedo más – con este misterio. – Ya que pierdo el juicio, – Dios me dé remedio.
Una vez salía del Hospital y al pasar delante de una iglesia ve que estaba expuesta la custodia. Se arrodilla, y le dice al compañero: Vaya a hacer los encargos, que pronto volveré al Hospital. Clava los ojos ante el Santísimo y le pasan inadvertidas varias horas. Al fin vuelve en sí, y se le quejan los suyos: ¿Qué ha hecho, Hermano, y por qué nos ha dejado solos? Les contesta humilde: Perdónenme. No está en mi mano. En viéndome ante el Santísimo Sacramento, «me pierdo» y salgo fuera de mí, olvidado de todo.
¿Y qué decir de su caridad con los necesitados?
Fue todo un héroe: con los niños, para enseñarles las primeras letras; con los enfermos, para cuidarlos en el Hospital fundado por él mismo; con todos los pobres, para remediarlos siempre, y de manera prodigiosa, si hacía falta.
El Obispo dio orden a su Mayordomo: Ponga a disposición del Hermano Pedro cuanto él necesite para atender a los pobres, que son también míos. Pero el Obispo recibió este consejo prudente: Vaya con cuidado, que no sabe lo que dice. Esta generosidad con el Hermano Pedro a usted le llevará a la ruina.
El Hermano Pedro está hecho para nuestra América como anillo al dedo. Responde a todas las ilusiones espirituales de nuestras gentes: a nuestra religiosidad popular, a nuestras devociones más queridas, al amor acogedor que nos caracteriza y nos distingue. ¡Qué santo y qué modelo nos regaló Dios!…