San Juan Bautista María Vianney

9. octubre 2025 | Por | Categoria: Santos

¿Por dónde empezamos y por dónde acabamos al querer hablar de San Juan Bautista María Vianney, el Cura de Ars?… Su vida de Párroco la pasa sin moverse durante cuarenta y dos años en un pueblecito francés de 380 habitantes, en Ars. Pero está tan llena de anécdotas, de milagros, de luchas con el demonio, de conversiones, que se necesitan horas para decir algo nada más de lo mucho que habría que contar.

Juan Vianney es un campesino de familia pobre. De niño, cuida del burro y de tres ovejas. De mozo, tiene que arar el campo. Lleva consigo una medalla que pone al borde del campo, y al llegar allá con al arado o el azadón, la Virgen se lleva un beso muy fuerte… Es un joven tan bueno, que más de una vez dijeron a su padre: Pero, ¿por qué no metes a tu hijo en el seminario para que sea cura?… El caso es que un día fue al seminario. Y lo despidieron al fin porque no había manera de meter el latín en aquella cabeza.
Un sacerdote bueno, paciente, abnegado, toma por su cuenta el prepararlo. No había manera. El estudio no estaba hecho para joven semejante. No se le quería ordenar de sacerdote por estas sus limitaciones intelectuales. Y se ha hecho célebre el diálogo del Vicario General de la Diócesis de Lyon, que se decidió a admitirlo a la ordenación: ¿Es piadoso? ¿Reza el Rosario? ¿Tiene devoción a la Virgen? Le contestan convencidos: Sí, es un modelo de piedad en todo. -Pues, entonces, yo lo recibo: Dios hará el resto.  Y Dios lo hizo, ¡vaya que si lo hizo! Las catequesis del Cura de Ars se hicieron famosas: hablaba sereno, directo, seguro, con gracia. Y en el confesonario dominaba la moral como un doctor.

Cuando llega a la Parroquia de Ars, pueblo que no alcanzaba los 400 habitantes, no se encontró con enemigos, ni descreídos, ni con gentes de mala voluntad. Sencillamente, eran ignorantes y abandonados casi del todo en sus prácticas religiosas. El Cura, se pregunta: ¿Por dónde empiezo? Y la respuesta se la formuló inmediata. Primero, muchas horas de oración ante el Sagrario, y muchas penitencias. Después, a visitar con amor todas las casas y a conocer una por una todas las ovejas. Luego, a desarraigar los cuatro grandes males del pueblo: la ignorancia religiosa de todos; las cuatro tabernas que dejan a las familias sin dinero por la bebida y el juego de los hombres; el baile que estropea a la juventud; y la profanación del domingo, porque se trabaja y no se va a Misa.

Después, vendrá lo demás, aunque se empezará a practicar todo desde el principio: fortalecer las cofradías piadosas; llevar las almas a la Confesión y a la Comunión, y ayudar todo lo posible a los pobres.
A los de las tabernas les decía: La taberna o el bar es la bodega del demonio y la escuela donde el infierno enseña su doctrina, donde se juegan las almas y se arruina la economía doméstica, donde se estropea la salud, donde comienzan las disputas y de donde salen los asesinatos.
A los del baile: Los que entran al baile dejan su ángel de la guarda en la puerta y se llevan en su lugar un demonio, de suerte que no tarda en poblarse la sala de demonios, tantos como bailadores.
A los profanadores del domingo: Hay dos maneras de hacerse pobres: robar y trabajar el domingo.
El caso es que con tanta oración y penitencia, arremetiendo contra estos vicios, y llevando a las almas a los Sacramentos, el santo Cura podía expresar después la mayor alegría de un Párroco: -Ars ya no es Ars. Y el alcalde afirmaba a su vez: Tenemos una iglesia pobre, pero un Cura santo.

Pero el demonio comenzó a hacerle una guerra inaudita. Junto con San Antonio Abad, no se sabe que haya habido santo con una lucha tan fiera, y sostenida por tanto tiempo con el demonio, como la del Cura de Ars. Por la noche empezaba a retemblar la casa. Gritos, imprecaciones, todo por tierra… Una noche se le presenta un parroquiano con el fusil: ¿Qué pasa, Padre? -¿Lo has oído, verdad? No harás nada con el fusil. Es el demonio… No te preocupes, cuando el demonio mete tanto ruido, señal de que viene algún gran pecador a confesarse. De esta manera suele avisarme… Al principio, Juan Vianney le tenía mucho miedo, cuando el demonio le decía: ¡Ha llegado el tiempo de ir al infierno! Y entonces el pobre Cura, tan humilde que se consideraba un gran pecador, le pedía a Dios: Dios mío, si no te voy a amar en el infierno, que al menos te ame ahora todo lo que pueda… Pronto aprendió a reírse del demonio, que con una invocación a la Virgen, una señal de la Cruz, o con un poco de agua bendita se desespera y huye acobardado…

Ahora vienen muchos años en que Ars se va a convertir en un centro de peregrinación de toda Francia y de toda Europa. Llegaban peregrinos a confesarse desde todas partes. Juan Vianney se levantaba a la una de la noche para hacer su oración. Antes del amanecer, ya estaba en el confesonario. A las siete celebraba la Misa, hacía la acción de gracias, y otra vez al confesonario. Hasta las once en que comenzaba sus famosas catequesis. Tomaba después un ligero alimento, y al confesonario de nuevo. ¡Hasta dieciocho horas diarias atendiendo a los penitentes, que se llegaron a calcular al final en muchas decenas de miles al año… ¡Dieciocho horas de confesonario diarias!… Los penitentes se le apretujaban al lado, y le costaba a veces media hora el atravesar los pocos metros que hay entre la iglesia y la casa cural.

Un gran pecador acepta el desafío del amigo: -¿Por qué no vas a Ars? -¿Yo? ¿Y a qué voy a ir yo allí? No tengo nada que decirle a ese Cura. -Bien, prueba. Nada pierdes. Y fue, y allí descargó su conciencia. Regresa, y comenta escueto: Vengo de ver a Dios… Otro caballero, presumido, se clava entre los penitentes que hacen cola en la calle, y se dice despectivo: A ver qué dice este Cura…. Al atravesar la calle el Párroco se detiene ante el soberbio perro de caza: ¡Qué perro tan bello! Ojalá usted gastase tantos cuidados con su alma como los tiene con este perro… El cazador quedó cazado para Dios…
Es todo lo que ha hecho Juan Bautista María Vianney: arrancar almas y almas al infierno para llevarlas a montones a Dios…

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