San Roque
23. octubre 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosPero, ¡qué tendrá el bendito de San Roque para haberse convertido en un Santo tan popular!… Capillas, a montones. En muchas iglesias, su imagen es indefectible. Y lleva seis siglos siendo invocado con devoción por los fieles. ¡Qué tendrá el bendito de San Roque!…
La vida que conocemos de Roque está mezclada de historia y de leyenda. Cuando ya se había hecho un hombre tan del pueblo, la gente quería saber cosas y más cosas de él. Y si no le decían cosas ciertas, se inventaba las que le venían bien. Y las mismas cosas ciertas las adornaba con flores brotadas de la fantasía más frondosa.
Nace Roque en el sur de Francia allá por los años de 1350. Y su nacimiento fue un milagro. Porque, ¡hay que ver cómo sus padres soñaban en un hijo! Al gobernador provenzal no le servían de nada sus muchas riquezas y a la esposa no le llenaban para nada las fiestas de la gente noble. ¡Un hijo, un hijo, porque ya nos empezamos a envejecer!… Pero el hijo no llegaba. Hasta que al fin estalló la noticia entre el pueblo, que gritaba jubiloso: ¡Nuestro gobernador va a tener un hijo!…
Así fue. Y el niño venía señalado por el prodigio. Como en el nacimiento de Juan el Bautista, la gente se decía: ¿Y quién pensáis que va a ser este niño? Pues la mano de Dios está con él… Efectivamente, nadie se explicaba aquella cruz roja que aparecía en el pecho y espalda de niño tan singular.
El niño y el joven Roque pasó una vida desahogada, risueña y placentera en medio de gente rica, de la que sabía montar a caballo, guerrear, y divertirse entre los trovadores, galanes y damas de las familias nobles medievales.
Nada le faltaba a Roque, pero nada tampoco le llenaba el corazón. Dios le va a allanar el camino para su vocación futura. No piensa para nada en meterse dentro de un monasterio o empezar la carrera eclesiástica, que le hubiera hecho escalar altos puestos en la jerarquía… No piensa en nada de eso, pero tampoco la vida mundana le dice nada. Muere su padre, y la madre le va seguir pronto en su día último. Roque tiene veinte años, y se pregunta:
– ¿Y ahora, qué? ¿De qué me va a servir para la vida eterna tanta riqueza, si al fin también lo habré de dejar todo? ¿Y los pobres de Cristo? ¿No será mejor depositar todo en sus manos, para hacerme con un tesoro en el Cielo, conforme a lo que el Señor me dice en el Evangelio?…
Mucho se ha discutido por los historiadores a ver si Roque fue Terciario Franciscano. Quizá, si; quizá, no. Pero una cosa es cierta: que siguió al pie de la letra el ejemplo del Pobrecito de Asís.
Las cosas buenas no se piensan dos veces. Un día vende todo lo que tiene, entrega el producto a los pobres, se viste de burdo sayal, se echa encima un sombrero basto de amplias alas, y se lanza a recorrer las tierras del sur de Francia y las de Italia como peregrino de Dios.
¿Hacia dónde?… Lo primero que tiene en la cabeza como destino es Roma. En Roma está el Papa, Vicario de Jesucristo… En Roma está el sepulcro de Pedro, centro de peregrinaciones de toda la Cristiandad, como Jerusalén o Santiago de Compostela… En Roma los lugares santificados por tantos mártires…
Pero antes de llegar a Roma se encuentra con una realidad alarmante: la peste se ha cebado en todas las poblaciones y está causando estragos. Era el mal de aquellos tiempos de la Edad Media, y, cuando se echaba encima, todos sabían que podían tener los días contados. Se levantaban con salud por la mañana, y por la tarde eran cadáveres…
Roque, cuando ve el panorama, no lo duda un instante. -¡Aquí es donde me quiere Dios!… Era la respuesta de las almas heroicas. Era la ocasión de poner en práctica aquello del apóstol San Juan: Tenemos que dar la vida por los hermanos…, pues, como había dicho Jesús, no hay amor más grande que entregar la vida por el amigo…
Roque no pone límites en su entrega: visita enfermos, los asiste en los hospitales, les presta los servicios más humildes y repulsivos, carga los cadáveres y los lleva hasta el cementerio… Reza, consuela, infunde ánimos, se hace todo para todos.
Así es como Roque va recorriendo Italia y así llega a Roma, donde hace lo mismo que en las otras partes, hasta que el cólera se aleja. Por tres años permanece allí, pidiendo limosna como un pobre, y lo es, porque no tiene nada. Visita las Basílicas, dejando en ellas mucha devoción. Sigue atendiendo siempre a los enfermos en los hospitales. Hasta que Dios le quiere regalar de verdad la cruz presagiada en el pecho y la espalda del niño recién nacido…
Contrae en la pierna una enfermedad dolorosa, repugnante e incurable. Abandonado de todos el que a todos había servido, se interna en el bosque en compañía de su perro fiel, único amigo que no le falla. La leyenda más piadosa nos ha pintado siempre a este perro con un pan en la boca —traído nadie sabe de dónde— con el que Dios alimenta a su fiel siervo…
Quiere regresar a su tierra natal después de bastantes años, pero se le toma como un vagabundo peligroso o un espía, y da por varios años en la lobreguez de la cárcel. Nadie le reconoce. Hasta que muere y entonces se dan cuenta de que Roque, aquel Roque joven y gallardo, era un santo de mucha categoría. Empieza su invocación. Empiezan los milagros. Empieza a ser conocido en todas la naciones de Europa… Y cuando se echa la peste sobre los pueblos, todos saben que en Roque tienen ante Dios un intercesor poderoso.
Roque, intercesor ante Dios contra el mal de la peste. Hoy, ese mal está vencido. La medicina moderna lo ha desplazado totalmente del mundo. Pero, ¿y la peste moral? ¿No necesitaremos protectores que nos libren de males peores, mucho peores que aquellas pestes medievales?…