Santa María Magdalena de Pazzi

19. junio 2025 | Por | Categoria: Santos

¿Por dónde empezamos para presentar a Santa María Magdalena de Pazzi? Es una de esas almas místicas, cuya vida no entendemos. Dios las escoge para obrar en ellas maravillas y a nosotros no nos toca más que admirar la obra de Dios. Y Magdalena de Pazzis es extraordinaria de verdad.
Pero una cosa sabemos con toda certeza: que su vida está toda centrada en un amor a Dios y a Jesús tan grande, que estremece cuando grita: ¡Oh amor, oh amor! Y hablando de Jesús gritaba inconscientemente: ¿Sabéis? Está loco. Le ha vuelto loco el amor. Es todo amor, sólo amor, este mi hermoso, mi amable, mi gracioso, mi poderoso, mi inefable, mi adorable Jesús.
Y nosotros, que aprendemos de ella este amor, le queremos responder:
– ¡Así, así como tú nos enseñas, le vamos nosotros a amar a ese tu adorado Jesús!

Ante todo, ¿quién es María Magdalena? Se lo preguntamos a ella, y nos contesta:
– No, si yo no me llamaba así. Mi nombre era Catalina. Pero me puse después este de María Magdalena porque yo quería ser como ella: una mujer que, después de haber pecado tanto, amara a Jesús como lo amaba ella también.
Nosotros estamos conformes con eso de que quiere amar a Jesús como la querida María Magdalena del Evangelio.
Pero que la niña y la joven Catalina de Florencia fuese una gran pecadora, eso ya no lo admitimos tan fácilmente…
Al contrario. Hija de familia noble y rica en pleno siglo dieciséis, es un alma inocentísima, y Dios va a conceder por su oración y sacrificio muchas gracias a la Iglesia, desgarrada por la herejía de Lutero.
Nuestra Santa es una niña precoz. Pequeña, se esconde la comida y se la va a dar a los pobres.

Tiene un olfato especial para distinguir la presencia de Jesús. Su buena madre va a la Misa y, al regresar a casa después de haber comulgado, la pequeñita —que no ha ido a la Iglesia para que no enrede— se le sube sobre las rodillas a la mamá, la besa, la acaricia.
 – Pero, ¡déjame, criatura! Ya sabes que mamá te quiere mucho.
La mamá está feliz, desde luego. Pero escucha una respuesta de la niña que la deja desconcertada y pensativa:
 – ¡No mamá, no me voy! ¡Déjame que esté contigo, porque tú hueles a Jesús!…
Ya mayor, a sus dieciséis años, su padre la quiere entregar en matrimonio, siguiendo la costumbre de las familias ricas y linajudas de Florencia. Pero la chica sonríe, y contesta:
– ¡Papá, llegas tarde! Hace ya tiempo que le tengo ofrecida a Jesús mi virginidad…
El padre se desmorona. Hija única y heredera de sus muchos bienes, el sueño de los papás era muy legítimo. Pero el papá —y no digamos ya la mamá— es buen cristiano, y acepta la vocación de la hija.
– ¿Es que te quieres hacer monja?
– Sí, papá. Y no me voy a ir lejos de ti. Aquí mismo en Florencia. He estudiado la regla de las Carmelitas, y con ellas me voy…

Una vez en el monasterio, empiezan los fenómenos místicos que nadie entiende. Ya de niña le había pasado algo que a su madre la dejó perpleja. La pequeña se sintió encendida de amor, ardía, se ahogaba…, hasta que cayó sin sentido como muerta. Ahora, en el convento, se repite el hecho no una, sino muchas veces. La primera vez que la vieron pidiendo ¡Agua, agua! para refrescarse, sus hermanas religiosas no sabían qué hacer.
En su delirio místico, exclamaba:
– ¡Oh amor! ¿Y cómo es posible que el amor no sea amado y ni tan siquiera sea conocido?… ¡Jesús! ¿Por qué no me das una voz tan potente que se me llegue a oír desde la extremidad de la tierra?… Gritaría por todas partes que este amor tiene que ser conocido y amado, porque este amor es el único bien. Pero, ¡ay!, nuestro amor propio y nuestro egoísmo es quien lo echa a perder todo.
Entonces se volvía a sus hermanas religiosas, y les invitaba:
– ¡Venid, venid a amar a Dios que os ama tanto!
Y pensando en sí misma, añadía, gritando al mismo amor:
– ¡Oh amor, oh amor! Si no sabes adónde ir, ¡ven a mí!, que yo te quiero acoger en mi seno y tenerte siempre conmigo.

Esta alma tan privilegiada, que así nos enseña a amar a Dios —con verdadera locura— sabe que el amor es entrega y sacrificio. Si no hay fidelidad a Dios y cumplimiento del deber, aunque cueste, todas esas exclamaciones bonitas sobre el amor son pura ilusión. Por eso, ella repetía este lema, que se ha hecho clásico: ¡Padecer, no morir!
Santa Teresa de Jesús decía: O padecer o morir. Magdalena daba un paso adelante: ¿Morir? ¡No! Padecer, padecer… Ahí estaba la prueba de su amor.

Dios le permitió entonces sufrir tentaciones inauditas que la llevaban al desespero. Pero le ofreció también la pasión del Señor. Sintió impresas en sí las Llagas de Jesús y la corona de espinas, aunque no aparecían visibles como en San Francisco de Asís o el Padre Pío. Era un sacrificio cuyo perfume aspiraba sólo Dios…
Una vida así, puesta siempre como hostia sobre el altar, no podía prolongarse mucho. Y a los cuarenta y un años, como santa singularísima, Magdalena volaba al Cielo.

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