De Dios y hacia Dios
4. mayo 2023 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: OraciónTodos hemos oído hablar de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. ¿Sabríamos decir lo que son y lo que pretenden? San Ignacio escribió un librito pequeño, pero que ha tenido una influencia enorme en la Iglesia durante casi quinientos años. Meditaciones, formas de oración, consejos…, pensado todo y desarrollado en unos días de retiro, al habla solamente con Dios.
Y todo el método ignaciano para ordenar la vida arranca de esta verdad: Dios me ha creado para que yo le conozca, le ame, le sirva, y de este modo alcance la vida eterna. Dicho con otras palabras: Vengo de Dios y voy a Dios. Que es lo mismo de Jesús: “Vine del Padre y vuelvo al Padre”(Juan 16,28)
Una consideración como ésta es capaz de regular toda la vida del cristiano, de tal modo que no decline ni a la derecha ni a la izquierda, sino que vaya recta e imparable hasta Dios.
Un famoso chino convertido a la fe católica, y después embajador de su país, le expresaba a un Obispo esta verdad, que él había hecho lema de su vida, con una frase llena de simpatía: – A mí me gusta caminar.
Y comentaba el Prelado: -¡Y a fe que lo hace bien! Desde que se bautizó, es un hombre que no busca sino a Dios, y cada día avanza en las vías del Señor que es una maravilla.
Podríamos decir que Jesús mismo tuvo esto clavado en su mente como una idea fija: “Sé de dónde vengo y a dónde voy” (Juan 8,14)
Por eso Jesús, sabiendo que venía del Padre e iba al Padre después de realizar la salvación del mundo, no quería sino cumplir la voluntad de su Padre: “Yo hago siempre lo que a él le agrada” (Juan 8,29). Caminar, caminar en el querer de Dios…
Esto que parece tan sencillo es lo que ha formado a los mayores hombres y mujeres de la Iglesia. Empezando por María, que a la propuesta del Angel no tiene otra contestación que ésta: “Que se cumpla en mí su voluntad”. Oyó la propuesta, vio de dónde venía, adivinó ser éste el querer de Dios, y tuvo bastante: Lo que Dios quiera, ¡y basta!
Después, han sido innumerables los que han repetido lo mismo.
San Pío X, todo un Papa, el cual se formula este propósito que parece el de un colegial: Portarme como buen hijo de Dios, mi Padre.
Teresa de Jesús, con una letrilla que se ha repetido tanto: Vuestra soy, para Vos nací: ¿qué queréis, Señor, de mí?
Y aquel muchacho valiente, cuando ingresaba en la Universidad, a sus nuevos compañeros, que lo ven tan formalote: ¿Qué quiero yo, me preguntan?… Mi vida será un SÍ irrevocable a Dios: si Él me lo pide, médico, sacerdote o enfermo. Me es igual… Los otros, ya no curiosearon más.
Esta primera consideración de San Ignacio en sus Ejercicios ha dado pie a muchos estudios, a muchas interpretaciones, y ha hecho sacar consecuencias decisivas en muchas vidas.
– ¿Vengo de Dios?… Entonces, estoy condicionado por mi origen. Soy en todo dependiente de Dios. Mi libertad me puede llevar a donde yo quiera. Pero siempre a mis espaldas está el Dios que me ha lanzado al mundo con toda confianza, para lo cual me ha dado un gran sentido de responsabilidad.
– ¿Voy a Dios?… Entonces, no busco otra meta en mi vida que Dios, hasta que lo conquiste, hasta que me haga con Él, hasta que lo posea de manera que ya no lo pueda perder. Este es mi destino, tan grande como el mismo Dios, y yo no pierdo de vista.
– ¿Soy de Dios?… Luego no le pertenezco a nadie. No me vendo a nadie. No me puede explotar nadie, porque nadie tiene derecho sobre mí sino sólo Dios. Mi independencia de los hombres radica precisamente en mi dependencia de Dios. A mí nadie me manda sino Dios solo y quien pueda mandarme en nombre de Dios.
Porque ese mi Dios me ama, ha sembrado en el mundo mil maravillas para mi recreo, para mi felicidad, para que por esas obras de sus manos sepa yo conocerle, amarle y subir hasta Él. Así lo cantó Juan de la Cruz, el mayor de nuestros poetas:
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.
El mundo y la vida son encantadores, pero solamente los disfrutan de veras aquellos que no se dejan seducir por otras bellezas ni otros amores que no procedan de Dios y a Dios conduzcan.
El famoso Obispo de la radio y de la televisión norteamericana lo decía en una de sus charlas —como ésta nuestra de ahora— con una comparación muy expresiva: El cuchillo está hecho para cortar; pero si lo queremos utilizar para cortar una piedra, el cuchillo se quejará.
Así nosotros, hemos sido hechos para Dios. Si nos queremos emplear en otro destino diferente del que Dios nos ha dado, no nos quejemos si chillamos fuerte por el dolor del fracaso.
San Ignacio de Loyola fue genial en el planteamiento de esta consideración. A partir de ella, y desde hace ya cinco siglos, son muchos los grandes hombres y mujeres que han dado una orientación muy recta a sus vidas.
Como la puede dar cualquiera de nosotros, al pensar en unas palabras tan sencillas: Vengo de Dios y voy a Dios. ¿Vale la pena andar por un camino fuera del que Dios me ha trazado?… Las equivocaciones podrían tolerarse en otros asuntos. En éste, es más sensato atinar desde el principio…