Santa Luisa de Marillac

27. noviembre 2025 | Por | Categoria: Santos

La Asamblea Nacional de la Revolución Francesa fue inexorable aquel día, y resultaba inútil protestar, porque la guillotina acallaba todas las voces que se alzasen en contra. Y hoy dijo con decreto fatal: Las Hijas de la Caridad, y toda su actuación, dejan de existir en Francia. ¡Adiós toda la obra de Luisa de Marillac, la gran colaboradora de San Vicente de Paúl!…

Asilos, hospitales, Cofradías de la Caridad, todo se iba por tierra y para siempre. ¿Para siempre? No. Aquel insensato decreto era suicida. Pocos años después, el orgullo revolucionario tenía que bajar la cabeza y pedir: ¡Hijas de la caridad, vuelvan, vuelvan, por favor, que las necesitamos!…  

Y de nuevo Luisa de Marillac, resucitada en sus hijas, iba a ser la que realizase de verdad el ideal revolucionario con el que nadie atinaba: libertad para los pobres, porque siguen siendo esclavos de una sociedad injusta; igualdad con los pobres, porque son discriminados y nadie los quiere; fraternidad con los pobres, porque son desechados por todos y nadie cuida de ellos, a pesar de ser hermanos nuestros…

¿Quién es Santa Luisa de Marillac? Otra de esas Santas que se hace querer sin más, porque es una estampa maravillosa de mujer. Niña de educación esmerada, como correspondía a su rango social, al quedar huérfana de madre primero, y después de su padre que la adoraba, quiere hacerse religiosa, y el Padre Capuchino a quien consulta, le dice: ¿Tú, monja?… Parece que no es eso para ti. Dios te quiere para otra cosa. El caso es que de la noche a la mañana vemos a Luisa casada con un hombre magnífico, pero de carácter muy fuerte.
Tiene un hijo, y va a ser madre excepcional. San Vicente de Paúl, que la observa, le dice: Jamás he visto una madre tan madre como usted; apenas parece usted mujer en otra cosa. Vicente intuye en esa mujer tan madre, y ve en ella retratado a Dios, que es tan madre como padre, y le hace a Luisa, esa madre tan madre, esta bella reflexión: ¡Qué dicha el ser hijo de Dios! Porque el Señor ama a los suyos con afecto aun más tierno que el que usted tiene a su hijo, con ser este amor de usted tan grande que apenas he visto cosa igual en ninguna otra madre.

Hasta aquí, todo precioso. Pero un día se le muere el esposo, y Luisa, joven viuda de treinta y cinco años, llena su admirable corazón con un amor grande a Dios, con una ternura sin igual para con su hijo, y… con una entrega a los pobres como no se ha dado hasta ahora en la Historia.
No es ninguna exageración esto de que nunca se ha dado igual en la Historia, en el sentido de que, a partir de Luisa de Marillac, con su director y padre San Vicente de Paúl, la caridad va a tomar otros rumbos, otras formas en la Iglesia, donde van a quedar institucionalizadas las obras de caridad, de modo que tanto amor derrochado hasta ahora con los pobres adquiera carácter de estabilidad, de continuidad, y se multiplique hasta el cien por cien…

La Francia gloriosa del siglo diecisiete nos deslumbra con su esplendor, pero esconde unas miserias espantosas. Un informe al Parlamento decía sin paliativo alguno: Es tanta la miseria en algunas regiones, que los aldeanos se ven obligados a pacer la hierba de los campos igual que las bestias. ¿Es posible esto? Habrá toda la exageración que queramos, pero la realidad del campo era muy dura. Para los pueblos funda Vicente las Caridades, aquellas cofradías de beneficencia que se transformarán en una obra de mucho mayor alcance.
Cuando las Caridades se metan en los suburbios de la gran ciudad, tendrán que ensanchar el marco de sus actividades: los niños expósitos, porque el papá no los conoce y la mamá no los quiere…; los heridos de la guerra, desatendidos por la Patria a la que han dado la sangre…; los condenados a las galeras, es decir, a los remos de las naves, reducidos a una esclavitud inconcebible…; los enfermos de los hospitales, a los que había que meter a la fuerza, para encontrarse sin ningún auxilio, y en unas condiciones espantosas: ¡hasta tres y cuatro en una cama!…
¿Cómo es posible esto?, nos volvemos a preguntar…

Pues, en este ambiente se encuentra y en él tiene que desenvolverse la actividad asombrosa de Vicente de Paúl, que busca ahora mujeres más estables que las de las Cofradías de la Caridad para la obra en que sueña. La primera que viene en ayuda de Vicente es una campesina como no se ha visto otra: Margarita Nasau. Siempre detrás de las vacas, no sabe leer ni escribir. Sin embargo, tiene ganas de trabajar por los demás, y lo hace en apostolados encantadores.
Para enseñar doctrina tiene que aprender a leer, y no hay quien le enseñe. Lo hace ella por su propia cuenta. Al primero que encuentra, le pregunta: Oiga, ¿cómo es esta letra y cómo se pronuncia?… A otro: Y ésta, ¿cómo se une con esta otra? Entonces, esta palabra se dice así, ¿no es verdad?…
Cuando ya sabe leer se presenta a Vicente de Paúl: Señor Vicente, como soy pobre y sirvienta, prefiero ser sirvienta de los pobres antes que de los ricos. Vicente se asombra, y exclama: ¡Ahora comprendo que sólo con los pobres salvaré a los pobres!…
Al lado de Margarita Nasau, la primera y que morirá pronto, Dios pone a Luisa Marillac, una mujer tan diferente: rica, de alta sociedad, instruida; pero tan humilde como una campesina, tan pobre voluntariamente que no tiene nada, y con un amor, una entrega y un espíritu de sacrificio que no pueden nacer sino de una santa enamorada totalmente de Jesucristo.

Y así tenemos en marcha, con estos dos elementos tan dispares, Margarita y Luisa, a las Hijas de la Caridad. No son religiosas, sino seglares que hacen votos privados y que viven como las mujeres más consagradas. Con ellas, ha nacido la obra de beneficencia cristiana más imponente que ha existido. Y, lo que vale más, la obra que ha servido de tipo y ejemplar en la Iglesia Católica a tantas Congregaciones Religiosas consagradas del todo a la caridad.

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