San Antonio Abad

13. noviembre 2025 | Por | Categoria: Santos

Cuando llega la fiesta de San Antonio Abad vemos en muchas partes cómo la gente se apresta a ir a la Iglesia con los animales domésticos para recibir la bendición. No está fuera de lugar esta tradición tan simpática. Son criaturas de Dios que Él pone a nuestros servicio y nosotros las aprovechamos para nuestro bien y alabanza del Señor.
Un san Francisco de Asís predicaba a los pajaritos de la enramada y un San Antonio de Padua a los peces del mar… y los animalitos inocentes escuchaban calladitos, o si era una fiera, como el lobo aquel, aceptaba su conversión en manso corderito…  
Está bien esa costumbre de la bendición de los animales, criaturas de Dios, en la fiesta de San Antonio. Pero, ¿se va a reducir a esto el recuerdo del bendito San Antonio? ¿O es que no tiene ningún mensaje que transmitirnos al mundo moderno?
Sí, Antonio Abad tiene un mensaje muy actual, y hoy quizá más actual que nunca: el del valor de la búsqueda de Dios sobre todos los bienes del mundo; el valor de la oración ejercida a lo largo del día como la ocupación número UNO del cristiano; el ansia de la vida eterna, anhelo supremo de las almas.
Pero, digamos ya: ¿quién es Antonio Abad, un Santo tan antiguo?

Parecería su vida una leyenda, pero es rigurosamente histórica. Un San Atanasio que lo conoció y un San Jerónimo —dos grandes Padres y Doctores de la Iglesia— nos han transmitido unos testimonios que han inmortalizado su memoria.
Corría el año 260. Aquel siglo III se caracterizó por las persecuciones más crueles contra la Iglesia en el Imperio Romano. Pero había regiones en que se podía desenvolver pacíficamente la vida cristiana, como en el interior de Egipto. Y aquí encontramos a Antonio, un joven rico, que da muchas limosnas como buen cristiano, pero que un día escucha en la asamblea la palabra del Evangelio: Vete, vende lo que tienes, reparte todo entre los pobres, y después me sigues.
Lo va a realizar al pie de la letra. Le deja a su hermana todo lo necesario para la vida, reparte entre los pobres toda su fortuna, y se esconde en la soledad. Aunque quiere vivir solo, no lo va a conseguir nunca del todo, pues Dios tiene sobre él planes muy diversos.

Después de varios intentos y de probar dos o tres lugares, ocupa un antiguo castillo en ruinas, donde vive durante veinte años. Pronto empieza a correr la fama de lo que allí ocurre.
– Pero, ¿es cierto, Antonio, es cierto eso que cuentan  de tus luchas con el demonio?
Pudo preguntarle esto muchos años después su amigo San Atanasio, pues no las hubiera sabido sino recogidas de labios del mismo Antonio, que respondía a su pregunta:

Sí; los demonios me hacían una guerra espantosa. Rugidos que se extendían lejos, muy lejos… Veía a Satanás en forma de horrible dragón que echaba por la boca torrentes de fuego… Era cosa común ver legiones de demonios en forma de serpientes o como una piara incontable de cerdos u otros animales inmundos… Otras veces, parecían las fieras más feroces, dispuestas a acabar con todo… Pero, lo que más me impresionó fue cuando vi las ciudades de Egipto cubiertas de redes tendidas por el demonio, en las cuales caían atrapadas muchas almas.
– Y tú, ¿qué hacías, Antonio?
– Luchar, luchar cuanto podía. Porque las visiones del demonio eran lo de menos. Lo peor eran las tentaciones de la carne a que me sometía. Uno puede escapar del mundo, pero el enemigo lo llevamos con nosotros mismos: la sensualidad, la lujuria, el orgullo, la ira… El demonio no me dejaba en paz. Hasta que se me apareció el Señor Jesucristo, que me dijo: -¡Animo! Yo estaba contigo mientras tú luchabas. Y añadía Antonio:  -Yo he aprendido que el demonio no puede nada contra los que acuden a Dios con la oración y son humildes. Porque la oración y las lágrimas purifican hasta lo más impuro.

Así hablaba Antonio. Dios lo había escogido para maestro de una gran multitud de discípulos, y Antonio tenía que ser un hombre de experiencia en los ataques del enemigo como en las gracias de Dios.
Tres veces cambió Antonio de estadía en el desierto, y en todas tres le asediaron los discípulos Era hombre de consejo, y hasta el Emperador Constantino le escribió pidiéndole sus oraciones. Los solitarios no se desentendían del mundo, al que salvaban con su oración y sus sabias orientaciones.

Entre tantas anécdotas idílicas que se cuentan de él, se nos dice cómo se pasaba extasiado la noche en oración, bajo un cielo tachonado de estrellas. Al amanecer volvía en sí, y se le quejaba al sol: Pero, ¿por qué has salido tan pronto? ¿Por qué no has tardado un poquito más?…
Un monje solitario venía cada año a verle, pero nunca le decía una palabra. Un año, en la consabida visita, le pregunta Antonio: -¿Por qué este silencio tuyo? ¿Por qué no me hablas nunca? -No necesito hablar ni que me digas nada.. Con verte a ti tengo bastante. ¡Dices tanto con tu vida!…
A aquel sabio cristiano, triste porque había perdido la vista, le consuela: Los ojos los tenemos comunes con las moscas. Pero tú tienes la luz preciosa de los Apóstoles y los santos, que te hace ver claro a Dios.

Antes de morir, Antonio visitó a San Atanasio, el Obispo campeón de la fe, y le regaló su túnica de piel de carnero: Para ti, Obispo de Dios. Y al dar otro manto al Obispo Serapión: No tengo otra cosa que darte. Era  la protesta de su fe católica: porque estar con la jerarquía era estar con Dios.

Muere ya centenario. La multitud de monjes que después poblarán los desiertos de Egipto, Libia y Asia Menor, habrán tenido a Antonio Abad como el modelo presentado por Dios. ¡Dios solo! ¡La oración! ¡La vida eterna! Todo se resumía en estos ideales…

Comentarios cerrados