Santa Margarita María de Alacoque
2. octubre 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosUna monja que parecía la mujer más inútil del mundo se ha convertido en una de las que más han influido en la Iglesia durante los tres últimos siglos. Esto ha pasado con Santa Margarita María de Alacoque. Era hija de un funcionario francés. Enfermiza, siempre con problemas, pero siempre también con gracias de Dios extraordinarias, que nadie entendía y que una vez le hicieron quejarse resignada ante Dios: ¿Por qué no me dejas en la vía común, en el camino de todos?…
Pero, aquí estaba el secreto. Dios la escogía como el ser más inútil —como un abismo de indignidad y de ignorancia, le dijo el mismo Jesús— a fin de que se viese que todo iba a ser obra del Señor.
Margarita María ha sido la escogida por Dios para manifestar al mundo moderno el amor inmenso del Corazón de Jesús, en unos tiempos que hubieran sido fatales sin estas manifestaciones prodigiosas. ¿Qué ocurría entonces? Conviene situarnos en la historia de aquellos días.
En la Francia del siglo diecisiete apareció un escritor que hizo un mal inmenso. Se llamaba Jansenio, y su enseñanza quedó con el nombre de jansenismo. Mostraba un Dios lejano, riguroso, santísimo de tal modo que nadie se podía acercar a Él. Las almas tenían que ser purísimas para poder recibirle. En la piedad cristiana todo era pureza y miedo a la vez. Total, que las almas se alejaban de Dios aterradas, porque los pecadores —que somos todos—, no tenían ninguna opción ante el Señor más que el desespero.
Aquella espiritualidad de Jansenio se centró en un monasterio de monjas tristemente célebre: Port Royal. Esas monjas practicaban una oración, una limpieza de alma, una santidad que pasmaba. Pero aquello que parecía oro no era sino el peor producto del orgullo. Las tuvo que visitar el insigne Fenelon, y dio este diagnóstico sobre ellas: Son puras como ángeles y soberbias como demonios. Lo malo es que el jansenismo se iba a difundir y a durar muchos años en la Iglesia… ¿Qué va a hacer nuestro Señor?…
A aquel monasterio de demonios soberbios le opuso un monasterio todo humildad, sencillez, sacrificio, y del cual iba a salir pronto un grito que resonaría por todo el mundo: ¡Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres!… Este monasterio opositor elegido por Jesús, era el monasterio de la Visitación en Paray le Monial.
Margarita María entra en la Visitación con una voluntad de oro. No quiere sino ser santa. A la Superiora le pregunta cómo debe hacer la oración, y recibe esta respuesta divinamente sabia: Póngase delante de Nuestro Señor como un lienzo delante del pintor. Así lo va a hacer Margarita María, que saldrá una copia perfecta de Jesús: en su amor, en su humildad, en su paciencia, en su caridad, en todas las virtudes cristianas. Tanto ha logrado asemejarse a Jesús, que exclama: Quisiera tener mil cuerpos para sufrir, mil corazones para amar y mil espíritus para adorar.
Pero, sobre estos esfuerzos personales, viene Jesús con unas gracias extraordinarias sorprendentes. Con diversas apariciones en las que le muestra su Divino Corazón y el amor inmenso que nos tiene, la va preparando para la última y definitiva, de tanta resonancia en la Iglesia.
En la primera le invita Jesús a que recueste la cabeza sobre su pecho, como Juan en la Ultima Cena, y le dice estas palabras: Mi Corazón divino está de tal manera apasionado de amor por los hombres, que tiene necesidad de extenderse como un incendio por todo el mundo.
En la segunda, se le manifiesta el Sagrado Corazón más radiante que el sol y trasparente como el cristal, traspasado de espinas y con la cruz clavada, y esto desde que se formó en el seno de María.
En la tercera, aparecía Jesús en toda su gloria celestial y envuelto en unas llamas ardientes y de belleza indescriptible, saliendo todas del Corazón como de su fuente.
Hasta que vino la de la octava del Corpus del año 1675, la de la gran revelación de Jesús al mundo moderno. Le muestra a Margarita —que está en adoración ante el Santísimo— el Corazón sobre su pecho, lo señala con la mano, coronado por la cruz, rodeado de espinas y con la herida abierta por la lanza. Con voz casi patética, le dice:
Mira el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha ahorrado nada hasta consumirse y agotarse para demostrarles su amor, y, en cambio, no recibe de la mayoría sino ingratitud y menosprecio, sobre todo en este sacramento de mi amor… Te prometo que mi Corazón derramará en abundancia las bendiciones de su divino amor sobre cuantos le tributen este homenaje y trabajen en propagar esta práctica.
Este homenaje y esta práctica se referían a la Comunión en los Primeros Viernes y a la Hora Santa en la tarde o noche de cada jueves, como se lo había pedido antes a la misma Margarita.
Se ha dicho, con razón, que esta aparición de Jesús, aunque privada, es la más importante de nuestro Señor en su Iglesia después de aquella a Pablo ante las puertas de Damasco.
Lo que no podemos negar es que ha tenido una trascendencia enorme en la piedad cristiana moderna. ¡Cuántas Comuniones, cuántas Horas Santas, cuántas visitas al Sagrario, cuántos sacrificios voluntarios en desagravio por los pecados del mundo, cuántas y qué fervientes jaculatorias —constantes en muchas almas— dirigidas al Corazón divino a lo largo de todo el día!…
Son frutos que los tenemos a la vista. Jesús había dado un golpe mortal a la herejía jansenista y se ganaba multitud inmensa de amadores.
Margarita María murió en 1690, a los cuarenta y tres años de edad, con estas palabras preciosas en sus labios: ¡Oh, que dulce es morir después de haber tenido una tierna y constante devoción al Corazón de Aquel que nos ha de juzgar!…