Santa Juana F. Fremiot de Chantal

11. septiembre 2025 | Por | Categoria: Santos

Un nombre bastante largo el de la Santa que presentamos hoy: Juana Francisca Fremiot de Chantal.
Juana Francisca es una figura femenina interesante de verdad. Buena muchacha. Buena esposa y madre. Buena viuda. Buena religiosa. Buena del todo en todos los estados. Una mujer que vale para modelo de toda mujer en todas las situaciones de la vida. Hasta en las más difíciles, como las que le tocaron a Juana Francisca.

Es francesa, de la ciudad de Lyon, y viene de familia rica y noble. Su padre es Jefe del Parlamento, muy apreciado del Rey, y esta hija lo tiene, como se dice, loco perdido de orgullo. Porque Juana Francisca es una mujer de cualidades excepcionales. Alta, hermosa, inteligente, educada, y, encima, piadosa y buena, aunque sin pizca de beaterías. De corazón generoso, los pobres saben que tienen en ella una proveedora cariñosa y siempre dispuesta a una ayuda. En resumidas cuentas, a Francisca no le falta nada para ser la estampa de la mujer ideal.

Se casa a los veinte años con el barón de Chantal y su matrimonio es un verdadero cuento de hadas. La única pena, cuando el marido, obligado a causa de las continuas guerras, ha de ausentarse, aunque sea por breves días. Lo confiesa sin rubor: Cuando no veía a mi marido, me venía el pensamiento de pertenecer sólo a Dios. Pero, ya se ve, esto, a la luz de la sicología, no era más que una compensación para un amor que quería ser vivido en plenitud. Apenas el marido regresaba a casa, otra vez la vida de una familia elegante. Otra vez los niños a cantar felices como jilgueros en la enramada. Otra vez a no saber cómo dar gracias a Dios por tanta dicha familiar…

Hasta que llega un día fatal. El marido está de caza con otros amigos, y uno de ellos, quizá el amigo mejor, dispara desacertado y hiere de gravedad al barón de Chantal. Todo ha sido casual, todo involuntario. Pero el dolor es desgarrador. El barón ve que se muere, y anima a la esposa adorada con palabras de santo: La cosa viene de Dios. Tenemos que aceptarla. Pero Juana Francisca está en el desespero: ¡Lo que quieras, Señor, lo que quieras! ¡Pero, guárdame mi esposo!…  Después de ocho días debatiéndose entre la vida y la muerte, el barón de Chantal entregaba su alma a Dios, y Juana Francisca quedaba viuda con cuatro hijos preciosos, tres niñas y un niño —pues otros dos habían volado al Cielo— que habían venido en los ocho años de un matrimonio incomparablemente feliz…

¿Y ahora, qué hacer?… Esta mujer formidable se va a ver en luchas interiores muy grandes. Primera, la de vencer el rencor hacia el involuntario asesino del marido. Años le va costar el triunfar. Pero un acto heroico le da la victoria más grande. Al asesino le nace un hijo, y Francisca, valiente como nunca, se ofrece voluntaria: ¡Yo, si me lo permite! ¡Yo quiero ser la madrina de bautismo! El triunfo sobre sí misma fue total y definitivo. Dios la iba a recompensar con gracias muy grandes.
Por otra parte, una mujer como ella, de cualidades tan sobresalientes, viuda rica que estaba libre del todo, veía salir oportunidades estupendas. Pero, aquel pensar en Dios durante las ausencias del marido, ¿no significaba nada? ¿Eran reacciones simplemente sicológicas? ¿No estaría en ellas la voz secreta de Dios?… Francisca así lo sospecha. Y siguiendo un verdadero impulso del Espíritu Santo, con decisión heroica hace el voto privado de castidad. Así rompe por lo sano ante tantas ilusiones —aunque tan legítimas y bellas— de nuevos amores. Con mis cuatro hijos tengo bastante para colmar mi corazón, y los pobres llenarán otros muchos espacios vacíos.

Los cuatro hijos van tomando estado —cuando las chicas eran dadas en matrimonio o se metían en el convento tan jóvenes—, y Juana Francisca piensa en hacerse monja de clausura entre las Carmelitas de Santa Teresa. Pero la Priora le dice sonriente: Santa Teresa no la quiere hija suya, sino hermana. Francisca piensa en esta palabra enigmática: ¿Hermana? ¿Hermana de Santa Teresa?… No tardará en desvelarse el misterio. Aquella Priora carmelita hablaba inspirada por Dios.
Una circunstancia providencial hace que se encuentre Juana Francisca con Francisco de Sales, Obispo de Ginebra en Suiza, y que pasa como el Santo más caballero que ha tenido la Iglesia. Tal caballero para tal dama, y tal dama para tal caballero…
Los dos se compenetran de maravilla. Francisco de Sales expone a Juana Francisca sus planes de fundación de una nueva Orden religiosa para mujeres, Orden que rompa con penitencias excesivas de otras Ordenes y se centre en el amor de Dios, en una vida más sencilla, más asequible, más familiar, y que tenga por penitencia el vencimiento propio en vez de austeridades difíciles de llevar por muchas almas…
Juana Francisca no lo duda un instante. Se pone bajo la dirección sabia, prudente, delicada del santo Obispo, que la eleva a las mayores alturas de la santidad. Entre los dos, fundan la Orden de la Visitación, bajo la protección maternal de la Virgen.

Francisco de Sales muere bastante antes que Juana Francisca, la cual se arrodilla ante el cadáver de su santo director. Muda y llena de emoción, agarra la mano del obispo difunto y se la coloca largamente en la cabeza. Cuando la suelta, todas las religiosas presentes fueron testigos del prodigio. La mano del Santo se reanima, se levanta por sí misma y empieza a acariciar la cabeza de Juana Francisca, hasta que cae yerta de nuevo. Era como decirle: ¡Paz, paz! Te amé mucho en Dios en la tierra.. Así te amaré siempre  desde  el Cielo…

Juana Francisca, hermana de Teresa. Igual que Teresa con las Carmelitas, Juana Francisca correrá toda Francia fundando conventos de la Visitación. Al morir la Fundadora en 1641, la Orden contaba con más de ochenta monasterios. Juana Francisca, madre de seis hijos fruto de su matrimonio tan bello. ¿Cuántas hijas espirituales le dio después Dios, fruto de su consagración tan generosa?…

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