San Juan Crisóstomo
18. septiembre 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosAl Santo que presentamos hoy se le llama Juan Crisóstomo. Y digo se le llama, porque no se llamaba así. Así lo llamó el pueblo, y con Crisóstomo que se ha quedado… En griego, Crisóstomo significa boca de oro, y se le llamó así a Juan, obispo de Constantinopla en el siglo cuarto, por aquella elocuencia que no ha tenido par en la Iglesia.
Juan había estudiado retórica y se hubiera dedicado a la tribuna. Entregado a Dios en el sacerdocio y consagrado Obispo, aquellas sus dotes de orador las puso al servicio de las almas, y no ha habido nadie que haya honrado la Palabra de Dios con elegancia humana como lo hizo Juan Crisóstomo, el boca de oro…
Su padre era militar de alta graduación, hombre recto y con cargos importantes en Antioquía. Pero muere cuando apenas ha nacido Juan, y el pequeñín tiene la suerte enorme de tener una madre sin igual, una santa cristiana, jovencita, pues enviudó a los veinte años. La mamá hacía honor a su nombre griego, Antusa, maceta de flores —¡qué poético!—, y volcó su alma bella en la educación de aquel su hijo único, que sería su gloria mayor.
Juan estudia letras y el arte oratoria bajo un maestro célebre. Profesor pagano, admira y quiere a su alumno Juan, pero no sale de su asombro ante la madre, Antusa, y exclama: ¡Dioses de la Grecia! ¡Qué mujeres hay entre los cristianos! ¿Cómo es posible una mujer así, viuda tan joven, tan bella y tan casta?…
Juan, acabados sus estudios de letras y oratoria, se quiere hacer monje. Su espíritu es tan recio como el de su padre, el militar, y sueña en la vida austera del soldado de Cristo… Pero la madre, sola en este mundo, quiere al hijo a su lado, y las lágrimas de aquella mujer tan tierna conmueven a Juan. Se queda con ella, y es la madre quien hace vivir al hijo como en la soledad del desierto, entregado a la lectura de la Biblia y preparándose para el servicio de la Iglesia.
Así, Juan pasa muy provechosamente los años. Cuando muere la madre, Juan queda libre y se interna en la soledad del desierto, tan soñado. Se da a la Lección de la Sagrada Escritura con verdadera pasión. La oración se le lleva muchas horas al día. Pero la penitencia dura a que se somete le va minando la salud, hasta que se ve obligado a regresar a la ciudad.
El Obispo, sus amigos, todos los que le aconsejan, le hacen ver que Dios lo quiere en el servicio pastoral de la Iglesia. Juan va entonces escalando gradualmente los pasos de la jerarquía hasta que llegará al episcopado. ¿Ambición? Ninguna. ¿Honores? Los desprecia. ¿Riqueza? Es pobre como nadie, y va a ser uno de los Obispos antiguos que mejor hablarán de los pobres de Cristo, a los que dará su vida entera.
Pero eso de Obispo está todavía muy lejos.
Ahora son doce años los que tiene que pasar en Antioquía, dedicado más que nada a la predicación sagrada, que hace de él un orador como no ha habido otro.
Conservamos escritos sus sermones, sus tratados sobre las materias más variadas de la vida cristiana, sus comentarios a la Sagrada Escritura. Todo es un pozo profundo de ciencia sagrada y un torrente de elocuencia sin par. No es extraño que acudieran a escucharle igual los paganos que los cristianos de la gran ciudad.
Porque Antioquía no es cristiana del todo, ni mucho menos. Se calcula que los cristianos eran sólo la cuarta parte. Pero Juan arrastra, conquista para Cristo muchas almas, y es él mismo quien prepara a los catecúmenos para el Bautismo.
Juan Crisóstomo es un segundo Pablo. Devotísimo del Apóstol, sus cartas no se le caen de la mano. Las lee, las comenta, las predica, exhorta a todos a que se las aprendan de memoria, y hace patente su queja: ¿Cómo es que hay cristianos entre vosotros que no saben cuántas son las cartas de San Pablo?… Si se le pregunta: ¿Por qué, Juan, por qué estás tan chiflado por Pablo?, sabemos lo que Juan nos va a responder: ¿Me preguntan por qué? Porque el corazón de Pablo es el mismo corazón de Cristo. En Pablo aprenderán a amar a Cristo, y Cristo a su vez les enseñará a trabajar por Él como trabajaba Pablo.
Cuando habla de la Eucaristía, Juan se sobrepasa en su elocuencia. Siempre con lenguaje medio militar, exhorta a todos a ser valientes en la fe sin miedo a los enemigos que se puedan presentar. Porque en la Comunión van a encontrar fuerzas para todo. Y anima a los cristianos a recibirla:
– Acérquense a la Comunión. Y al retirarse de esta Mesa sagrada, váyanse como leones echando fuego por la boca, hechos unos seres terribles para el mismo demonio.
Cambian las circunstancias de la vida de Juan. Constantinopla queda sin Obispo, y se llevan medio engañado a Juan, que, de la noche a la mañana, ha de aceptar el cargo. Consagrado, el episcopado va a ser su terrible Calvario. Como predica sin miedo a nadie, y las costumbres en la corte del emperador se han relajado tanto, se le empieza a mirar con recelo.
Al ponerse al lado de los pobres y los perseguidos por las intrigas cortesanas, cae en desgracia de ministros, de la esposa del emperador y del emperador mismo. Desterrado, un clamor popular —de los pobres, sobre todo— obliga al emperador a revocar el destierro. Nuevas intrigas, y nuevas amenazas, sobre todo de la rencorosa emperatriz Eudoxia, a la que contesta cuando le amenaza con un alejamiento mucho mayor: ¿El destierro? Puedes mandarme cuando quieras. Adondequiera que me lleves, allí estará Dios.
Y en el destierro morirá este campeón de la fe. Moría alejado de toda civilización y callada su garganta para siempre. Pero sus escritos inmortales siguen diciendo en la Iglesia que Juan era Crisóstomo, una boca de oro que reparte gratis, sin agotarse la mina, el precioso metal de la doctrina católica, aprendida en la lectura incansable de la Palabra de Dios.