San Bernardo

18. septiembre 2025 | Por | Categoria: Santos

San Bernardo es un Santo muy conocido, que lleva ya más de ocho siglos influyendo mucho en la Iglesia. Monje benedictino del Císter y fundador de Claraval, en la Edad Media fue un oráculo al que se le escuchaba como a la voz misma de Dios. Y esto, todos: desde los monjes y los Papas hasta todo el pueblo fiel, al que entusiasmaba con su elocuencia llena de unción divina.
Bernardo es un apasionado de Jesús, y dice: Mi filosofía es conocer a Jesús Crucificado. Y es también un apasionado sin igual de María, pues se le considera como el mayor amante que ha tenido la Virgen.
Es además un hombre que huye del mundo hacia la soledad, y, sin embargo, su vida apostólica arrastra a media Europa para devolverla a Dios cuando la herejía, el Islam y las costumbres relajadas estaban poniendo en gran peligro a la Iglesia de Jesucristo.

Bernardo nace en las tierras francesas de Lyon. Su santa madre —la conocida Aleta, o Alette—, cuando le venía un nuevo vástago, lo levantaba hacia el cielo apenas lo podía sostener en sus brazos, y se lo ofrendaba a Dios. Así con los siete hijos. Con Bernardo, el tercero, hace lo mismo. Pero ocurre algo especial, que le hace exclamar a Alette:  ¿Qué es esto? ¿Qué quiere decir esta visión misteriosa? Presiento que algo grande le guarda Dios a este hijo mío…
Esta mamá tan querida no va a comprobar en este mundo esos presentimientos, y le va a faltar a Bernardo en los años más críticos de la juventud. Desde el Cielo velará la madre por un hijo tan singular.

En plena juventud, Bernardo se marcha a la soledad del claustro y se hace monje. Le persiguen sus hermanos, y dan con él. Pero es tal la persuasión de Bernardo, tal su capacidad de arrastre, que los convence a todos, y los siete, con bastantes más parientes y amigos, hasta un total de treinta —y al final también el propio padre— se encierran entre los muros conventuales para darse del todo a Dios en la oración y la penitencia.

Bernardo toma muy en serio su vocación, y se hace la pregunta famosa: Bernardo, Bernardo, ¿a qué has venido? ¿Por qué has dejado el mundo?… Siguiendo a Bernardo, un gran doctor en la teología de la vocación, son muchos los cristianos que hoy, como entonces los discípulos de aquel Maestro insigne, se siguen preguntando, cada uno a su manera: ¿Por qué me he hecho monje o sacerdote o religiosa?… Y yo, ¿por qué me he casado?… El caso es que la inquietante pregunta de Bernardo, tan repetida en la Iglesia, sigue teniendo palpitante actualidad, y cada uno se la hace según su estado de vida.
Bernardo empieza pronto a hacerse célebre por su sabiduría, su don de consejo y su amor a la Iglesia. Es llamado a los concilios provinciales que se celebran, y sus palabras se imponen en todos. Aconseja a Obispos, y él es el primero en intervenir para que sean elegidos los mejores en el gobierno de las diócesis. Su parecer, su experiencia y su consejo son determinantes: ¿Quieren que la Iglesia vaya bien? Pongan al frente a los mejores para Obispos. Y no tiene inconveniente en que de su monasterio se vayan los monjes más aventajados para regir las diócesis como pastores elegidos por el mismo Dios.
Obraba conforme a un dicho suyo: Los negocios de Dios son negocios míos; nada de cuanto le atañe a Dios es extraño para mí.

Encargado por el Papa de predicar la Segunda Cruzada para rescatar los lugares sagrados de Jerusalén, lo hizo de modo que la recluta de los expedicionarios fue un exitazo. Pero fue también un desastre completo la expedición, que acabó en un fracaso total. Antes, todo eran alabanzas para Bernardo. Ahora, críticas las más atroces. Lo peor es que muchos echaban la culpa a Dios, porque no tuvo providencia. Y el Santo, con paciencia ejemplar y amor profundo, responde: Pueden deshonrarme a mí. Pero en modo alguno tolero que deshonren a Dios. Si el Señor quiere que yo le sirva de escudo, que todos los dardos de la maldición se claven en mí, pero que ninguno le llegue jamás a Él.

La gloria mayor de Bernardo es ver elegido Papa a un discípulo suyo, y que se llama Eugenio III. Se siente orgulloso de él, y le escribe: Ya no me atrevo a llamarte hijo, puesto que el hijo se ha cambiado en padre. Pero mantiene la libertad con el nuevo Papa, le hace ver su responsabilidad y le aconseja para sus actividades apostólicas: No te olvides que en el negocio de la salvación, la primera alma que tienes que salvar es la del hijo de tu madre.

Con lo enérgico que era en el cumplimiento de sus deberes, Bernardo era también de una bondad inigualable. Una de sus frases más famosa es ésta: Si la misericordia es un pecado, ese pecado es el que quiero cometer y cometo yo.
Todos sabemos lo amantísimo que era de Jesús, de cuyo Nombre bendito dijo aquellas palabras inmortales:
– Si discutes o hablas, yo no encuentro ningún gusto si no oigo el nombre de Jesús. Porque Jesús es miel en los labios, música en los oídos y júbilo en el corazón. Todo el alimento del alma es árido si no está bañado con este aceite e insípido si no está condimentado con esta sal.

Y respecto de la Virgen, Bernardo, considerado como su mayor devoto, dice estas expresiones, aceptadas después por todos los teólogos: Nada quiso darnos el Señor que no viniera por manos de María. Porque ésta es su voluntad: que todo lo tengamos por María. Y a estas horas, todavía sigue gritándonos Bernardo a los que medio del mar nos dirigimos hacia el puerto de la gloria, y podríamos sufrir naufragio azotados por la tempestad:  ¡Mira a la estrella, invoca a María!

Bernardo, austero y dulce, enérgico y bondadoso, activísimo y siempre recogido en oración… es la estampa cabal del místico y del apóstol.  Es el cristiano completo.

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