Santa Escolástica

21. agosto 2025 | Por | Categoria: Santos

Si queremos hablar de Santa Escolástica nos viene a la memoria inmediatamente la escena bellísima que nos ha conservado San Gregorio Magno, el gran Papa y Doctor de la Iglesia, en una página llena de encantos.
San Benito, el fundador y formador de los monjes que van a transformar la Europa de la Edad Media, lleva con todo rigor en su monasterio la observancia conventual. Ha levantado también en las cercanías otro monasterio para monjas, pero viven los dos cenobios en un aislamiento completo el uno del otro, salvo para los servicios religiosos de aquellas vírgenes consagradas a Dios.
Sólo una vez al año recibe el bueno y austero de Benito a su hermana Escolástica, la abadesa de las monjas, tan santa, tan dulce y tan bondadosa como su hermano. Y no se ven en ninguno de los dos monasterios, sino en una casita pequeña en medio del campo. Benito viene con algunos de los hermanos y Escolástica se trae también consigo algunas monjas.

Había pasado ya el año último, y Escolástica y Benito salen de sus monasterios para encontrarse en la casita solitaria. Los dos hermanos parecen caídos del Cielo. Un saludo, un cambio de impresiones, y cada uno con su tema, aunque el tema es común: Dios, sólo Dios, su amor, su alabanza, conforme al lema tan conocido del Santo Abad:
– ¡Que Dios sea  glorificado en todas las cosas!
Y así, comienza la conversación de las cosas celestiales, una conversación que se va alargando y alargando, sin que Escolástica mire ningún reloj, ni de sol ni de arena ni de nada… Cada uno habla de sus experiencias místicas, porque Dios se les comunica abundantemente en la oración. Comentan pasajes de la Sagrada Escritura con la profundidad de un profesor, pues el Espíritu Santo les abre, como a los pequeños del Evangelio, todos los secretos de Dios.
Pero la noche se echa encima, y pronto no se va a ver. Benito le urge a su hermana:
 – ¡Adiós, y hasta el año que viene! ¡Pronto, porque dentro de poco será noche y no conviene caminar por el campo  a esas horas!
Escolástica no cede:
 – ¡No, por favor! ¡Sigamos hablando de Dios y del Cielo!…
Como Benito se niega, Escolástica es atrevida con ese buen Dios a quien tanto ama:
– ¡Señor! Te encomiendo el asunto a ti. Que yo no pueda salir de aquí, aunque no quiera mi hermano.
El cielo está sereno. Pero empieza a nublarse, y al cabo de poco se desata una tan furiosa tempestad que inunda todos los caminos y los campos. Imposible salir, pues sería exponerse gravemente. Escolástica, entonces, sonríe con malicia celestial:
– ¡Mira a ver que haces, Benito! Tú no me hacías caso, ya me lo ha hecho Dios…
Benito, ni modo. Tiene que pasarse la noche entera con el alma angelical de su hermana, hablando de ese Cielo que les tiene enamorados a los dos. Repasan nuevos pasajes de la Palabra de Dios y se concentran para rezar. Unen sus almas en un amor más fuerte que todos los lazos familiares, ¡pues se quieren tanto en el Señor!…
Las lámparas de aceite que iluminan la estancia le están diciendo a Benito que sí, que esa hermana suya es una de las vírgenes prudentes del Evangelio, siempre atenta y preparada para cuando el Esposo venga, que a lo mejor no tarda en presentarse…
Amanece. Los dos hermanos sonríen y comentan festivos la travesura deliciosa que les ha jugado Dios.
– ¡Adiós, mi hermana! ¡Adiós, mi hermano!… ¡Que este año pase pronto!…

El año va a pasar antes de lo que se imaginan los dos…
No han transcurrido dos días, cuando Benito está reposando su mirada en el cielo azul. Tiende la vista hacia el monasterio donde su hermana se dedica del todo a la oración, y ve salir por la ventana una paloma blanca que se dirige hacia las alturas, atraviesa las nubes y se pierde en lo más alto del cielo. Pronto le pasan el aviso:
– Benito, tu hermana Escolástica ha muerto. Se ha quedado en éxtasis como un ángel.
La noticia no le sorprende. Ahora se da cuenta de quién era aquella paloma blanca, pura y amorosa que ha visto perderse en las alturas. El Papa san Gregorio Magno, que nos transmite esta historia idílica por demás, y que había sido también monje benedictino, da la interpretación más certera:
– Benito vio salir el alma de su hermana y penetrar los cielos en forma de paloma, para demostrarle Dios la inocencia de su vida.

¡Qué curioso! Cuando se habla de Santa Escolástica no se hace otra cosa que recordar este hecho encantador. Los dos hermanos que se aman tanto… Aquella noche oscura con resplandores de cielo… Aquella paloma tierna que se sube a las alturas… En esto se va todo lo que leemos o se nos dice.
Pero el mensaje es inolvidable.
El amor de Dios que no rompe los lazos familiares, sino que los estrecha cada vez más…
La vida inocente y pura del cristiano, que transcurre toda en el trabajo de cada día y en la oración…
El suspirar por el Cielo, término de toda nuestra existencia…
El acabar la vida con alma pura, a fin de que no encuentre un estorbo en su vuelo hacia Dios…
Una síntesis maravillosa del caminar cristiano por este mundo. Esto fue la vida de Escolástica hace ya quince siglos. Esto quiere ser la nuestra también…

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