San Nicolás de Flüe
7. agosto 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosCuando en 1940 ardía en todo su furor la Segunda Guerra Mundial, el Presidente de la Confederación Suiza —la nación neutral por antonomasia— declaraba en un discurso vibrante: Son muchos los que piensan hoy que la paz tiene necesidad de la ermita de Ranft. Sobre Europa, sobre el mundo en tinieblas, es necesario que aletee el espíritu de Nicolás de Flüe. Quien decía estas palabras no era ningún católico, pero con ellas reconocía que un Santo de la Iglesia Católica había trazado un camino para la paz nunca señalado por nadie. ¿Cuál era esa ermita de Ranft, quién era Nicolás de Flüe?…
Hoy nos toca presentar un Santo interesante como pocos. Seguro que antes nunca no lo habíamos oído, pero, a lo mejor, después tampoco lo olvidamos ya nunca… Suiza, la nación de los Bancos, la de los capitales secretos, la de la neutralidad respetada por todos los Estados, la Suiza bella de los Alpes incomparables, tiene por patrono a San Nicolás de Flüe, un campesino que llegó a ser, ya en vida, el Padre de la Patria. Un hombre casado, padre de diez hijos, que se recluyó, con la autorización y la bendición de su esposa, en esa ermita de Ranft, testigo de una santidad inconcebible, llena de prodigios místicos asombrosos. Todo se desarrolla a lo largo del siglo quince.
Nicolás es un campesino moralmente magnífico, y dicen sus compañeros. ¿Nicolás? Un joven casto, bueno, virtuoso, piadoso y sincero. La madre, muy religiosa, que lo observa, le pregunta intrigada: Pero, dime, Nicolás: ¿no has pensado nunca hacerte sacerdote? Y el hijo, amoroso y serio: Mamá, ¿no te parece que conviene mirar ante todo la voluntad de Dios? Y la voluntad de Dios era cuidar de la hacienda y llevar por ahora una vida normal en la casa paterna. Así, hasta los treinta años, transcurridos en trabajo honrado, en mucha oración, en amistad sincera con los paisanos. Hasta que al fin trae a todos la mayor alegría: ¡Qué bien que la has escogido! ¡Qué belleza de muchacha esa Dorotea, y tan jovencita!…
Nicolás disfruta de la vida familiar. Un domingo por la mañana mira a través de la ventana y ve a su linda esposa con el hijito cruzar el valle, esmaltado de flores. Agarrados de la mano parecen dos niños juguetones, y la mamá aún más que el hijo, hasta que llegan ante la Cruz del camino, se arrodillan y empiezan a rezar. Al esposo y padre se le llenan los ojos de lágrimas. Levanta las manos a lo alto y traza la señal de la Cruz: ¡Que Dios os bendiga! ¡Que Dios os bendiga!… Así, en la vida de familia.
Hasta que llegan las separaciones dolorosas. Los cantones de Suiza están en guerra unos con otros. Hay guerras también con Alemania y Austria. La paz no se salva con la guerra, pero la guerra se ha impuesto. Nicolás sale por tres veces a campaña, y no como simple soldado sino como oficial. Es un soldado de mucha fe y de gran corazón. Cumple con su deber militar, pero impone su voluntad en lo más difícil.
Por amor a la Iglesia, vigila por que no se perjudique ningún templo ni monasterio.
Por amor a las familias, cuida con rigor de que no padezca ninguna mujer ni los niños.
Por caridad cristiana, exige un trato humano y un gran respeto con los vencidos.
Respecto de Suiza, es una vez Juez y consejero de su cantón. Otra vez, diputado en la Dieta federal. Y llega a rechazar el cargo de Jefe de Estado. Nuevas divisiones entre los cantones suizos, y nuevas intervenciones acertadísimas de Nicolás, que los une y establece unas bases de convivencia duraderas.
Después de hacer tanto por la Patria, el que ha llevado una vida extraordinaria de oración siente una llamada de Dios irresistible. Quiere la soledad total. No es ningún iluso. Piensa. Consulta. Y Dorotea, la esposa magnífica: Vete, Nicolás. Dios te llama. Ruega por nosotros siempre.
Sus paisanos, que lo han visto un hombre tan de Dios, no se extrañan de nada. Y como deben tanto a su valentía y a su gestión política, son ellos los que le construyen aquella ermita austera en la misma Ranft, con dos ventanas, de las cuales una da a la capilla y desde ella puede seguir la Eucaristía, y la otra da al paisaje incomparable de las montañas y valles suizos. Que el guerreo y el político se dedique ahora a la oración por la patria…
Ama a los suyos entrañablemente. Pero primero es la llamada de Dios, y la primera en apoyarla ha sido la esposa. Se verán siempre que ella le traiga al niño pequeño o él pase camino de la iglesia. De los diez hijos, casi todos son ya mayores, y tienen una madre excelente. Cada uno seguirá su estrella propia…
Nicolás se da a una austeridad y una penitencia como la de los mayores ascetas conocidos. Pero Dios empieza a darle también unas gracias extraordinarias de oración como las de los místicos más grandes. Comprobado todo históricamente y juramentado todo en los procesos, se puede contar todo con seguridad, pues no hay nada de fantasías. El caso más significativo, su ayuno. Nicolás lo quería total. Y paso a paso llegó a no tomar más alimento durante veinte años que la Sagrada Comunión.
Llegan peregrinos de toda Suiza a encomendarse a Nicolás y a pedir consejos acertados. Su Obispo de Constanza lo observa todo atentamente, cree en él, pero le somete a una prueba decisiva y le impone por obediencia que rompa el ayuno. Nicolás obedece a la primera y sin objeción alguna. No había dudas: aquella vida de milagro era cosa de Dios. Igual que eran de Dios aquellas visiones y que, narradas por él con humildad y fielmente a sus directores y consejeros, han sido muchas veces profecías acertadas y también senda luminosa para muchas almas.
Nicolás muere en 1487. Dorotea reza sobre la losa sepulcral de su marido, a quien todos tienen por santo. Las guerras religiosas que asolarán Suiza, sobre todo por la reforma protestante, retrasarán lamentablemente la canonización de Nicolás, que no llegará hasta 1947, cuando el Papa Pío XII lo declare Santo, y constituya Patrón de Suiza al que todos los suizos, católicos y no católicos, reconocen como el “Padre de la Patria”.