Santa Teresa de Jesús
10. julio 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: SantosPueden hacer ustedes una prueba si tienen el gusto. Pregunten a cualquiera que les diga su parecer sobre cuál es la mujer más grande o significativa que ha tenido la Iglesia —fuera de la Virgen María, naturalmente—, y la respuesta es segura: Santa Teresa de Jesús. No les va a fallar el intento.
Para hablar de Teresa no tenemos que acudir a nadie fuera de ella, pues hubo de escribir por obediencia toda su vida, y el relato resultó una obra magistral.
Teresa nace en Avila en 1515. Familia bien. No demasiado rica, pero tiene de todo, porque para el negocio son listos todos los de esa casa. Y lista va a ser también Teresa, que aprende de los suyos, y dirá de sí misma: Soy baratona y negociadora.
De su niñez nos ha quedado un recuerdo encantador. Como en casa son tan ejemplares cristianos, la conversación cae muchas veces sobre los Santos. A Teresa y a su hermanito Rodrigo les entusiasman sobre todo los relatos de los mártires. Y, como en España no había posibilidad de persecución contra la fe, se deciden los dos a la última aventura: ¿Por qué no nos vamos a tierras de moros para que nos corten la cabeza?… Con todo el secreto, y sin provisión alguna, atraviesan las murallas de Avila y echan a andar camino adelante. Pero, ¡qué mala suerte! Los encuentra un tío suyo y los regresa a la ciudad casi agarrados de las orejas… Sin embargo, ya tenemos dibujada la silueta de la mujer de mañana.
Joven simpática, bonita de verdad, lista, agradable —y muy buena, aunque enemiguísima de ser monja—, se da a leer con pasión los libros de caballerías, las novelas de entonces. Le obsesionan. Pero le están echando a perder, porque le llenan la fantasía de amoríos y muchas tonterías más. El día de mañana, confesará en los escritos de su Vida: Dios me enseñó el lugar del infierno en que hubiera caído de haber seguido con aquellas lecturas..
“Enemiguísima de monja”, dice ella, pero Dios la quería monja. Y entra a los dieciocho años en el convento carmelita de la Encarnación, en la misma Avila, ciudad que Teresa hará célebre en toda la Iglesia.
Metida en la clausura, Teresa no es una monja demasiado buena. Porque se empeña en unir las dos vidas: la de chica seglar, aunque sin caer en nada malo, y la de religiosa de oración. Pero eso es querer mezclar el agua con el aceite. Y así durante bastantes años. Hasta que un día traen al convento una imagen de Jesús paciente, destrozado por las llagas, agujereada la cabeza con las espinas, y con las hendiduras de los clavos en manos y pies. Teresa se encuentra así con Jesucristo en su imagen dentro del coro. Se estremece, se desata en lágrimas…, ¡y se acabó para siempre esa vida medianucha! En adelante, ¡toda para Jesús!
Pasa algunos años entregada a la oración y la penitencia, olvidada de las tonterías de antes. Asciende a una intimidad con Dios insospechada. Teresa va a ser la gran maestra de la oración dentro de la Iglesia, y el Señor le hace pasar por todas las peripecias y grados en los caminos del espíritu. Hasta que un día oye la voz de Jesús: ¡Ahora, Teresa, ten fuerte!… Y es que esta monja única va a necesitar toda la fuerza habida y por haber. No le gusta la vida que se lleva en el convento. Ella quiere más seriedad, más oración, más penitencia, y allí —como hizo ella durante bastantes años— se lleva una vida demasiado aseglarada o demasiado condescendiente con tantos caprichos, impropios de almas consagradas. No le gusta esa vida, y quiere arremeter con la reforma del Carmelo. Pero va a tener que prepararse para una lucha de gigante.
Con dificultades sin cuento, consigue la aprobación. Sale de la clausura. Se hace con compañeras del mismo ideal. Para la primera fundación, en la misma Avila, no lleva más que una esterilla, varios instrumentos de penitencia, y un hábito viejo y remendado. A lo ancho de toda España, funda conventos, forma a monjas jóvenes, trata con los personajes más importantes, desde el Rey hasta el Nuncio del Papa, Nuncio que da a Teresa con desdén un calificativo que ha pasado a la Historia: ¡Esa fémina andariega!…
La Teresa de las Fundaciones es una mística singular. Se rodea de los mejores directores espirituales, los cuales acaban por ser dirigidos de Teresa. En cuestión de oración, no hay doctor que la supere. Y da a todas las almas la fórmula más sencilla y profunda: No es otra cosa oración, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama. ¿Hará falta para esto meterse en un convento de clausura? Con otra frase, también imperecedera, da la fórmula mejor a las monjas que habían de pasar el día en la cocina: Mirad que entre los pucheros y las ollas anda Dios. ¿Para las monjas de la cocina solamente? Es la lección más formidable para todas las amas de casa y para cuantos tenemos que trabajar todo el día: en todas partes y en medio de las faenas encontramos a Dios y estamos siempre en oración con el Dios que nos ama… Nos lo enseña así la gran Doctora de la oración.
Teresa ama a Jesucristo como un serafín, y Jesucristo le corresponde con las gracias más subidas. Un día se encuentra con un niño precioso que le pregunta sin más: ¿Cómo te llamas? Ella, con naturalidad: ¿Yo? Teresa de Jesús. Y el zagalejo vivaracho: Pues yo, Jesús de Teresa. Y desaparece de su vista…
Teresa deja unos escritos inmortales. Sus obras son un monumento de teología mística y una de las obras maestras de nuestra literatura española, verdadera envidia de todo el mundo.
Había escrito Teresa esos versos tan bellos y tan repetidos: Vivo sin vivir en mí – y tan alta vida espero – que muero porque no muero.
A los sesenta y siete años de edad le llega la hora tan deseada. Y, con su gracejo de siempre, se dirige ahora al Señor, en oración simpática: ¡Oh Señor mío y Esposo mío, ya era hora! Tiempo es ya que nos veamos… Y manifiesta su mayor gozo: ¡Al fin, muero hija de la Iglesia!…
Teresa estaba orgullosa de la Iglesia. Pero la Iglesia Católica, orgullosa de Teresa, no deja de dar gracias a Dios por esta hija tan preclara, a la que tiene declarada Doctora de la Iglesia.